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Malos y mugrosos

No suenan afinados, ni son músicos. Sus cantantes pueden parecer Tom Waits o Juancho Polo Valencia. Aunque no muchos los conocen, Mugre y Las Malas Amistades se han hecho un lugar en el underground del mundo. ¿Quiénes son estos dos grupos que tocan como un trío en una sala de casa de familia?

2010/03/15

Por Víctor Albarracín

Cuando se habla de rock bogotano es inevitable caer en la obvia evocación de las bandas de los noventa: Aterciopelados, 1280 Almas, La Derecha y Morfonia, todas precursoras de una fórmula aún rentable en disqueras y emisoras de éxitos pop: riffs funkeros, percusiones latinas y una que otra intromisión de punk o hardcore que da paso a solos de bongó. Esos grupos hicieron historia y su sonido es el que la gente sigue esperando cuando va a Rock al Parque. Sin embargo, parecería que esa historia de quince o veinte años está a punto de cambiar.

Todo se empezó a notar cuando, a mediados del año pasado, Honest Jon’s, el sello disquero de Damon Alban, vocalista de Blur y cerebro tras los muñequitos de Gorillaz, añadió a su catálogo el segundo disco de Las Malas Amistades, Jardín interior, inicialmente publicado por Psycho-Path Records, un pequeño sello neoyorkino. La cosa no es poca, teniendo en cuenta que el grupo, escasamente conocido entre el público bogotano, casi nunca ha abandonado su sede de ensayos en la sala de una casa del 7 de agosto para mostrar en vivo sus creaciones. Apenas un concierto en un apartamento de La Soledad y la participación en un Festival de performance en Cali han permitido verle la cara a este no muy extrovertido conjunto musical.

Pero Las Malas Amistades no son las únicas que están torciéndole el caminado a la música bogotana. Durante el último año Mugre, un dúo conformado por los hermanos Carlos y Germán Bonil, ha venido presentándose sin tregua en bares, eventos artísticos, matrimonios y casas de amigos, y en julio, junto a Triple x, una banda de punk con un sonido bastante “bogotano”, ganó el Socorrock, un concurso de bandas que ofrecía como premio la grabación de un disco. Ninguno de estos acontecimientos resulta sorprendente a primera vista hasta que se entiende la naturaleza de estos grupos.

Mugre y Las Malas Amistades son grupos constituidos por artistas plásticos, no por músicos; lo que tocan tiene un componente alto de improvisación (de hecho, Las Malas Amistades casi nunca logran tocar dos veces la misma canción) sin que se trate de conjuntos de jazz ni de seguidores de Stockhausen; desafían la estructura convencional de un grupo de rock (no usan guitarras eléctricas, ni baterías); sus letras no aluden al cliché de la situación social del país y la mayoría ni siquiera tiene una letra que pueda ser coreada y, más allá, están desligados de los movimientos juveniles de la escena del rock local: ni punk, ni ska, ni metal, ni pop, porque, en ambos casos, el resultado de sus interpretaciones suena anacrónico, desubicado y difuso. Todo lo que una generación sedienta de novedad no puede soportar.

Mugre es más un grupo de polkas que una banda de rock: sus temas conjugan sonidos balcánicos, aullidos, susurros y canciones de cuna con ruidos producidos por extraños aparatos eléctricos construidos por Carlos Bonil. Suena a veces como Suicide, Tuxedomoon y Throbbing Gristle, y otras veces como esos discos de tango destemplados que se oyen en los cafetines del centro. En concierto, la banda se presenta con una organeta Casio, un bajo eléctrico y una guitarra acústica no muy fina ni muy afinada, acompañados por artefactos que añaden atmósfera y un poco de “mugre” al show. La voz de Carlos recuerda la de Billie Holiday y la de Tom Waits, lo que es, en una ciudad con una herencia vocal pobre, un motivo para verlos tocar.

Las Malas Amistades, en cambio, prefieren lo doméstico: con guitarra, tiple, cuatro, teclados, maracas, palos de agua y un calentador viejo, se dedican a convertir en canciones, grabadas durante los ensayos en una casetera de cuatro canales, puñados de letras que hablan del pelo que se encuentra en las almohadas, de cómo el lenguaje separa, de por qué Trotski no es un perro y de cómo nada rima con “nada”. El grupo, conformado en 1994 por Humberto Junca, Manuel Kalmanovitz, Teddy Ramírez, Freddy Arias y otros varios colaboradores que han ido yendo y viniendo en el curso de los últimos doce años, se ha destacado por su capacidad de mostrar cómo no saber tocar ningún instrumento no es un impedimento para formar una banda de ensueño que graba discos, produce videoclips, organiza exposiciones y se hace visible en otras latitudes. Si bien su sonido es heredero de Daniel Johnston y The Shaggs, de los Young Marble Giants y de la tradición de rock ingenuo producido desde los sesenta, hay un montón de elementos que quedan flotando en el aire sin poder ser bien delimitados porque nos recuerdan más a Juancho Polo Valencia o a Palito Ortega que a toda la historia de la contracultura angloparlante de la que, se supone, han recibido el grueso de sus influencias.

Por supuesto, estos dos grupos no son hoy los únicos que dan vueltas en torno al hecho de cómo hacer música de una forma distinta en una ciudad de gustos bastante conservadores. Ya Eduardo Arias y Karl Troller habían hecho su apuesta en los ochenta con Hora Local y el ya clásico Chapinero, y hace algunos años grupos como P.P.Y.Y. se divirtieron poniendo en internet muestras de su compleja producción musical. Lo fundamental aquí, más que reseñar la novedad de estos géneros musicales, está en prestar oídos frescos a las voces que nos hablan de una Bogotá menos aburrida que la de los “pibes de mi barrio” y las “florecitas rockeras” de turno que durante años nos han querido hacer pensar que Bogotá es Girardot o, en su defecto, Buenos Aires.

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