Mario Duarte nació en Barranquilla en 1965. Foto: Alberto Sierra Restrepo.

Mario Duarte, el rockero que puso de moda ser nerd

Hacer música para teatro, dirigir obras, actuar y cantar rock en bares ha definido la vida de Mario Duarte. Ahora con un papel en la obra ‘El nombre’, en el teatro La Castellana, nos sentamos a hablar con quien en su momento fue el mejor amigo de Betty, la fea.

2016/11/25

Por Laura Latiff

El domingo en que el No se llevó la ilusión de paz con el plebiscito del 2 de octubre, Mario Duarte cogió carretera y se refugió por cuatro días en su finca, sin contestar el teléfono, con los relinches de sus caballos como única compañía. Aunque nació en Barranquilla, solo baila cumbia o vallenato en los momentos de fiesta, prefiriendo perderse en el silencio cuando la tristeza se le mete en el cuerpo. Para la catarsis la vida lo dejó ampararse en la música y en los 19 papeles que ha realizado como actor.  

Mario se hizo rockero a los 18 años para escapar de la autoridad que tanto detesta. Por herencia de su madre, cantante lírica, en su casa en ‘La Arenosa’ donde nació hace 51 años nunca faltó una guitarra o un piano. Tampoco en Quito, en Bucaramanga y Manizales, ciudades que lo recibieron a él, a su mamá y a sus cinco hermanos (dos mujeres y tres hombres) cuando lo exigió el trabajo de su padre, un cura pentecostal.

Creció con Taxi Driver, viendo a De Niro en sus mejores momentos, a Al Pacino y a Woody Allen. No se perdía un Festival Iberoamericano de Teatro. Le apasionaba la vida de los actores y los admiraba igual que al rock and roll. El amor por la literatura se lo dio García Márquez, que acompañó sus lecturas adolescentes, y después Vallejo, Santiago Gamboa y Salcedo Ramos.

Los primeros elepés que sonaron en su casa vinieron por cuenta de su hermana mayor, que le mostró The Police, Santana y Pink Floyd. Con el paso de los años, esas preferencias se fueron quedando cortas cuando sus oídos se inclinaban más por el heavy metal de Led Zeppelin. Desde ese momento no se aguantó las ganas de empezar a hacer música. Tenía el pelo largo y enmarañado cuando, después de abandonar la universidad tras un primer semestre de literatura en la Nacional, armó una banda con sus hermanos Josué y Verner.

Al finalizar los ochenta los tres hablaron con Francisco Nieto, exguitarrista de La Pestilencia y crearon La Rata Poética, un oxímoron que definió el espíritu contradictorio de lo que hacían: tocaban con instrumentos prestados, ensayaban en garajes o en cualquier espacio pero sin perder la idea romántica de hacer rock.

En 1990 arrancó su banda La Derecha. Su hermano Verner se fue y se sumaron Mauricio Montenegro, Juan Carlos Rivas, Juan José Peña y Carlos Olarte, Panelo.

Por su afán de siempre adelantársele a los contratiempos, hubo un día, hacia mediados de los noventa, en que la banda tenía que transportar instrumentos desde la casa de Francisco Nieto pero no tenían ni una carreta. Mario salió a dar una vuelta por el barrio, en Teusaquillo, y en 20 minutos apareció con el carro de algún vecino, aunque sin zapatos. Por las prisas salió sin ponérselos. Sus amigos dicen que puede llegar a ser tan despistado como creativo, pero que de cualquier manera es un bohemio bastante diligente.

Su trabajo en Rock al Parque vino unos años después. En 1994 se reunió con el empresario Julio Correal y Berta Quintero, entonces subdirectora de fomento del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, y los logró convencer de crear un espacio para que los jóvenes alebrestados de la época pudieran ver gratis en vivo a bandas como Aterciopelados, 1280 almas, Kraken o Ekhymosis.

Dos años después se murió Panelo en un accidente;  Josué, el hermano de Mario, abandonó la banda para irse a Estados Unidos donde estaba el resto de su familia y él, saturado de tropezones, decidió terminar con La Derecha.

Ese trago seco, el peor en su vida, Mario lo pasó leyendo a Bukowski, en fiestas y en un viaje de un mes que hizo a Panamá, en donde estuvo viviendo en una isla haciéndole los mandados a una amiga suya. Ya era 1998, tenía 30 años, cuando el director Pepe Sánchez lo invitó a actuar en su telenovela La madre. Se cortó el pelo, como un barrido para recibir su nueva vida, y aceptó. Trabajó allí durante un año,  hombro a hombro con Margarita Rosa de Francico y ‘el Gordo’ Benjumea hasta que Fernando Gaitán fue a buscarlo para que presentara audición para el papel del amigo inseparable de la protagonista de su nueva telenovela, Betty, la fea.

Mario se fue entonces al mercado de las pulgas a comprar unas gafas estilo Woody Allen, uno de sus grandes referentes, porque quería que ese papel fuera suyo siendo un gigante del cine. Fernando Gaitán se rio pero conectó con el personaje. Con Mario Rivero, el director de Yo soy Betty, la fea, terminaron moldeando el personaje hasta construir a Nicolás Mora: un ñoño de pantalones altos, anticuado y gafufo. Tres años duró en los sets de la telenovela que ha sido adaptada en China, Filipinas, India, Polonia, Alemania y hasta Serbia, entre otros 12 países a donde no había llegado antes ningún libreto de la televisión colombiana.

Después del alcance de Yo soy Betty, la fea, ya empoderado en la actuación, en 2006 entró a La hija del mariachi como Vladimir Fernando Molina, ‘el mil amores’. Ese fue el último papel que hizo antes de volver a la música de lleno otra vez.

Hacer música para teatro, dirigir obras, actuar y cantar rock en bares ha definido la vida de Mario Duarte. La Derecha volvió al escenario en el 2011 con el disco Polvo eres y su éxito ‘Emociones’ y desde ahí no ha parado hasta hoy. Mario ahora vive entre las funciones de la comedia francesa El nombre y su música. Ha podido hacer lo que ha querido, aunque sus amigos recalcan también su temple sensible, a veces demasiado, con una facilidad para dejarse llevar por la tristeza. Es como si fuera el precio justo que debe pagar por su genialidad.

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