BUSCAR:

Otras canciones sobre el deseo

Ed Droste, cantante y guitarrista de la agrupación Grizzly Bear.

Otros hombres

Prefieren las guitarras, los violines y el ukelele a la extravagante estética del pop impuesta por Lady Gaga. Rockeros que se han atrevido a cantar sobre su identidad sexual y que se niegan a dejarse estereotipar.

Por: Gloria Esquivel

Publicado el: 2011-06-22

La voz de Stephin Merritt es gruesa y aterciopelada: un hilo melancólico y potente que se corresponde con su físico. Robusto, calvo y de ojos tristes, suena como Bing Crosby en el clásico navideño White Christmas. Es un prodigio musical que toca la guitarra, el ukelele, los teclados y es la voz principal de la agrupación estadounidense The Magnetic Fields. En 1999 editó el épico álbum triple 69 Love Songs, célebre también porque Peter Gabriel incluyó el cover de la canción The Book of Love en su más reciente disco. Son 69 canciones cursis, dramáticas, satíricas y sentidas sobre el amor, que tienen un dejo pop y de guitarras eléctricas que se funden con un sonido similar al del country y al del folk; baladas indie que fueron escritas en su mayoría en bares gay, según el método de Merritt, y que rezan letras tan sugerentes como “Vuelve de San Francisco y bésame que dejé de fumar. Extraño hacer cosas salvajes contigo” o “Pianos grandes se estrellan cuando mi chico camina por la calle […] sus ojos azules brillan y él será mi esposa”. Cuando se le pregunta por qué escribe con tanta franqueza sobre su homosexualidad, por qué en sus letras el género cambia y se trasgrede, él responde: “Soy un hombre extraño. Tengo una voz baja y una expresión triste en el rostro. No me entusiasma nada y ante todo prefiero la honestidad en la conversación”.

 

En los últimos años, la confusa etiqueta de lo indie se ha tomado la prensa. Toda la música que se hace de manera independiente desde disqueras pequeñas es agrupada bajo el mismo mote, así abarque géneros tan diversos como los que transitan las 69 canciones de amor de Merritt. Este nombre intenta cobijar una producción enorme de música alternativa que, a su vez, se rebela contra lo unívoco y crea simpáticas marcas para subgéneros como el experimental math rock, el distorsionado y casero lo-fi o el nostálgico pero vigente new folk. Así como la etiqueta de lo indie resuena vacía para los músicos alternativos, quienes no están interesados en clasificar lo que hacen bajo un nombre que los tipifique, Merritt y muchos otros rockeros que hablan abiertamente de la homosexualidad desde su música, se muestran indiferentes frente al rótulo de queer o de gay que se antepone muchas veces a lo que hacen.

 

Ed Droste, cantante y compositor de la agrupación neoyorquina Grizzly Bear, sostiene: “Es gracioso que muchos de nuestros fanáticos heterosexuales no se dan cuenta de que soy gay porque no leen revistas para homosexuales y las publicaciones straight no tienen la necesidad de escribir sobre mi orientación sexual. No me importa si lo hacen, pero no define lo que hago musicalmente”. Droste comenzó la banda en su cuarto como una catarsis después de haber terminado con uno de sus novios, un grizzly bear (nombre bajo el que se conoce a los hombres altos, gordos y muy peludos que son miembros de la comunidad) y ya ha editado tres discos. Yellow House, su segundo álbum grabado en 2006, se llevó todos los halagos de la crítica musical alternativa norteamericana que se dejó seducir por sus arrullos sencillos pero llenos de ruido. Una guitarra, la voz de Droste como un murmullo y un sonido eléctrico pero tranquilo que recuerda lo mejor del brit pop y del rock experimental han hecho que su banda haya sido invitada en giras junto a Radiohead y que entre sus fanáticos se encuentren nombres tan diversos como el actor Philip Seymour Hoffman, el director Derek Cianfrance (quien les encargó la banda sonora de su más reciente película Blue Valentine) y hasta el rapero y magnate musical Jay-Z.

 

Otras agrupaciones como la ruidosa Xiu Xiu, la barroca The Hidden Cameras o la oscura y experimental Deerhunter son reconocidas dentro de la escena indie por un sonido que se aleja de todos los estereotipos posibles de lo que podría ser “música gay”. En una orilla opuesta a Lady Gaga o a las dramáticas bandas sonoras de los musicales de Broadway, suenan proyectos tan sobrecogedores como el de Antony Hegarty (líder de Antony and the Johnsons) que traducen las inquietudes más personales sobre el género y la identidad sexual en tonadas tan poderosas y tan sinceras que se alejan de ese imaginario “camp” de lentejuelas y vestuarios extravagantes que fácilmente podría asociarse a una canción de amor cantada por un hombre para un hombre.

 

Al respecto, el intérprete canadiense Owen Pallett, reconocido por romper todos los moldes al tocar con su violín un rock vanguardista y melódico que conjuga influencias que van desde los videojuegos hasta la música clásica, asegura: “La cultura gay existe. Pero al mismo tiempo esa cultura perpetúa unos estereotipos en los que uno se tiene que apoyar para tener éxito. Pues yo no estoy interesado en ser uno de esos artistas gays que se conforman con esos estereotipos”.

 

Tal vez uno de los músicos que más ha tenido que luchar con esto es el líder de la banda inglesa Bloc Party, Kele Okereke. Hijo de inmigrantes nigerianos, ha sabido capotear las recurrentes preguntas de la prensa sobre su raza y sobre su sexualidad, pues tras el éxito internacional del álbum debut Silent Alarm (2004) llamó la atención de los titulares al ser catalogado como “el negro gay de la banda indie del momento”. Okereke, quien se presentó en Bogotá junto a su enérgico grupo para el cierre del festival Rock al Parque en el 2008, se atrevió a escribir sobre sus experiencias homo- eróticas para el segundo disco de Bloc Party. En la canción Kreuzberg canta sobre la promiscuidad: “Después del sexo, el sabor amargo. Me engañaron otra vez, la búsqueda continúa. Madres preocupadas del oeste enseñen a sus hijos a amar verdaderamente”. Mientras que en I Still Remember narra la historia de dos jovencitos que se escapan del colegio para amarse: “Dejamos los pantalones cerca al canal y nuestros dedos casi se tocan […] Cada banca del parque grita tu nombre. Guardé tu corbata. Habría ido a cualquier lado que tú hubieras querido”.

 

La música de Okereke, al igual que la de otros rockeros que se rehúsan a ser conocidos como indie o queer, no busca ser política ni militante. Sin embargo, cientos de fanáticos han encontrado en estos músicos unos modelos que no se esconden, que son valientes y que se expresan desde la honestidad del sentir más privado. Son intérpretes interesantes, con búsquedas profundas que difuminan barreras tanto en los géneros musicales como en los sexuales. Sus canciones son narraciones sobre el amor que se despojan de todo rótulo. En palabras de Okereke: “¿Cuándo fue la última vez que escuchaste una canción de pop interesante que intentara darte una perspectiva diferente sobre el deseo?”. Seguramente, después de oír atentamente el trabajo de estos independientes, esa pregunta encontrará variadas respuestas.