Piero nació en Gallipoli, Italia, en 1945. Foto: León Darío Peláez.

“Pienso que la edad es una actitud”

En los últimos días de la FILBo se presentó en Corferias el cantautor argentino Piero, quien durante años acompañó distintos procesos de paz en el país. Aprovechamos su visita para hablar con él sobre las FARC, su música y los maestros espirituales que han marcado su vida.

2017/05/11

Por Christopher Tibble

"La vida de Piero es fascinante. Es un cúmulo de tristezas y alegrías, de éxitos y derrotas, siempre surcando la incertidumbre y la aventura: el cambio interior, la evolución personal y musical". Así comienza la descripción que aparece en la contraportada de la biografía autorizada del músico argentino, Piero, mi querido Piero, escrita por la periodista colombiana Maureén Maya y publicada el mes pasado por la editorial Ediciones B. El libro, que supera las 500 páginas, revela en su intimidada al cantautor, desde su exilio en España a mediados del los años setenta y su vocación social hasta la muerte de su primer hijo y sus giras por los pueblos de Colombia. A propósito del lanzamiento del libro, y de su visita al país durante la FILBo, hablamos con él.

Durante su juventud usted contó como maestros a varios sacerdotes comprometidos socialmente. ¿Cómo lo influenciaron como persona?

Era un grupo muy especial, iluminado y coherente. Nunca me dijeron ‘Leé esto, hacé aquello‘. Tenían una actitud muy clara por su forma de ser. Eran tan coherentes que fueron verdad pura para mí.

¿Cómo lo influenciaron como músico?

Fueron varias personas. Desde un principio, Morales, mi mejor amigo, me enseñó a tocar guitarra clásica. Me mostró notas y acordes para facilitar mi aprendizaje. Poco tiempo después me interesó lo que hacía Alejandro Mayol, un cura que se relacionaba con chicos y hacía música infantil. Siempre me gustaron temas suyos como La canción de la abuela, El trencito del oeste. Sinfonía inconclusa en la mar fue una canción que hicimos juntos mientras grabábamos un disco muchos años después. A mí me encantaba como Mayol atraía a los chicos, como los ‘tenía en su mano‘ realmente fascinados. Con él tenía una comunicación muy profunda, clara y diáfana.

Después de vivir unos años en España usted se dedica en parte al fomento de las ecogranjas. ¿Qué le llama la atención de ellas? ¿Qué le interesa de la relación que puede lograr una persona con la tierra cuando la cultiva?

En la época en que participé de las Ecogranjas habían cerca de doscientos mil chicos de 13 y 18 años que eran conocidos como los ‘Ni-ni‘: ni trabajaban ni estudiaban. En ese tiempo yo trabajé en el Liceo Morales con un amigo que conocía varios chicos dedicados en las artes y oficios con la tierra. Lo que a mí me interesaba era que los chicos aprendieran a cultivar orgánicamente, sin venenos. Todo esto tenía una intención: la búsqueda de las tierras, porque en la época en que los chicos se recibían, les prometían una hectárea a cada chico por familia para que hicieran cooperativas o los módulos que se les ocurriera para trabajarla. Todo esto tenía un objetivo: si había chicos independientes algún día tendríamos un país independiente. Esa fue la búsqueda.

Una de las personas que marcaron su vida fue la maestra espiritual Indra Devi, cuyos restos de hecho reposan bajo un árbol en su casa de campo. ¿Qué rescata hoy de sus enseñanzas?

Desde que la conocí fue una mujer que tenía mucha coherencia con lo que hacía. Ella era tan potente y tan fuerte que en cualquier momento podía enseñarte un montón. Eso era lo que a mí me conmovía porque al igual que mis amigos curas, tenía una coherencia y humanidad intachables. Decía que era una maestra del yoga pero en realidad cuando la veía moverse o trabajar con la gente era sorprendente su manera de relacionarse. Una vez, un señor de la Patagonia que tenía parkinson llamó a su fundación e inmediatamente ella le dijo que podía ayudarlo. Y aunque fue un poco incrédulo, pasado el tiempo llegó a la fundación. Ella lo recibió con uno de sus ‘abrazos mortales‘ que te hacían llorar, reír o sentirte vivo. Luego de aquel abrazo el movimiento que le producía su enfermedad fue disminuyendo poco a poco. Todos los que veíamos el suceso nos sorprendimos porque el señor dejó de temblar cuando los unificó el abrazo. Él ya no tenía más parkinson, se quedó quieto. Él mismo decía en voz alta, "¡Yo sabía que me iba curar, usted lo hizo!". Ahí fue cuando ella protestó y le dijo que ella no lo había curado, que la fe de él lo había hecho. "No vaya a decir mentiras a los demás. Yo no curo", le repetía.

¿Por qué se ha dedicado tanto a la juventud, con su música, sus granjas y su Fundación Buenas Ondas?

No sé, se fue dando. Fueron procesos de muchos años y a mí siempre me conmovió la solidaridad. Creo que eso es lo que nos puede cambiar y que hagamos cambiar cosas. Bueno, igual siempre nos conmueve el chico o la chica que está desprovista de cosas, es bueno acompañarlos. Esos chicos están solos en el planeta, entonces pueden pasar dos cosas, les podés decir: "¡vamos a fabricar verdura orgánica sin pesticidas!" o "vamos a fabricar armas porque con cada ametralladora uno se gana tantos miles de dólares". Lo que importa es que ellos están solos y si se ven acompañados, se cuidan de la marihuana, se olvidan de otros males porque están pensando diferente. Bueno, todo esto nace con el centro de ‘Buenas Ondas’ y tiene todo un desarrollo de mucho tiempo que se fue dando. Llevamos 10 años trabajando en más de 600 sedes. Es un juego antiquísimo, como ‘el que más da, más recibe‘. Más adelante yo acogí a chicos desde los 13 hasta los 18 años, los famosos ‘Ni-ni‘, para poder desarrollar y proyectar lo que queríamos hacer en compañía de mi amigo Morales.

Usted en varias ocasiones ha recorrido en giras los pueblos de Colombia y recibió la nacionalidad colombiana de manos del expresidente Ernesto Samper. ¿Siente algún vínculo particular con el país?

La gente es la que te relaciona. Aunque el colombiano tenga su locura y nos sorprenda por su crueldad muchas veces, la gente del interior del país enamora desde el primer día. Me sigo sorprendiendo de su energía. Es muy hermosa y natural.

Usted ha participado en varias marchas en Colombia y ha apoyado de manera activa distintos procesos de paz entre el gobierno colombiano y las guerrillas ¿Qué sintió cuándo se firmó la paz con las FARC?

Algo muy bonito y esperado. Yo conocí y había hablado muchas veces con gente de las FARC que sistemáticamente me decepcionaban. Tenían todo un cuentito, un verso armado donde ellos se justificaban. Yo les decía: "pero bueno, tenés hijos, familia que te necesitan". Y ellos replicaban diciendo que la gente los necesitaba. Les repetía: "la gente no necesita ni a las FARC ni a nadie”. Bueno, ese cuento se repitió varias veces con ellos. Pero después hubo un rumbo distinto o un trabajo de mucha gente que marcó este nuevo camino que refleja un cambio importante.

Cuéntenos de la experiencia de haber reunido en una canción a un guerrillero, una monja, un militar y un grupo de campesinos en el marco del proceso de paz en el Caguán.

Pude aprovechar el momento en San Vicente del Caguán cuando se hicieron las negociaciones fallidas. En ese tiempo tuve dos día libres en la gira y decidí dedicarlos para tocar gratuitamente en la zona. Horas más tarde estábamos volando hacia allá y ahí fue que hicimos este concierto. Muy hermoso porque ese lugar se encontró lleno de armas y rodeado de guerrilleros y locura. Hicimos la presentación y llegó toda la gente del pueblo. Terminamos cantando, levantando las manos de la guerrillera y de la monja mientras cantábamos Ojalá.

Para muchos -y me incluyo- la ‘Sinfonía inconclusa del mar’ fue un himno indiscutible de la infancia. ¿Cómo nació esa canción?

Es un título muy lindo. Como contaba al principio, Alejandro Mayol era mi amigo, ídolo y un personaje que yo admiré desde el primer momento. Las canciones de él eran usadas en catequesis. Cuando los militares me prohibieron la difusión de algunos temas, decidí grabar otro tipo de canciones. Ahí fue cuando se me ocurrió grabar Sinfonía inconclusa en la mar y le pedí apoyo a Mayol. La canción salió espontáneamente durante integraciones de músicos y algunas charlas. Luego decidimos agruparnos porque conectamos bien y trabajamos por un tiempo en una ópera para niños que se llama La ópera cachuza. Fue un trabajo sobre la personalidad y sobre la identidad. Pasó un tiempo considerable y dejé de ver a Alejandro. A él le dijeron que me había muerto y a mí me dijeron que lo habían matado. Los dos nos creímos muertos, nos lloramos, nos extrañamos. Tiempo después del exilio alguien lo nombró entre conversaciones y pude encontrarlo, estaba recontra vivo, el tipo. Nos reunimos y pronto lanzaremos esta Ópera cachuza como continuación de la Sinfonía inconclusa de la mar.

Para terminar. A sus 72 años, ¿se siente identificado con el  viejo de su famosa canción?

La verdad, no. No tengo ningún interés en parecerme al viejo de esa canción.  Pienso que la edad es una actitud. Nuestra actitud corresponde a la edad que queremos tener. Yo prefiero tener 15, 17 años y la inconsciencia que esto conlleva porque cuando uno es chico es bastante inconsciente y soñador. Prefiero eso a mirar la parte biológica y lógica que obedece a una ley natural.

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