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On Heaven’s Door

Tachadas de proyectos utópicos, excéntricos e imposibles, las escuelas de rock en Bogotá han tenido un un éxito sorprendente. ¿Saldrá de ellas un sonido local?

2010/03/15

Por Jimena Zuluaga

D aniel Rosas, actor y administrador de formación y gestor cultural de vocación, reconoce que no ha sido un camino fácil el de levantar la primera escuela de rock de la ciudad: la Escuela de Rock para la Convivencia de Suba. Encontró mucha resistencia. “En muchas oportunidades en la alcaldía local nos iban a dejar sin recursos sólo porque éramos rock, porque muchos ediles estaban en contra del rock. Hoy ellos mismos han entendido la importancia de este proyecto para la localidad”, dice.

Diez años han pasado desde cuando cuarenta muchachos de Suba fueron seleccionados por ese proyecto piloto para formarse en guitarra eléctrica, batería, bajo y canto. Rosas cuenta que varios músicos de la escena del rock local se vincularon como profesores en esa primera etapa: ‘Pacho’ Nieto, de La Derecha; Mario García, de Génesis, y ‘Chepe’ Echeverría, de Pasaporte, entre otros. En el 2000, el proyecto de núcleos de formación en rock se volvió permanente y nació como escuela. De la mano del jazzista Fanor Martínez, Rosas y su grupo de trabajo armaron un plan curricular de educación no formal y en el 2002 el proyecto fue avalado por la Secretaría de Educación del Distrito. Ese mismo año se graduó la primera promoción de técnicos laborales en expresión musical con énfasis en los diferentes instrumentos.

Hoy la Escuela de Rock para la Convivencia tiene 177 estudiantes en cuatro semestres y varios niveles preparatorios, ha graduado alrededor del 80 “rockeros” y han pasado por sus aulas cerca de 1.200 muchachos. La escuela funciona con recursos públicos asignados por la Alcaldía Local de Suba y con algunos –no muchos, aclara Daniel– recursos provenientes de agencias de cooperación internacional. Los estudiantes no pagan matrícula, sólo un monto para materiales cada semestre.

También diez años han pasado desde cuando los hermanos Vergara crearon un negocio innovador para su momento: un ensayadero llamado 4Cuartos. “Somos músicos y nos dimos cuenta de que faltaba un espacio para que los grupos pudieran ensayar. Así empezó 4Cuartos. Con el tiempo, fue creciendo y se convirtió en un lugar de encuentro para los músicos en Bogotá”, relata Javier. Pronto, Los Vergara se dieron cuenta de que había otras necesidades para sus colegas, como estudios para grabar, alquiler de sonido profesional y logística de eventos. En general, “que fuera más fácil sacar y mostrarle a la gente todo lo que se creaba en ese ensayadero”. Así, empezaron a organizar conciertos de bandas locales, después a traer grupos de afuera y más adelante crearon su propio estudio de grabación.

De esa misma lógica nació la Escuela de Rock 4Cuartos, como idea en el 2007 y como realidad en marzo del 2008. “Mucha de la gente que viene no tiene la experiencia ni alguien que le dirija su instrumento ni su banda. Con el fin de hacer todo más profesional, creamos la escuela”, dice Javier. Tres meses después de abrir inscripciones, para mediados del año, ya tenía alrededor de 70 alumnos. Hoy es, además, un negocio en equilibrio. “La escuela se financia con la misma escuela. Después de la inversión inicial que hicimos los socios, no hemos tenido que meter un solo peso más”, dice Carlos Altuzarra, guitarrista y director de la escuela.

La escuela ofrece mensualidades que incluyen clases personalizadas de instrumento y horas de práctica en sala de ensayo. Los estudiantes, además de elegir su instrumento, eligen entre dos líneas musicales: rock extremo (subgéneros como punk, metal y hardcore) o rock fusión (ska, pop, funk y reggae). Hay un profesor especializado por instrumento para cada línea. “Queríamos que los profesores fueran gente que tocara rock y que se hizo autodidacta prácticamente porque casi todos somos músicos formados en conservatorio clásico que nos dedicamos al rock. Buscamos gente de bandas famosas de la escena”, explica Altuzarra. Así llegaron a la escuela Esteban Souza, baterista de Loathsome Faith; Sergio ‘Yeyo’ Rodríguez, baterista de Martes y antes de La Severa Matacera; Andrés Silva, cantante de The Claxon, y José Miguel Vega El ‘Profe’, trombonista de La 33, entre otros.

Simultáneamente con la escuela de rock de 4Cuartos, nació en el 2008 la Escuela de Rock de la Fundación Bandas. La iniciativa surgió de Carlos Montoya, ?discjockey de Radioactiva, y el empresario César Arteaga. En pocas semanas montaron la sede de la escuela en la calle 45 con carrera 30 y el primer mes ya tenían 80 alumnos, dice Carolina Bolívar, coordinadora general de la escuela. La mitad de los cerca de 100 estudiantes que tiene la escuela hoy son niños menores de 14 años. El método de enseñanza se basa en aprender tocando. Apenas ingresan, tengan o no conocimientos previos en su instrumento, los estudiantes toman la clase de “Ensamble”, que consiste en formar una banda para tocar juntos durante todo el semestre bajo la dirección de un profesor.

La nueva generación

El camino que recorrieron Daniel, los músicos de 4Cuartos y muchos otros pioneros bien puede ser una metáfora de la evolución que ha tenido la escena del rock en la ciudad y, en particular, de las posibilidades que los jóvenes han tenido para formarse musicalmente en este género. “Desde hace cerca de una década la parte académica en torno a la música creció mucho en Bogotá, no sólo con la creación de escuelas especializadas en rock, sino desde las facultades de música. Hay una tendencia muy fuerte en la juventud a que su práctica musical sea en torno al rock”, asegura Daniel Casas, director de Rock al Parque.

Muchos de los profesores de las escuelas pertenecen a una generación que creció con el rock en español y con el Rock al Parque. Varios de ellos se formaron en academias tradicionales como músicos y de manera autodidacta como rockeros. “En mi época, hace 15 años, ver una guitarra eléctrica en Colombia era un desafío. Me acuerdo mucho de la primera vez que vi una. Tenía 14 años. La vi una vez y no volví a verla hasta años después. Y si querías estudiar, tenías que hacerlo con un profesor que te iba a enseñar Lunita Consentida y tal, y tu mismo por tu cuenta tenías que pillarte que esos mismos acordes los usaba Knockin’ on Heaven’s Door”, cuenta Carlos Altuzarra.

Mauro Rocca, bajista de ?Rockasónica y coordinador académico y profesor de la Escuela de Rock de la Fundación Bandas, recuerda que cuando a los 13 años quiso aprender a tocar guitarra eléctrica, tuvo que volárseles a sus papás para poder inscribirse en una academia. Diecisiete años después, la historia es otra para Daniel Moreno, uno de sus estudiantes. A la misma edad que tenía Rocca cuando empezó, Daniel lleva cuatro años tocando y va a sus clases en la escuela acompañado por Jacobo, su hermano de 11 que toca el bajo, y su mamá, Claudia Jurado. Ella sabe que la vida que llevarán sus hijos si deciden ser músicos es muy diferente de la de ella y su esposo como odontólogos, pero igual los apoya incondicionalmente.

Daniel, Jacobo, Julián y Andrés Moreno, y Laura Ardila son los integrantes de Ciudad Frenesí, uno de los ensambles de la escuela de la Fundación Bandas. Llevan casi un año tocando juntos y ya se han fogueado en bares, restaurantes, colegios, centros comerciales y en las eliminatorias de los Premios Shock. Y es que desde las escuelas mismas se mueve la escena. Así como la escuela de la Fundación Bandas hace sus clausuras semestrales en el Hard Rock Café, las bandas de 4Cuartos le abrieron el concierto a La Pestilencia en agosto pasado y la Escuela de Rock para la Convivencia convocó 1.500 personas en el concierto de su última clausura, en el que se presentaron diez bandas de la escuela y Pornomotora como grupo invitado.

La escena del rock bogotana es cada vez más madura y más sólida, según varios profesores y líderes. “Las escuelas son un indicador de que hay una escena local fuerte, en crecimiento; de que el rock está posicionado como un lenguaje musical más, no sólo como la música de los jóvenes. Indican que hay industria y que se está desarrollando en el nivel de formación. Ya no es un pecado decir que uno quiere estudiar rock, hay ya referentes locales para eso. La mamá de uno sabe quién es Juanes. Si uno dice: ‘Papá, quiero ser como el baterista de Aterciopelados’, el papá ya sabe de qué le están hablando”, asegura ‘Yeyo’ Rodríguez, profesor de 4Cuartos y de otras academias.

Los protagonistas de estos escenarios de formación coinciden también en una conclusión contundente: las escuelas son un semillero de sonido local. “Le estamos apostando al desarrollo de la música en Colombia –dice Mauro Rocca–. Estamos tratando de encontrar un sonido colombiano, de apostarles a los niños que vienen con creatividad, con chispa. Queremos brindarles herramientas para que puedan grabar, tener buenos instrumentos, tocar en diferentes lugares. Para cuando ellos tengan 20 años, debe haber un sonido colombiano”. Para Javier Vergara, las escuelas “significan salir de la copia de artistas extranjeros. Es hacer pensar a los estudiantes qué es lo que realmente están aportando para que la música sea colombiana”.

Otros actores de la escena, como Daniel Casas, opinan que el debate sobre la existencia de un estilo colombiano en el rock requiere de un estudio a fondo y en ese sentido construir un sonido local no es responsabilidad de las escuelas. Sin embargo, incentivar la práctica musical contribuye en tanto estimula la creatividad. “Ese sonido nacería de la vocación artística, del talento de los estudiantes. Que ellos consigan un sonido y haya una evolución dentro de su práctica que los lleve a construir eso que podamos llamar un sonido nacional”.

Tania Ceballos, documentalista experta en rock, comparte también esta valoración y asegura que la aparición de escuelas especializadas es un síntoma de madurez, entre otras cosas, porque los músicos tienen que formarse como tales para que el nivel suba y sea competitivo. “Los famosos músicos ingleses de los años 60 habían estudiado música desde la escuela primaria. Hay que crear canciones y sonidos propios para poder surgir. Hay que involucrar la propia cultura”.

Las escuelas han llegado para quedarse. Sólo el tiempo y la evolución musical de estos rockeros, formados por quienes abrieron el camino de la escena bogotana, dirán cómo suena el nuevo rock local.

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