Humphrey Bogart en el Halcón maltés (1941).

La brillante oscuridad americana

Como lamentos marginales de la sociedad gringa de finales del siglo XIX. Así nacieron el jazz y la novela negra, dos géneros míticos en la historia de la música y de las letras. ¿Qué los une? ¿Cómo nacieron? Esta es su historia.

2010/09/11

Por Oscar Guisoni

No es difícil imaginárselo. Flaco, alcohólico, bebiendo bourbon en un oscuro tugurio clandestino de Baltimore, mientras al fondo suena en una vitrola la trompeta de Joe “King” Oliver o la corneta virtuosa de Freddie Keppard, o la voz cavernosa de Louis Armstrong. Ahí está, tuberculoso y comunista, el detective de la Agencia Pinkerton, mister Dashiell Hammett, buscando inspiración para su primera novela, Cosecha roja. La loca década de “los años 20” está llegando a su final y el mundo apesta a corrupción, a dinero fácil antes del crack, a sindicatos mafiosos y a políticos serviles. Y baila también el mundo, baila y escucha con asombro y locura esa música profunda que ha nacido del sufrimiento y la mitología, del espíritu y de las ganas de vivir, pase lo que pase, que tienen los negros que han sido esclavos o descienden de esclavos en los Estados Unidos de América. En ese mismo magma, si es que existe algo así en el fondo de la historia, en ese magma volcánico que fue el mundo desde finales del siglo XIX hasta el porrazo del 30, se fueron forjando juntos el jazz y la novela negra.

 

Los dos llegaron para denunciar que había otro mundo, que la realidad no siempre era tan “blanca” como la contaban los que tenían el poder, los que eran dueños de los diarios y los que se sentaban en los asientos privilegiados de los autobuses, esos que advertían con descaro: “Negros atrás”. “En este bar no se permiten negros”. Los dos se transformaron rápidamente en géneros populares. En los suburbios americanos se bailaba ragtime y se pasaba el rato leyendo la revista Black Mask, esa biblia pulp que fue la gran madre del hard boiled, por la que pasaron durante los años iniciáticos los grandes maestros del género. En este breve artículo, que recomendamos leer al son de alguna vieja melodía cantada por Ella Fitzgerald o Sarah Vaughan y en compañía de algún destilado on the rocks, trazamos paralelos, hurgamos en sus orígenes y repasamos sus cimas, ambas expresiones excelsas de lo mejor del arte popular del siglo XX.

 

Dos lamentos americanos

 

Como sucede a menudo con la música de profundas raíces populares, rastrearle los comienzos al jazz es tarea ardua. Los historiadores no llegan siquiera a ponerse de acuerdo sobre el origen de la palabra. Mientras para algunos hace referencia al acto sexual tal y como se lo denominaba en el argot de la época, para otros proviene de las costas africanas, e incluso hay quien lo liga a un vocablo árabe. Lo cierto es que como palabra que designa un género musical se usó por primera vez —si es que es posible afirmar algo así en la historia del jazz— el 6 de marzo de 1913 en una edición del San Francisco Bulletin y hubo que esperar hasta enero de 1917 para que una banda, la Original Dixieland Band, la usara en un disco.

 

Pero mucho antes de que el jazz existiera como jazz, ya se oían los field shouters, los lamentos de los esclavos en las plantaciones del sur americano, que se quejaban de las duras jornadas de trabajo, o las letras desgarradoras de los blues en los guetos negros urbanos, o los espirituals, esa magnífica adaptación de los cantos religiosos protestantes que hicieron los esclavos para preservar su identidad en tierras americanas. La tradición musical europea también dejó su huella. Mucho antes de que el jazz fuera el jazz se conocían ya los worksongs, las famosas “canciones de trabajo” que los negros entonaban en las plantaciones de algodón para aliviar el cansancio o el ragtime, esa música alegre con la que alegraban penas en sus escasas fiestas, y que fue la primer música negra en hacerse popular a principios de siglo. De la amalgama de todos estos géneros tan diversos surgió el jazz, casi sin que nadie se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.

 

A su modo, la novela negra también es un mix de géneros literarios que de repente hicieron explosión para fijar otro tipo de lamentos. Su vertiente más conocida es sin duda el relato policial clásico que en Estados Unidos había tenido un padre y maestro especial: Edgar Allan Poe. La publicación de los cuentos policiales de Poe en la década de 1840 supuso una auténtica revolución literaria que hizo escuela a ambos lados del océano. Pero después de la Primera Guerra Mundial era evidente que el género languidecía. El detective clásico y burgués que investigaba crímenes con su razón como arma principal, en ambientes preponderantemente cerrados, y cuyo máximo exponente es sin dudas el Sherlock Holmes del británico Arthur Conan Doyle, no era el instrumento más adecuado para pintar la vida en los submundos americanos de principios de siglo.

 

Pero mientras el policial aportaba la estructura básica, otros géneros —menores y mayores— influyeron sobre el tono y el estilo. La novela de aventuras que había tocado las grandes alturas con Herman Melville, Joseph Conrad y Jack London aportó la tensión y el dinamismo a los relatos, mientras que la literatura gótica, que tenía en Norteamérica un curioso exponente en Nathaniel Hawthorne, puso los contrastes lumínicos a los decadentes ambientes. Pero el hada oculta que le dio la puntilla al género fue sin duda la literatura del oeste americano, a manos de la influyente figura de Francis Bret Harte. Como lo señaló Jorge Luis Borges en alguna introducción a sus cuentos, “no pudo haber novela negra (de Hammett en adelante) sin la literatura romántica y de acción de los autores decimonónicos del Far West”. La descripción que hace Bret Harte de los saloons repletos de bandidos, prostitutas, jugadores y pioneros prefigura los ambientes del hard boiled, al tiempo que el romanticismo de sus héroes y su lucha contra la ambición desmedida de poder y dinero anticipa las motivaciones de los futuros detectives urbanos del género negro. Por último, el auge de las revistas pulp, herederas del viejo folletín y auténticas pioneras de la cultura de masas, en las que se publicaban relatos o novelas en serie de terror, ciencia ficción y policiales, le dio el soporte. Ahora sólo faltaba que Dashiell Hammett dejara de lado el vaso de bourbon y le pusiera la última coma a Cosecha roja.

 

Clásicos

 

Cosecha roja fue publicada el 1º de febrero de 1929, unos meses antes de que quebrara la Bolsa de Nueva York, dando inicio a la mayor depresión económica del siglo. Publicada originalmente en la revista Black Mask en entregas mensuales, su salto al papel gracias al influyente editor Alfred A. Knopf le puso los pantalones largos al género que ya venía asomando en algunos relatos que se publicaban en las pulp más populares, como la citada Black Mask, Weird Tales o Amazing Stories.

 

En las siguientes tres décadas el género negro iba a dar lo mejor de sí. Unos meses después del gran éxito de Cosecha roja Hammett habría de publicar La maldición de los Dain. Al año siguiente publicaría El halcón maltés, cuyo detective Sam Spade haría popular años más tarde Humphrey Bogart en la célebre adaptación al cine dirigida por John Huston en 1941. Habría que acotar aquí la enorme contribución del cine a la hora de ligar al género negro con el jazz ambientando con su música este tipo de películas.

 

Pero aún habría que esperar una década para que hiciera irrupción en la escena el máximo exponente del hard-boiled. En 1939 Raymond Chandler sorprendió con la publicación de El sueño eterno (The Big Sleep), a la que seguiría en 1940 Adiós, muñeca y La dama del lago en 1943, protagonizadas por otro detective que le caería como anillo al dedo a Bogart: Philip Marlowe. En 1953 el género alcanzó las grandes alturas con El largo adiós, la obra cumbre de Chandler.

 

Con mérito propio también brilló James M. Cain con obras como Doble identidad (1936) y El cartero siempre llama dos veces (1940), al tiempo que Jim Thompson sorprendió en 1959 con La huida y produjo en 1964 una cumbre póstuma del género como es la violenta 1.280 almas. El delincuente devenido literato Chester Himes aportó lo suyo con sus cínicos detectives “Ataúd” Ed Johnson y “Sepulturero” Jones, y el prolífico James Hadley Chase inundó las librerías con una infinidad de novelas que siguen al pie de la letra la receta hard pero que no logran las cimas de sus contemporáneos. A todos los une una característica: “Los thrillers vienen a narrar lo que excluye y censura la novela policial clásica”, explica el escritor Ricardo Piglia en su ensayo El último lector. “Ya no hay misterio alguno en la causalidad: asesinatos, robos, estafas, extorsiones; la cadena siempre es económica. El dinero, que legisla la moral y sostiene la ley, es la única razón de estos relatos donde todo se paga”.

 

El jazz, mientras tanto, también vio nacer a sus grandes genios en estas décadas, aunque, como ocurre con todas las grandes músicas populares con vocación de clásicas, su influencia trascendió fronteras geográficas y musicales hasta transformarse en la madre de todas las músicas del siglo. Nombres como el de Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Miles Davis, Thelonious Monk, Coleman Hawkins, Cab Calloway, Dave Brubeck, John Coltrane o Paul Desmond, entre otros, pasaran sin duda a la historia grande de la música.

 

Mientras que la novela negra languidece en la actualidad como un género menor del que ya poco se espera, el jazz sigue escupiendo monstruos y mezclándose con nuevas tendencias, influyendo en la contemporánea música electrónica, mientras sigue pesando en el rock —tal vez su hijo predilecto— y hasta ha dejado su huella en músicas tan lejanas como el tango. Pero más allá del camino que cada una de estas expresiones artísticas tome en el futuro, está claro que siempre dará gusto sentarse a leer una buena policíaca negra acompañado por los sones de alguna prodigiosa trompeta.

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