El compositor polaco Krzysztof Penderecki en 1980. Crédito: Keystone/Hulton Archive/Getty Images.

Música contemporánea para ‘dummies’

Por qué suena como suena, por qué a casi nadie le gusta, y por qué debería importarnos.

2017/06/12

Por Alexander Klein*

Cuando yo era niño y estaba cursando mi primera semana como estudiante de tercero de primaria, un joven profesor de música – de claro aspecto informal y cargando una guitarra acústica que nunca se quitaba de encima – se acercó a mi salón de clase y nos ofreció a todos los estudiantes la primera clase de música del año. Para tal efecto, el profesor – o ‘teacher’, como nos obligaban a decirle – consiguió permiso para sacarnos del salón y llevarnos al césped para cantar algunas canciones juntos (toda una proeza dentro del régimen dictatorial de mi colegio). Sentados todos en círculo, y listos para salir de la monotonía de las otras clases, los estudiantes nos vimos sorprendidos cuando el profesor, en lugar de cantar, nos pidió silencio y procedió a hacernos una pregunta que todavía resuena en mi mente:

“Niños”, dijo, “¿alguna vez se han preguntado ustedes qué es la música?”.

Confundido, volteé mi mirada hacia mis compañeros y me di cuenta, a partir de las miradas perdidas de sus rostros, que yo no era el único que no sabía la respuesta a esa pregunta. Pasados varios minutos de silencio, el profesor por fin nos aclaró la duda y procedió a decirnos que la música, en términos sencillos, podría definirse como un “sonido agradable para el oído”. Concluidas sus palabras, y contentos muchos estudiantes por haber aprendido algo tan interesante, el profesor empezó a rasgar un par de acordes y todos empezamos a cantar canciones populares de bandas como Soda Estéreo y los Aterciopelados.

Pasados casi veinte años después de ese día, todavía recuerdo las palabras de aquel profesor y no puedo evitar preguntarme por qué nuestra sociedad todavía insiste en que la música, por definición, debe únicamente agradar al oído y causar sensaciones de placer, como quien compra un chocolate para satisfacer la adicción al azúcar o cualquier otro producto cuyo fin sea hacernos felices y punto. ¿Qué pasó con la noción, por ejemplo, de que el arte es uno de los pocos campos entre cuyos fines está el de cuestionar nuestra sociedad y nuestra propia forma de ser? ¿Qué pasó también con esa noción, tan saludable y tan humana, de buscar nuevas maneras para expresarnos como seres vivos?

Todas estas preguntas nos dirigen a aquel género musical, tan despreciado no únicamente en Colombia sino en el mundo, que recibe el desafortunado calificativo de música ‘contemporánea’, sinónimo, para muchos, de ‘ruido’ e incluso ‘basura’, dos de las palabras más despectivas que he escuchado cuando pongo obras de compositores como Alban Berg o Krzysztof Penderecki en mis clases de apreciación musical. Al sonar los primeros acordes de la Sonata para piano Op.1 de Berg, he escuchado más de una vez, por parte de mis estudiantes, palabras como “¡quite eso, profe!” o “apague eso porque me da miedo”. Parece ser, en efecto, que las nuevas generaciones también han sido educadas para percibir la música como un arte que debe agradarnos y punto, un fenómeno extraordinariamente curioso si se tiene en cuenta que la llamada música ‘contemporánea’ proviene de un lenguaje musical – el ‘atonal’ – que hoy ya ha cumplido más de cien años de existencia.

Este fenómeno, aparentemente inofensivo, es preocupante. Gracias a la indiferencia que existe hacia la música ‘contemporánea’ (tanto en oyentes como en músicos), se ha arraigado en nuestra sociedad la idea de que la música ‘académica’ (mal llamada ‘clásica’) murió cuando Beethoven, Brahms y Mahler dieron sus últimos suspiros en Europa. Como resultado, pocos son los públicos que asisten a los conciertos de música ‘contemporánea’, pocas son las orquestas que se animan a interpretarla y pocos son los compositores – cada vez menos – que pueden llevar una vida laboral tranquila sin escribir música comercial.

¿A qué se debe este problema? ¿Será que el único responsable es un sistema educativo que, por tradición, rara vez se ha tomado en serio el arte? ¿O será que la llamada música ‘clásica’ verdaderamente murió con Mahler y lo que se hace hoy es, como muchos lo dicen, únicamente ‘ruido’? Para responder esta pregunta, es necesario que entendamos primero por qué la música ‘contemporánea’ suena como suena, y por qué la mayoría de nosotros sentimos aversión cuando la escuchamos.

Todo empezó a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando compositores como Richard Wagner, Claude Debussy y Arnold Schönberg (por mencionar pocos) empezaron a utilizar sonoridades innovadoras para describir sentimientos complejos, evocar mundos desconocidos, o simplemente buscar nuevas formas de expresión artística. Al hacerlo, estos compositores crearon (a veces sin quererlo) un estilo de composición musical que a principios del siglo XX recibió el calificativo de ‘atonal’, palabra que todavía se utiliza hoy para definir toda música que no está escrita en una escala determinada (ej. do mayor, re menor, etc) y que posee muchas más ‘disonancias’ (sonidos que nuestra cultura eurocentrista ha percibido tradicionalmente como ‘feos’ o ‘ruidosos’) que otros estilos musicales.

Como puede inferirse, este ‘nuevo’ estilo suscitó reacciones muy divididas entre públicos europeos que rehusaron replantear lo que para ellos significaba ‘música’: una forma de arte que, similar a lo que me enseñó mi profesor, debía causar placer o por lo menos aspirar a lo ‘bello’. Pero lo que no sabían muchos de estos públicos era que la tal música ‘atonal’ no era realmente nueva y que, al contrario, era en efecto común en civilizaciones y pueblos aborígenes de otros continentes (pueblos cuya música, por supuesto, había sido tildada de ‘salvaje’ y ‘endemoniada’ por el pensamiento colonizador de Europa). Estas reacciones, sin embargo, no tardaron en ser imitadas por los públicos de las élites americanas (cuya identidad ha consistido en copiar todo lo que venga de Europa) y, por consiguiente, se creó todo un movimiento cultural cuyo propósito – a veces consciente, a veces inconsciente – ha sido ir en contra de las formas de expresión artística que cuestionen todo aquello que nos gusta y todo aquello que nos han enseñado a percibir como ‘normal’, ‘bueno’ y ‘bello’.

A pesar de esto, esta ‘nueva’ música recibió suficiente apoyo por parte de otros músicos que también decidieron cuestionar, a su manera, lo que era la música, y durante todo el siglo XX este movimiento artístico ‘cuestionador’ – llamado música ‘contemporánea’ – se mantuvo vivo gracias a los pocos pero valiosos públicos que sí se lo tomaron en serio. Gracias a ellos, por ejemplo, surgieron artistas como el compositor norteamericano John Cage, quien se adentró en las culturas budistas y decidió hacer música en la que el silencio es tan ‘musical’ y tan importante como el propio sonido. Otros, como el italiano Luciano Berio, crearon obras vocales que incluyeron sonidos como la risa, no como un accidente del intérprete, sino como parte del canto humano. A pesar de ser artistas muy diferentes, tanto Cage como Berio y muchos otros tuvieron un aspecto en común que puede considerarse como la esencia de la música ‘contemporánea’: todos cuestionaron lo que para ellos era la música y, al hacerlo, nos invitaron a nosotros los oyentes a cuestionar lo que para nosotros significa la música.

Hay muchos psicoanalistas y antropólogos que han afirmado que el ser humano, tal como ha sido educado tradicionalmente en la sociedad occidental, es propenso a conformarse con los comportamientos y forma de pensar que aprende desde su niñez, adquiriendo de ese modo un rechazo hacia todas aquellas cosas que cuestionen sus convicciones. Pero esos mismos psicoanalistas, y esos mismos antropólogos, concuerdan también en que el ser humano, por naturaleza, es un ser vivo cuya esencia radica en sentir una necesidad constante de cuestionar el mundo que lo rodea (de ahí que todavía nos denominemos, a pesar de no siempre merecerlo, como seres ‘racionales’). Y es por esta razón que la llamada música ‘contemporánea’ es tan importante para nuestra sociedad, porque pocos son los géneros y estilos musicales que todavía hoy nos obligan a cuestionar no únicamente lo que para nosotros significa la música sino lo que para nosotros significa el ‘placer’, la ‘belleza’, el ‘arte’ y, por qué no, la vida misma.

Como toda música, y como toda forma de arte, la música ‘contemporánea’ posee obras maestras y otras que han pasado, merecida o inmerecidamente, al olvido. En últimas, la crítica y el debate que ella genera es en realidad un aspecto muy saludable que hace falta en otros géneros musicales (y que hace mucha falta en un país como Colombia donde ‘debatir’ todavía se confunde con ‘pelear’). Pero para criticar y debatir hay que conocer, y para conocer hay que abrir la mente (o, en este caso en particular, abrir los oídos). Solo así podremos hacer lo que mi colegio quiso hacer y no pudo: formar seres pensantes. Y solo así podremos comprender al compositor Luciano Berio cuando dijo que “la música es todo aquello que escuchamos con la intención de escuchar música”.  

*Profesor del programa infantil y juvenil de formación musical de la Universidad de los Andes. Autor y editor de Obras Completas de Oreste Sindici.

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