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¿Por qué es importante celebrar un festival musical?

El próximo enero Cartagena se llenará de intérpretes en el I Festival Internacional de Música. Uno de los más respetados críticos musicales del Reino Unido escribe para Arcadia por qué, a pesar de parecer minoritarios, los festivales son capaces de convertirse en espacios clave para las ciudades.

2010/03/15

Por Geoffrey Norris

Los factores cruciales detrás de cualquier festival cultural son: lugar, gente y programación... No necesariamente en ese orden, pero sí asegurándose de que los tres elementos estén equilibrados de manera tal que cada una de las facetas complemente las otras dos. Basta dar con la fórmula correcta, agregarle una pizca de publicidad a la receta y tenemos un festival que puede llegar a establecerse como un hito importante del calendario artístico.

La respuesta a la pregunta de por qué los festivales musicales son importantes está inextricablemente ligada a aquellos ingredientes esenciales y no faltan ejemplos de iniciativas exitosas alrededor del mundo para probarlo. El crecimiento de festivales musicales a lo largo y ancho de Europa ha sido prodigioso en los últimos años: no más en la Gran Bretaña ya se celebran muchos de ellos, y todo parece indicar que no hay región o pueblo en, digamos por caso, Alemania o Italia, los países nórdicos o Francia, que no reserve temporada para celebrar su propio festival. La razón, sin lugar a dudas, es que a la gente le gusta asistir a ellos... y por “gente” quiero decir, claro está, intérpretes y seguidores entusiastas.

Para entusiastas y prosélitos, nativos o extranjeros, el festival les ofrece un centro, una oportunidad para asistir a cierto número de eventos concentrados en un par de días y de disfrutar estimulados por una variada dieta musical. Para artistas e intérpretes, un festival bien puede ofrecer una pausa en sus vidas itinerantes cumpliendo con el circuito internacional y además la oportunidad, a pesar de la endemoniada agenda de ensayos y pruebas que exige un festival, de relajarse en compañía de colegas y amigos. Quizá los festivales más gratificantes sean también aquellos que son los más íntimos, aquellos en los que se da un especial contacto entre prosélitos y artistas, en donde se da la posibilidad de charlar informalmente derribando así las legendarias barreras que suelen separar el público del proscenio.

El Primer Festival Internacional de Música de Cartagena cuenta con todo lo anterior a su favor, además de la grandísima ventaja de que la ciudad está donde está: alrededores insuperables y lugares encantadores para los recitales. La decisión sobre dónde llevar a cabo un festival puede obedecer a toda suerte de criterios. Algunas veces, como en el caso de Salzburgo, el hecho de que sea el lugar de nacimiento de Mozart hace casi imposible pensar que, un festival en gran medida dedicado a su música, pueda celebrarse en ningún otro lado (a pesar de que igual se celebran festivales anuales, casi del todo mozartianos, en Nueva York y Londres). El mismo vínculo entre compositor y localización es cierto en el caso de Bayreuth, en donde Wagner construyó su Festspielhaus. Y hasta hace más o menos una década, también era el caso del festival que en 1948 fundó Benjamin Britten en el pueblo de Aldeburgh, sobre la costa este inglesa (donde vivió hasta su muerte en 1976), y que tenía una marcada inclinación por la música propia del compositor.

Los festivales de ópera con frecuencia se han gestado gracias a los atributos especiales de alguna ciudad o pueblo, ya se trate del diminuto y exquisito teatro del siglo XVIII en Drottningholm, Suecia, o del pantagruélico anfiteatro al descampado de Verona en Italia. Otros festivales de música mixta a gran escala, que se han establecido en su particular localidad por distintas y variadas razones, no sólo han logrado prevalecer sino que se han convertido en parte integral y habitual de la agenda de los melómanos que asisten a conciertos: tal es el caso del festival de Edimburgo en el Reino Unido, el de Tanglewood en Massachusetts, el del Maggio Musicale Fiorentino en Italia o del Festival de Lucerna en Suiza. Todos ofrecen atracciones distintas a los espectadores y todos ellos, de una manera u otra, han alcanzado ese equilibrio entre el entorno del lugar, las personalidades implicadas y la selección de la música.

Es probable que el crítico profesional contemple la ronda anual de festivales de música con ojos muy distintos a los del entusiasta que asiste quizá sólo a uno o dos, pero igual hay que advertir, cosa que a veces ocurre –particularmente cuando se trata de los más grandiosos encuentros– que un festival llega a parecerse demasiado a otro, con los mismos artistas en cada uno y programas harto similares. Para mí, el festival ideal es aquél con personalidad individual, una cualidad que con mayor frecuencia se encuentra en aquellos festivales montados por músicos de primera línea en su propio terruño o vecindario, a donde invitan colegas igualmente talentosos y diseñan programas eclécticos en los que combinan toda suerte de voces o instrumentos distintos en un único concierto.

Mi festival favorito –y aquél al que el de Cartagena mejor se le podría equiparar– se celebra en el pintoresco pueblo costero de Risør en Noruega, donde el pianista Leif Ove Andsnes y el viola Lars Anders Tomter, durante ya más de quince años, han venido llenando a capacidad el aforo de su iglesia de madera erguida en el siglo XVII y el ayuntamiento del siglo XIX con conciertos que abarcan un espectro musical que va del barroco a lo contemporáneo, mezclando variadas texturas y estilos en un sólo programa y un catálogo de artistas de primera cuya compenetración con el público es perfectamente palpable. Un festival musical necesita establecer contacto con más de uno de los cinco sentidos: el oído en términos de la música que escuchamos, pero también la vista en relación con los músicos y en tanto absorbe el paisaje y el ambiente por no hablar del gusto a la hora de la comida que comemos. Tal es el ingrediente mágico que puede hacer de un festival un asunto en verdad memorable: un asunto que ciertamente requiere de organización pero también de una buena dosis de serendipia… aquel raro don de descubrir algo casi sin proponérselo.

 

Traducción de Juan Manuel Pombo.

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