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La movida musical de Nueva York

Un sello independiente es el lugar de encuentro de varios grupos colombianos en Nueva York. Si el jazz en Colombia parece estar viviendo un gran momento, ¿qué pasa con el jazz fuera del país?

2010/03/15

Por Lorenzo Morales

El pasado 12 de noviembre en el tradicional bar neoyorquino S.O.B., en el que han tocado grandes como Fito Páez, Los Amigos Invisibles, La Orquesta Baobab y el viejo Gil Scott Heron, sonaron porros, cumbias, chirimías y chandé. Durante ocho horas continuas quince bandas le dieron vida al IV Encuentro de Música Colombiana, un espacio que cada año reúne a una nueva generación de músicos colombianos radicados en Nueva York que están subidos en la ola de renovar la música colombiana.

“No soy cumbiambero, no soy bambuquero, soy a lo que suenan millones de colombianos; gente de la ciudad que recibimos la influencia de nuestra música tradicional”, explica Pablo Mayor, pianista y compositor valluno formado en jazz en la Universidad de North Texas y quien ha organizado los encuentros desde el 2003. Además, Mayor es el líder de Folklore Urbano, una de las bandas que más tiempo lleva explorando ese nuevo sonido y que en Colombia se identifica con bandas como Sidestepper, Puerto Candelaria, Curupira, Mojarra Eléctrica y Chocquibtown.

El cartel de la noche incluyó a Héctor Martignón, Edmar Castañeda, Lucía Pulido, Marta Gómez y los grupos Coba, La Cumbiamba Eneyé, Sativasur y Samurindó, entre otros. Y aunque cada grupo tiene su sonido, todos comparten el interés por mezclar la libertad y las armonías de músicas contemporáneas como el jazz o el funk con los ritmos tradicionales del folclor colombiano.

El Encuentro de Músicos Colombianos ha venido creciendo y este año había un motivo más para celebrar. Detrás de esa lista de bandas impresas en un cartel tricolor, Pablo Mayor vio una cosecha de músicos lista para recoger. Y como pasa con todas las cosechas, si no se recoge a tiempo, se pierde. “Mi inquietud era cómo hacer para que las bandas no se acabaran y los compositores siguieran componiendo”, explica Mayor, que además es profesor de jazz y arreglos en el Brooklyn-Queens Conservatory y en el Harbor Conservatory for the Performing Arts.

La solución fue crear Chonta Records, un sello independiente que está produciendo los discos de lo que ellos mismos han llamado la nueva música colombiana. “Chonta nos ha dado más conciencia de que somos un movimiento”, explica Martín Vejarano, quien lleva seis años en Nueva York y a principios de 2006 sacó el primer disco como líder de la banda La Cumbiamba Eneyé. “Ahora tenemos un nuevo aire oficial de hermandad”.

Un año después de que Mayor lanzara el sello en compañía de Robert Kelley Ayala –un estadounidense nacido en Bucaramanga–, Chonta ha producido ocho discos y aspira a seguir creciendo. En las cuentas de Mayor hay por lo menos diez artistas en lista de espera y él mismo está insistiéndoles a muchas de sus bandas que saquen un segundo álbum. Algunos de los discos que ya se distribuyen en Estados Unidos están llegando a Colombia gracias a la distribuidora Millenium y, según Mayor, en Japón ya les pidieron cien discos del catálogo.

¿Existe un movimiento sin un sello que lo respalde? Parece obvio decir que sí. Pero lo cierto es que los movimientos necesitan más que músicos creativos y talentosos. Necesitan una idea en común y alguien que jale la carreta. Ése ha sido el caso, por ejemplo, de la música experimental en Nueva York, que sin el apoyo del sello Tzadik (y de su padrino John Zorn), estaría relegada a los garajes. “Chonta ha sido el centro de gravedad que por ahora ha evitado que los músicos colombianos que se la han jugado por el folclor terminen atomizados en una ciudad en la que es tan fácil sobresalir como sepultarse”, explica Simón Calle, un experto en jazz que ha visto en esta nueva ola musical material para su doctorado en la escuela de etnomusicología en la Universidad de Columbia.

Hasta ahora las bandas de Chonta han visto los beneficios de trabajar unidos. No es lo mismo cuando un fulano se presenta solo a una tienda o una emisora a rogar que alguien le oiga su disco a cuando lo hace un agente que representa a varios artistas y lleva un amplio catálogo de títulos debajo del brazo. Muchas tiendas simplemente no compran un disco sin sello o código de barras. Chonta además se ocupa de organizar las presentaciones, promover las giras y conseguir los sitios. “El trabajo de oficina mata a las bandas”, dice convencido Mayor.

También, para una escena que sigue siendo pequeña y subterránea en Nueva York, Chonta ha hecho posible que sus grupos compartan el fiel y aún reducido público que los sigue. Para eso también ha sido fundamental descubrir espacios donde los músicos se puedan encontrar en un jam session, tomarse una cerveza juntos, prestarse plata, tiempo y música. Bares como S.O.B, en Manhattan, Rose y Galápagos, en Brooklyn, y Terraza Café, en Jackson Heights, el enclave colombiano de Queens, han puesto parte del ambiente y los micrófonos.

En este punto, la pregunta triste de siempre es ¿por qué pareciera que las buenas ideas sólo se materializan fuera del país?
“Nueva York me ha dado la libertad de oír mis propias ideas”, dice Mayor, quien a sus 42 años ha sido profesor de varios de los artistas que hoy tienen disco en su sello. “En Colombia hubiera tenido mas presión de producir lo que ya suena”.

En efecto, los discos de Chonta Records carecen de ese sonido visceral y callejero que identifica a muchas de las buenas producciones criollas. Lo de Chonta es más limpio y estilizado. En parte por la experiencia de muchos estudios en Nueva York, donde se mezclan sonidos de todo el mundo y en parte porque las bandas se prestan músicos que vienen de otras tradiciones. Por ejemplo, Samurindó, una banda liderada por el baterista bogotano Daniel Correa, tiene a un bajista extranjero siempre invitado tocando currulaos y en Folklore Urbano canta una argentina.

“Lo que viene de Nueva York es muy atractivo para el mundo”, explica Mayor. Sin embargo, en Colombia las cosas no están quietas. Aunque las bandas y los músicos en ambos países comienzan a conocerse, las dos escenas son como los dos rieles por los que rueda el mismo tren. Muchos de los que viven acá han tocado con los de allá. Ahora es tiempo de tender los puentes.

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