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Piano, piano

Carolina Noguera, una joven y talentosa pianista, acaba de ganar la beca del Banco de la República para estudiar composición en Birmingham, Inglaterra. Y, sin embargo, no le gusta Mozart...

2010/02/09

Por Juan Carlos Garay

Carolina Noguera irrumpió en el medio de la música contemporánea armando un desorden. Para su concierto de grado compuso una obra llamada Mecanismos para piano y violonchelo, que, contrario a lo que expresa su título, poco tiene de mecánica. La partitura contiene la indicación de tocar “preciso y mecánico” pero sólo durante los primeros compases. Luego comienza a quebrantarse el orden y a reinar el caos. “Yo me imaginaba un muñeco que empieza a colapsar como si tuviera un corto circuito y se vuelve una masa nebulosa, sin pulso”.

Con lo cual uno se enfrenta de entrada a la gran característica de su obra: Carolina no se siente satisfecha con la armonía convencional, busca nuevos caminos, otros timbres, formas alternas de hacer sonar los instrumentos. En su charla deja entrever un tedio hacia la música clásica (el término lo usa en el sentido más preciso, es decir, la música del siglo xviii) que, durante su adolescencia consagrada al piano, representó la casi totalidad de su repertorio. Ahora la atrae el caos que, en el fondo, no es menos organizado que las estructuras dieciochescas. Simplemente es una estructura distinta.

Inevitable preguntarle entonces si es desordenada. “Sí, pero lucho contra el desorden todos los días. Llego a mi casa y voy tirando todo, pero después estoy organizando porque odio el desorden”. El ambiente de su apartamento, en cercanías del Parque Nacional en Bogotá, revela que ha pasado un tiempo ordenando todo. La mesita del centro está despejada. Los libros de partituras en los estantes superiores y los de teoría en los estantes bajos. No es un proceso muy distinto al que sigue a la hora de componer: “Al principio tengo en mi cabeza una idea sonora sin mucho orden. Componer es organizar esos sonidos”.

La razón de esta visita es que Carolina Noguera acaba de ganarse la beca para jóvenes talentos musicales del Banco de la República. Se va en septiembre al Conservatorio de Birmingham, Inglaterra, a hacer una maestría en composición. “Yo me soñaba con esa beca desde que empezó. En estos días estaba organizando papeles viejos y me encontré una carta de hace diez años en la que el Banco me invitaba a participar en esa beca. Me conocían porque yo había participado como pianista en los Lunes de los Jóvenes Intérpretes, y es curioso porque desde que me llegó esa carta yo pensaba que sería muy rico tener esa oportunidad”.

Carolina empezó a estudiar piano a los nueve años en el Conservatorio Antonio María Valencia de Cali y a los catorce ya había tocado en la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Luego vino un cansancio apenas natural con la obra de Mozart o de Haydn. Aún hoy se refiere a esas páginas con cierta ironía como “una música que, si se escucha de fondo, suena elegante”. Entonces vino el paso por una facultad de filosofía que no hizo más que reiterarle su vocación musical: “Cuando estudié filosofía la pensaba mucho en términos de composición. Los textos los fragmentaba y los organizaba como si fueran formas sonoras, con puntos de articulación y conectores, igual que en la música”.

Así que inevitablemente hubo un regreso de lleno a la música. Y estuvo influenciado por haber escuchado el Cuarteto para el fin de los tiempos, de Olivier Messiaen. Allí encontró lo que no le ofrecía Mozart: una lucha por expresar impulsos internos y místicos que acababa generando nuevas formas de armonía, a veces moderna y a veces arcaica. Messiaen es un caso maravilloso en la historia de la música porque estudió el canto de los pájaros y por medio de ese contacto con la naturaleza llegó a componer obras de carácter religioso.

Carolina descubrió entonces que en la negación de la tradición aparecía una nueva estética. “Uno se cansa de hacer siempre lo mismo. Lo que ha pasado en la historia reciente de la música es que después de los románticos ya no había nada más que esperar en armonía, había que abandonar ese sistema. Entonces por un lado empezaron las atonalidades y por otro la búsqueda en lo folclórico”.

Parece que hablara de su propia experiencia, pues en su creación ha empezado a explorar los ritmos de la costa atlántica. Una Suite para banda, que escribió recientemente se basa en los esquemas del porro, el fandango y la puya pero fusionándolos con técnicas de la música contemporánea. Es su forma de salvar una expresión que amenaza con extinguirse porque se ha confinado a los ámbitos intelectuales. “La gente sale de un concierto de música contemporánea diciendo que le pareció ‘interesante’, pero nunca dice ‘estuvo chévere’. Eso quiere decir que la música está muy fría y no llega tanto”.

Así que se va para Inglaterra a aprender, pero también a aportar algo del calor de nuestras costas. No ha empezado a organizar las maletas pero ya está ordenando en su cabeza lo que puede llevar a Birmingham en términos musicales. “Los ritmos de nuestras danzas vienen de la música europea, pero la actitud con que se tocan es muy de acá. Y esa actitud hace que los ritmos se modifiquen. El desenfado transforma la música y eso para los europeos es muy novedoso”.

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