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Las regiones oscuras del corazón

Es uno de los poetas malditos del rock, comparable a Leonard Cohen o a Tom Waits. Australiano y cantante de letras memorables, ahora presenta un nuevo disco y sigue aumentando su leyenda. Ha rechazado premios y prefiere trabajar como un funcionario de la inspiración.

2010/03/15

Por Lucas Guingue

Nick Cave es el tipo de artista que odia las entrevistas. Su ceño fruncido es evidencia del tedio de tener que soportar una y otra vez las ráfagas de preguntas repetitivas a que son sometidos los músicos cuando se ocupan en la promoción de un disco. El pasado mes de febrero, apareció en el programa The Culture Show del canal inglés BBC2 presentando su nuevo proyecto Grinderman, que salió a principios de marzo. En la entrevista, Cave da prueba de su escepticismo ante una sesión de preguntas empalagosa por la tensión. Una y otra vez corrige a su entrevistador, quien en tono amable y bobalicón, trata de sortear lo que, sin duda, es una entrevista difícil. Cave suspira antes de cada respuesta, y se expresa con una inteligencia furiosa.

El creador de Nick Cave & The Bad Seeds (que en español sería algo así como Nico Cueva y Las Malas Semillas), es uno de esos músicos que aprecian el silencio tanto como la música; y que con seguridad detestan las interrupciones cuando logran enganchar la inspiración y la concentración. A diferencia de la mayoría, no tiene un estudio sino una oficina a la que madruga todas las mañanas en busca de su sagrada soledad creativa. Cave se toma muy en serio el tema de escribir canciones, y esto le ha valido que lo consideren un escritor consagrado.

Nació y se educó en Australia, aunque consolidó su carrera cuando se mudó a Londres en 1980. Hoy, a pocos meses de cumplir cincuenta años de edad, ha publicado más de veinte discos, cinco libros, y ha participado en varias películas tanto como actor, escritor y músico. Su dramatismo y contundencia sobre el escenario, sus textos desgarradores, su dedicación obsesiva, los rumores sobre su adicción a la heroína y su peculiar interés por la elegancia en el vestido, han contribuido a la construcción de una figura de culto. Nick Cave es un hombre radical que defiende una tradición donde los músicos son artistas y no “estrellas”, idea desdibujada en los avatares de la llamada música pop.

En 1996, tuvo un gesto memorable cuando renunció a ser nominado para los premios MTV, y puso “los puntos sobre las íes”, en una carta dirigida a los organizadores: “Siento que es necesario solicitarles que mi nominación como Mejor artista masculino no se tenga en cuenta y, es más, que cualquier premio o nominación que pueda surgir en el futuro esté dirigida a aquellos que se sientan más cómodos con la naturaleza competitiva de estas ceremonias. Yo no me siento cómodo. Siempre he sido de la opinión de que mi música es única e individual y existe más allá de los dominios habitados por aquellos que reducirían todo a mera medición. Mi musa no es un caballo y no estoy en una carrera de caballos”.

Pocos años después, recibió un honor que sí aceptó. Fue invitado a la Academia de Poesía de Viena en calidad de profesor y especialista en la “canción de amor”. Para él, este ejercicio requiere de un fundamento en la melancolía y el dolor: “El escritor que se niega a explorar las regiones oscuras del corazón jamás podrá escribir convincentemente sobre la maravilla, la magia y el goce del amor, por lo mismo que la bondad no puede ser confiable a menos que haya respirado el mismo aire que la maldad (…) así que en la textura de la canción de amor, dentro de su melodía, su letra, uno debe sentir un reconocimiento de su capacidad para el sufrimiento. (…) La canción de amor debe nacer en la esfera de lo irracional, lo absurdo, lo distraído, la melancolía, lo obsesivo, la demencia, pues la canción de amor es el ruido del amor mismo y el amor es, por supuesto, una forma de locura. (…) En el mundo de la música pop, un mundo que supuestamente se ocupa de la canción de amor pero en la actualidad no hace mucho más que arrojar pegotes de vómito de bebé cálido y color natilla a las ondas radiales, el verdadero dolor no es bienvenido”.

Durante sus casi treinta años de carrera musical continua, Nick Cave depuró la rebeldía, la insolencia y la crudeza que caracterizaron al rock después de los años setenta. Su inconfundible voz gruesa y su destreza lírica protagonizan de nuevo el reciente proyecto paralelo a su clásico grupo. Grinderman presenta las recientes andanzas del cantante y algunos miembros de Las Malas Semillas (Warren Ellis, Martyn Casey y el baterista Jim Sclavunos). La prensa considera que Nick –quien toca guitarra y órgano además de cantar– explora un sonido de “garaje” donde combina su reconocido lirismo. El disco son doce canciones nuevas que dejan intacto el aura de respeto que su personaje ha forjado.

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