El grupo La Batulata conoció al maestro Granda hace un año y desde entonces fusiona sonidos de Brasil y de Colombia.

Del conservatorio a la calle

La enseñanza musical puede darse en los escenarios empíricos o académicos, desde un parche de amigos que se reúne, hasta las universidades donde se aprende a leer partituras. Más allá de los pénsums y los modelos pedagógicos, echamos un vistazo a cómo la música también es un vehículo para que los jóvenes adquieran nuevas destrezas.

2015/05/20

Por Esteban Duperly

Minutos antes de entrevistarlo, el maestro Andrés Felipe Hernández, director de la Escuela de Vientos y Percusión del barrio Belén Rincón– que pertenece a la Red de Escuelas de Música de la Alcaldía de Medellín–, estaba dando clase de lenguaje musical a niños: “Venimos de unas vacaciones muy largas y la música tiende a ser muy desagradecida, si no se estudia se olvida”. Resulta que a los músicos, como a los atletas, hay que entrenarlos a diario. “Venían fríos”, cuenta. Mientras nos habla, en segundo plano suenan ensayos de trombón, oboe y corno francés.

 
Sara toca una flauta traversa en la Escuela de Vientos y Percusión del barrio Belén Rincón: no lo hace dentro de un cubículo insonorizado sino en una esquina del inmenso auditorio de la Institución Educativa de la Alcaldía de Medellín.

Pese a que hay instrumentos, atriles, profesores y alumnos, no estamos en un conservatorio. La Red de Escuelas tiene 206 formadores musicales, pero no es una academia sino un programa de convivencia de la Alcaldía de Medellín, cuyo fin es brindar espacios sanos, de diversión y lúdica. La disculpa, o el vehículo, es la música. Dice Andrés Felipe Hernández: “Si el chico lleva tres años en el mismo punto, en la misma nota, pero está tranquilo y está divirtiéndose, entonces hemos cumplido. No necesariamente tenemos que sacar músicos”.

En esta sede, que opera en el auditorio inmenso de la Institución Educativa Alcaldía de Medellín, lo acompañan otros 12 profesores; 10 de instrumentos, uno de coro y un último de expresión corporal. Dictan clase a 95 alumnos, entre 7 y 22 años, guiados por un currículo para enseñar desde lo más básico hasta lo más avanzado. Tienen tres ciclos –en niveles de iniciación, medio y avanzado– que duran cada uno 2 años. Los estudiantes primero aprenden ritmo, movimiento corporal y motricidad fina. Luego exploran el instrumento y asisten a clases con un profesor especializado. Y en el tercer año entran a un semillero musical. El proceso de aprendizaje del instrumento está acompañado por clase de coro y expresión corporal. Durante el sexto año pueden aplicar, por primera vez, a las ‘pre bandas’, ‘pre orquestas’ y coros. La enseñanza en la Red de Escuelas es pausada porque, precisamente, el objetivo es mantener a los niños enganchados durante buena parte de su ciclo vital. Entre tanto, aprenden disciplina, concentración, sensibilidad, respeto, pierden la timidez y ganan autoestima. “Quedan preparados para cualquier otro tipo de carrera”, explica el director, pues no todos los muchachos se vuelven músicos profesionales.

Por su parte, el Departamento de Música de la Universidad de Antioquia tiene 3 programas de formación, que duran entre 8 y 10 semestres: Licenciatura en Música, donde se preparan pedagogos; Música, que forma instrumentistas, compositores y directores, quienes posteriormente serán solistas o músicos en orquestas o bandas sinfónicas; y un programa de Canto, con dos líneas de formación: lírica y popular. Para los cantantes líricos es fundamental la formación fonética en italiano, alemán y francés, mientras que para el enfoque de músicas populares en portugués e inglés.

En el mismo edificio funcionan los programas de Artes Visuales y Artes Escénicas que, junto a Música, conforman la Facultad de Artes. Eso hace que los estudiantes reciban la influencia de uno de los bloques más plurales de todo el campus. A diario están en contacto con elementos de teatro y danza. En los corredores practican violonchelistas y contrabajistas. El 95% de los contrabajistas de la filarmónica joven de Colombia son estudiantes de la Universidad de Antioquia.

 
 Un ensayo al aire libre en la Universidad de Antioquia.

Este pregrado tiene 27 profesores de planta, 89 de cátedra y 40 estudiantes en el programa de Canto, 208 en el de Música, 196 en la Licenciatura y 36 en el Curso Preparatorio que, manifiesta Diego Gómez, jefe del Departamento de Música, eleva el nivel académico pues garantiza que al primer semestre entran muchachos que ya han explorado su talento y despegado en la técnica. Al interior del edificio hay salones dispuestos para la música: pianos, atriles, pizarras de acrílico, video, audio. En la puerta de cada aula hay una franja rectangular de vidrio que permite ver hacia adentro y observar a los estudiantes tocar. Pero tampoco estamos en un conservatorio sino en una universidad y por lo tanto la educación no se suscribe solo a lo musical. “Nuestros estudiantes tienen que ver materias como Lengua Materna, Constitución y se forman en un segundo idioma”, explica el maestro Diego Gómez. Además, tienen una relación cercana con los temas de salud y por eso existen materias electivas de musicoterapia. La oferta también se extiende hacia temas de administración, para que el músico se convierta en autogestor.

Allí hay un punto de convergencia con el programa de Música de la Escuela de la Universidad EAFIT. Aunque se aprenden piano, violín, viola, violonchelo, contrabajo, clarinete, flauta, fagot, trompeta, trombón, corno francés, tuba, saxofón, percusión, batería, guitarra eléctrica y canto, el pénsum también tiene áreas complementarias como Literatura, en la que los estudiantes aprenden poesía, o Gestión Musical, que recoge la tradición en economía y administración de una universidad que, por décadas, se llamó Escuela de Administración y Finanzas e Instituto Tecnológico. “Hay que preparar a los jóvenes para que tengan la mentalidad y las herramientas de llegar a diferentes nichos, como música de cámara, orquestas sinfónicas o músicas urbanas, pero que puedan gestionar ellos mismos su forma de vida”, explica el maestro Fernando Gil, jefe del Departamento. Este programa académico contempla desde cursos de extensión hasta un pregrado de 9 semestres. También hay un Nivelatorio –o preparatorio– que dura año y medio. Y, además, una Maestría en Dirección, Composición, e Interpretación. En 3 o 4 años apuntan a consolidar un doctorado.

 
Programa de música EAFIT.

En el programa hay 22 profesores de planta y 30 de cátedra. Cuentan con 20 aulas de estudio y un par de salas de ensayo para orquesta, coro y percusión, además de 40 cubículos para prácticas musicales donde los estudiantes se encierran a sacarle al instrumento una nota afinada. Por lo regular, la infraestructura musical es costosa porque requiere insonorizar los espacios: un instrumento suena y en una escuela de música suenan muchos al tiempo. Así, cuando la puerta de alguno de estos salones se abre, el sonido emerge y en los pasillos se materializa la lucha tenaz de los estudiantes por convertirse en músicos.

¡Tom tom tom tan tan tan tan tom tom tom tom tan tan tan tan!  Ese, en cambio, es el sonido de La Batulata, un grupo que hace percusión con objetos revitalizados: tambores alegres, llamadores y bombos que son construidos con latas y canecas.

Esa mañana de sábado tocan en el sendero peatonal de la canalización La Bermeja, en el barrio Moravia, un lugar que por años estuvo ligado a la basura. Entre 1977 y 1984 la ciudad hizo del sector un botadero y los desechos se acumularon tanto que se formó una colina alta, donde luego se levantaron ranchos. Por un par de décadas Medellín permitió que una colonia entera de gente habitara un basurero, hasta que en 2004 la zona fue el epicentro de un proceso de recuperación urbana en el que las familias asentadas sobre “el morro” se reubicaron. En el resto del sector se realizó una intervención cuya impronta más visible es el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, una de las últimas obras diseñadas por Rogelio Salmona. Construido por entero en ladrillo, se incorpora plenamente al paisaje. En su auditorio, por lo regular, ensaya La Batulata. 

Ninguno de sus 9 integrantes se considera músico, pero hoy suenan mucho mejor de lo que sonaban hace un año. El responsable es el único que no toca latas, sino una gaita de San Jacinto. Se trata del maestro Juan Rafael Granda, músico egresado de la desaparecida Escuela Popular de Artes (EPA), quien le ha dado media vuelta de tuerca al empirismo del proyecto y fortalece en la dirección musical a Sebastián, uno de los integrantes.

La Batulata y Granda se conocieron hace un año cuando el grupo aplicó a una beca de creación artística de la Alcaldía. Necesitaban un tutor y él les ayudó a montar varias obras. De carambola incorporó el folclor caribe. Entonces comenzaron a mezclar Brasil con Colombia. “Con ellos hemos hecho ejercicios de desarrollo de habilidad. Pero básicamente es escuchar y repetir. Y experimentar qué suena y qué no suena. Ha sido así porque no leen música y además sería muy engorroso en este cuento, que es más de disfrute, que andar leyendo un papel. Ellos se memorizaron todo el montaje, 10 canciones, cero partitura”, cuenta el maestro Granda. Y remata: “Es un puente para alegría de ellos, para un parche de amigos, para convocar comunidad”. Es verdad, los vecinos se asoman a las ventanas, los niños llegan y bailan atraídos por el sonido y, en la esquina, dejan de carburar una moto para ponerle atención a la banda.

 

Algo similar ocurre en el barrio Aranjuez, donde 4 Elementos Skuela funciona todos los días de 5:00 p.m. a 9:00 p.m. en la Institución Educativa Tomás Carrasquilla, gracias a un acuerdo que el rector tiene con Crew Peligrosos, la banda de hip-hop que le dio vida a la escuela. Sin embargo, esa noche el colegio tiene un evento, de modo que los muchachos y los profesores se trasladan a un parquecito cercano. Desde una tienda vecina sacan un cable largo de electricidad y con él encienden un parlante, al que a su vez conectan un reproductor digital que contiene un playlist mezclado por ellos. Sobre el cemento extienden una especie de superficie de cartón y comienzan a girar sobre la cabeza y la espalda, y a hacer todos los demás power moves del break dance, un género de baile nacido a finales de los setenta en barrios neoyorquinos como el Bronx y Brooklyn. Maestros y alumnos entran y salen de ese cuadrilátero improvisado para hacer figuras con el cuerpo. La clase es una fiesta.

Pero esa noche es una excepción: por lo general, la 4ESkuela ocupa los salones del Tomás Carrasquilla. En uno de ellos, Alejandro Villada –Pac Dunga– enseña técnicas de grafiti, manejo del spray y lo combina con historia del arte y composición gráfica. En otro, Luis Montaño –B-boy Arex– enseña break dance. Y en el patio de banderas, Henry Arteaga –El Jke, líder de los Crew– practica un montaje de percusión y baile con un grupo de muchachos que se mueven según el ritmo que van mezclando dos dj. También hay clases de fotografía.

La propuesta se llama 4 Elementos porque allí se enseñan 4 áreas– y cada una constituye una suerte de pilar–: Interpretación Vocal, Baile, Mezcla Musical y Grafiti. Todo está inspirado en el hip-hop, pero atravesado por una fuerte interpretación del territorio propio; una apropiación que por lo general han hecho las propuestas de música urbana en la ciudad, como La Batulata, que si bien comenzaron a tocar encantados con las batucadas brasileras que conocieron practicando capoeira, hoy han dotado a su banda con toda la identidad de Moravia: “Para nosotros no es solo moda. Sabemos que existen formatos parecidos, pero el nuestro tiene una identidad de territorio y una lectura de contexto clave”, dice Lina Tobón, una de las integrantes.

 
El grupo de formación 4 Elementos Skuela.

La 4ESkuela de los Crew se ha extendido a otros barrios, como Manrique y Santo Domingo, y a corregimientos de la periferia rural, como Palmitas y San Cristóbal. También a internet, donde tienen una plataforma con videos tutoriales de enseñanza. Hoy tienen 15 profesores -Henry los llama “talleristas”- y alrededor de 350 estudiantes. Desde 2002, cuando comenzaron a operar, calculan que cerca de 3.000 muchachos han participado en sus procesos de enseñanza. “Es un espacio de esparcimiento donde los chicos se sienten libres, comparten unos con otros, y se vuelven amigos. Más que amigos se vuelven familia”, dice Jennifer –Jennrock-, la coordinadora.

Las rígidas estructuras de enseñanza musical de hace décadas se han flexibilizado. Sin importar si se trata de una universidad o de una agrupación de empíricos, hoy por hoy el giro apunta hacia una formación más humanista. El maestro Diego Gómez reflexiona al respecto: “La formación musical plantea un problema bastante grande. En nuestras instituciones se insertó el modelo de conservatorio en las universidades, pero son dos cosas completamente diferentes. Durante muchos años ambas han reñido; la universidad plantea una formación completa, humanista, mientras que el conservatorio solo está dirigido a lo musical. Eso ha sido muy complejo, porque la formación humanista universitaria puede plantear un nivel más bajo en lo técnico”.

Aunque en universidades como la Nacional el programa básico de estudios musicales aún se llame conservatorio, en la actualidad es difícil pensar en un músico que durante el proceso de formación no necesite adquirir destrezas académicas adicionales que le permitan ser competitivo y autónomo, sobre todo en lo económico, o habilidades sociales, o complementos artísticos a su vocación.  “A veces los estudiantes llegan y no piensan sino en la técnica. Pero el músico contemporáneo tiene que pensar no solamente en eso”, dice el maestro Fernando Gil. Es comprensible, ya que el departamento que dirige pertenece a la Facultad de Humanidades. Además, el goce y el disfrute cada vez ganan más terreno en los modelos pedagógicos. “Disfrutemos mientras aprendemos música, no aprendamos música para luego disfrutar”, expresa el maestro Hernández, de la Escuela de Belén Rincón. “Yo estudiaba un año en un salón, regañado, y al final del año daba un concierto. Ahora es al revés, los chicos aprenden y también disfrutan”.

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