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La invención del sonido

Los intérpretes de instrumentos musicales miran con sospecha las nuevas tecnologías. Saben que nada reemplazará el sonido de un violín Stradivarius o de un piano Steinwey… ¿O tal vez sí? El pianista colombiano Fidel Cuéllar probó para Arcadia en Nueva York el primer piano sin cuerdas.

2010/03/16

Por Andrea Baquero

En la República de Venecia, hacia finales del 1600, se inventa el piano moderno. Lo sabemos gracias a un inventario que llevaron a cabo los grandes mecenas del renacimiento italiano, los Médici, hacia 1700, en los que aparece un piano, con ese nombre, fabricado por un tal Bartolomeo Cristofori. Claro que como la mayoría de los instrumentos, el piano tiene una larga historia que se pierde en la bruma de los siglos, y llega hasta la edad de bronce, 3.000 años antes de Cristo. La cítara y el monocordio suelen ser citados como sus antecesores. Y todos son, por supuesto, instrumentos de cuerdas que vibraban cuando se las pulsaba de cierta manera y con diversos objetos.

Desde cuando el primer piano se construyó, los fabricantes han tenido una obsesión permanente: ¿cómo hacerlo más pequeño? Pero es casi imposible. Claro que se ha logrado hacer pianos de pared, sin cola, pero ningún pianista serio lo utilizaría sobre un esecenario. Hasta el día de hoy, la regla general aplica: mientras más grande el piano, mejor suena.

Esta es la historia hasta el 2009.

Pero a mediados de este año, Yamaha lanzó al mercado el Avant Grand, “el piano de la era moderna”, el primer piano digital que además de lograr un sonido fiel al original, también simula el peso del teclado y su mecanismo de martillos, imitando la sensación de la vibración de las cuerdas que, al igual que un piano de cola, repercute tanto en las teclas como en los pedales.

Sin embargo, mucho se ha dicho de pianos digitales, y por lo general dejan mucho que desear, así que la audiencia y los pianistas son escépticos frente a este tipo de inventos. Por esta razón, pareciera imposible que hoy día la tecnología lograra copiar un instrumento acústico de más de 300 años de existencia.

En el tercer piso del edificio 689 de la calle 54 en Manhattan está el salón de demostraciones de música de Yamaha. En el escenario hay un piano de cola en el centro, el Yamaha CFIIIS, y en la esquina contra la ventana, hay un piano pequeño de 1/4 de cola.

Cuando el director de los servicios para artistas Yamaha, James Steeber, nos recibe a Fidel Cuéllar y a mí, nos lleva al piano que está contra la ventana y nos dice que ese es el Avant Grand.

A primera vista es imposible reconocerlo. El Avant Grand es un piano digital que está a la vanguardia en tecnología de pianos digitales y sin embargo parece un piano pequeño y nada más. Pero al abrir la tapa, se descubre la fusión entre el sonido digital y el mecanismo tradicional: hay cuatro grandes parlantes situados donde deberían estar las cuerdas. El piano de cola original, el Yamaha CFIIIS, está ubicado en el centro del escenario, justamente para efectos de comparación.

El Avant Grand tiene los mismos tres pedales de un piano de cola y funcionan de la misma manera: los pedales están conectados al mecanismo de madera que, al igual que los pianos tradicionales, funciona con martillos, y en este caso, termina en un teclado recubierto en marfil sintético que imita el marfil de las teclas de los pianos antiguos.

Fidel mira el instrumento incrédulamente como esperando un sonido similar al de cualquier modelo digital, y mientras mira, Steeber se sienta en el Avant Grand y empieza a tocar un Rag Time. Fidel mira con cara de sorpresa y espera su turno con ansiedad.

Al terminar, Steeber cuenta que en una reciente convención en la que el pianista de jazz Herbie Hancock iba a dar un concierto, tenían como instrumento el Avant Grand, y Hancock se rehusó a tocar al principio. Al final accedió a regañadientes, pero después de su concierto, Hancock se dirigió al encargado de ventas de Yamaha y le preguntó si podía comprar uno.

Mientras tanto, Fidel ya está acomodado en el Avant Grand y empieza a improvisar y a jugar con las dinámicas contrastando el registro grave con el agudo. Luego se voltea y dice estupefacto: “¡Impresionante! ¿Cómo han logrado esa sensación?”

Es como si el sonido del Avant Grand estuviera en tercera dimensión. Desde el fondo de la sala, el Avant Grand suena como una grabación de alta calidad, por lo que Fidel graba en el Avant Grand In a sentimental mood de Duke Ellington, y nos alejamos para escuchar desde el fondo de la sala. Mientras escuchamos, Fidel asegura “en general el sonido del Avant Grand es opaco, porque un piano real interactúa con el espacio en el que lo estás tocando. Si es un hall gigante, va a sonar mucho más reverberado, y si es un espacio pequeño, va a sonar mucho más apagado”.

Y es justamente esa la ventaja, el Avant Grand es un instrumento digital, con salida para audífonos y salida USB (entre otras), y es un instrumento que no hay que afinar, que permite posibilidades de temperamento antiguo y que ocupa menos espacio que un piano de cola tradicional.

Lo increíble es que mientras un piano tradicional puede costar unos 280 millones de pesos, este piano digital cuesta sólo 40 millones. Fidel concluye que si tiene la posibilidad de interpretar en un espacio en vivo, “el Avant Grand se queda chiquito, pero en cuanto a las posibilidades prácticas –tenerlo en la casa o en una sala de ensayo–, es perfecto. El colmo de un pianista es que se puede gastar una fortuna comprándose el mejor piano del mundo, aunque sepa que nunca lo va a tocar sobre un escenario. Esto cambia las cosas porque la experiencia es la de tocar un piano real –concluye Cuéllar-. Este piano no pertenece a la familia de los pianos digitales: hace parte, simplemente, de la familia de los pianos”.

Ahora sólo falta la pregunta final: ¿Llegará el día en que los grandes escenarios reemplacen su Steinway por un piano digital? Está por verse.

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