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La breve Colombia a go-go

Los Yetis fueron en los sesenta los ídolos del rock nacional. Cuarenta años más tarde su legado se ha perdido en el más infame de los olvidos. Pero Munster Records acaba de editar en España '¡Nadaísmo a go-go!', una compilación que sirve de excusa para recordar ese pasado estupendo y fugaz.

2016/08/12

Por Luis Daniel Vega

Hace unos meses, Munster Records editó en España ¡Nadaísmo a go-go!, una compilación con 21 temas que encumbraron a Los Yetis en los sesenta a lo más alto de la incipiente cultura rock en Colombia. Cuarenta años más tarde, y a pesar de la fama que gozaron, como muchas otras bandas colombianas de su tiempo, su legado se ha perdido en el más infame de los olvidos. Este disco nos inspira para hilar una historia que, desde hace rato, deberíamos estar contando.

En el 2004, el sello francés Follow Me Records editaría bajo un nombre bien dudoso, Chicano Spirit Vol. 2, una compilación que reunía bandas de funk
latino hecho en los setenta. Allí se encontraba, para sorpresa de muchos, la efímera banda bogotana Columna de Fuego.

Uno de los más sorprendidos fue Mario Galeano, catedrático, investigador y bajista que por esos días estudiaba en Holanda. Lo que Galeano se encontró allí fue Cumbia un extraño corte donde se combinaban perfectamente el soul, el funk, ritmos afrolatinos, rock y, por supuesto, la cumbia.

¿Quiénes eran esos tipos que a principios de los setenta ya prefiguraban lo que hoy conocemos como Nueva Música Colombiana? ¿Qué pasado escondían esos músicos que de seguro no habían surgido de la noche a la mañana? ¿Quién era un tal Roberto Fiorilli, baterista de la banda? ¿Por qué ningún libro sobre música colombiana hacía referencia a él y lo obviaba tajantemente como si no hubiese existido? ¿Qué se había fraguado en los sesenta para que unos años después, por lo menos en los setenta, el rock colombiano mostrara una faceta tan innovadora y vanguardista como la de Columna de Fuego?

Cometas en Bogotá

Es 1957 y la ciudad todavía es un escombro. El caos del Bogotazo aún se mantiene latente pero no impide que algunos jóvenes comiencen a vibrar con una música que definitivamente no se parece en nada a los boleros, los bambucos, las cumbias y los porros impuestos por los mayores. Desafiantes y
convencidos de estar tomando por primera vez partido en algo, estos chicos comienzan a gustar de Elvis Presley, Chuck Berry, Bill Haley y Little Richard, artistas que empezaban a sonar gracias a la subversiva labor de Jimmy Reisback, un disc jockey aventurado que los empezó a rotar en la emisora Nuevo Mundo. Como él, Carlos Pinzón, también de Nuevo Mundo, entendió que esta nueva música podría generar algo más que simple furor.

Ese año, por gestión de Pinzón, se proyectó Rock around the clock en el teatro El Cid y generó una locura masiva alrededor de la música que allí se pudo escuchar. Lo que no se alcanzó a imaginar la muchachada bogotana fue que tres años más tarde, exactamente el 7 y el 8 de diciembre de 1960, el mismísimo Bill Haley y sus Cometas irrumpirían en el Teatro Colombia (hoy Jorge Eliécer Gaitán) para dar un golpe certero del que muy pocos saldrían ilesos.

Los primeros años: 1960-1963

Antes de que Bill Haley propiciara el frenesí, ya algunos grupos locales estaban empezando a batallar. En el mismo Teatro Colombia, por allá en 1959, Los Danger Twist y Los Dinámicos protagonizarían no solo un concierto sino un enfrentamiento social entre pandillas provenientes del sur y del norte. Sin embargo, todavía el público era demasiado reducido y las bandas no eran más que un acto de fe. No había posibilidad alguna de mportar instrumentos y las casas disqueras todavía eran reacias al nuevo ritmo. No obstante, en 1963, onolux grabaría a Los Pelukas y Discos Daro arriesgaría un poco con los Daro Boys y a los Daro Jets, dos grupos más cercanos al jazz y la bossa nova que al rock. Así como ellos, Los Strangers, Los Be Boops, Los Silver Thunders, Los Caminantes y Los Desconocidos fueron quedando en el camino no sin antes zanjar una pequeña brecha, aprovechada posteriormente por empresarios y músicos emergentes.

Llegó el desorden: 1964-1966

En 1963, Carlos Pinzón funda Radio 15, la plataforma mediática donde el rock en la capital ganaría popularidad. Con un nuevo estilo, juvenil en todos los sentidos, Radio 15 empezó a emitir música de los Rolling Stones, los Beatles y los Searchers. Por primera vez en muchos años, Bogotá dejaba de ser una comarca olvidada por el mundo y entraba en la onda; a decir verdad, estaba a la vanguardia.

Por esos mismos días, Alfonso Lizarazo tomaría las riendas de Radio 15 y la convertiría en el estandarte de la generación roquera de los sesenta. Además de transmitir los nuevos sonidos, Radio 15 apoyaba a los grupos bogotanos y no daba concesiones a las grandes disqueras pues programaban en sus espacios lo que ellos querían, generando así un ambiente de corte rebelde donde los jóvenes tenían voz y voto.

Sin embargo, pese a que el rock ya no era una sombra extraña, las disqueras locales poco o nada se interesaban en tomar registro de lo que estaba sucediendo.

Fue así como en 1964, luego del concierto de Enrique Guzmán, donde hicieron su aparición Los Speakers (una banda creada a partir de la fusión entre Los Dinámicos y Los Electrónicos) la industria discográfica comprendió que el talento estaba en el aire y tocaba materializarlo en forma de vinilo.

Vergara, un sello dedicado a los boleros y a las rancheras, ficharía a Los Speakers y editaría en 1965 el que es considerado el primer disco de rock en Colombia. Titulada The Speakers, la grabación mostraba a una banda seria que quería parecerse en todos los aspectos a los Beatles: vestidos negros, mirada circunspecta, botines media caña y una Bogotá que se transformaba en Liverpool gracias al efecto creado por el humo de las locomotoras de la Estación de la Sabana donde se tomaron las fotos de la portada del disco.

El desorden llegaría entonces y se abrirían locales donde las bandas podían tocar y ensayar. El primero de ellos, La Gioconda, acogería a Los Speakers y, entre toque y toque, otras bandas empezarían a mostrar los suyo. A partir de este cabezazo, en los años siguientes entre 20 o 30 discotecas de nombres sonoros (El Infierno, El Diábolo, La Mazmorra, La Caverna, El Elefante Blanco, Zeppelin, La Píldora y La Bomba, la más famosa de todas) se convertirían en espacios de creación y diversión multitudinarios que al mismo tiempo empezaron a ser satanizados por los guardianes de las buenas costumbres.

Así, el público vería nacer en 1965 a Los Flippers (rezago de una antigua banda llamada Los Thunderbirds) con el sencillo A go-go, término comercial impuesto por los medios que muy pronto se convertiría en sinónimo de rock.

Ese año, el caleño Harold haría su aparición y Los Ampex grabarían su primer LP para Discos Fuentes, sello que un año más tarde, en una jugada maestra de publicidad, editaría la compilación 14 impactos juveniles donde Los Yetis se convertirían en los ídolos de una horda juvenil contagiada por el go-go.

Discos Fuentes genera entonces un alud de reportajes de prensa, programas televisivos y campañas publicitarias nunca vistas como, por ejemplo, lanzar desde un avión 20.000 fotografías de cada uno de los artistas incluidos en 14 impactos juveniles.

Una intensa luna de miel entre los músicos y los medios llega a su punto más alto con la gira nacional Milo a go-go, los impensables 15.000 discos vendidos de La casa del sol naciente, segunda grabación de Los Speakers y, en Medellín, el “Festival de la Vanguardia”, punto de encuentro entre Los Yetis y los nadaístas que, como buenos publicistas, aprovecharon el masivo interés que despertaba este grupo y, ni cortos ni perezosos, adhirieron a las causas juveniles implícitas en el go-go: pelo largo, música nueva y beligerancia.

Termina 1966 con un saldo a favor: el go-go es de conocimiento público, Los Ampex graban su segundo disco, Los Flippers y Wallflowers Complextion editan sus primeros larga duración y los Young Beats, con el muy arriesgado Ellos están cambiando los tiempos, advierten que, aunque todo parece ser un gran idilio, algo en la actitud roquera se ha dislocado. La marihuana y el sonido mod alternativo de The Who, Them y The Kinks parecen enrarecer el ambiente.

Los tiempos están cambiando: 1967- 1969

Desengañados por la maquinaria mediática que los obligaba a seguir las sendas de la nueva ola mexicana y argentina (representada en Colombia por artistas como Mariluz, Óscar Golden, Claudia de Colombia, Billy Pontoni, Jairo Alonso y Lyda Zamora, entre otros) algunos de los grupos más exitosos del go-go sintieron que era el momento de tomar las riendas de sus carreras.

Influenciados ya por las ideas incendiarias de la sicodelia, las drogas y el nadaísmo, algunos como Los Speakers, Los Flippers, los mismos Yetis y, en especial, Los Young Beats, se dieron cuenta de que su música no era mero divertimento ni baile desenfrenado. El go-go de Los Streaks, un nuevo grupo que en 1967 lanzaría Operación a go-go. Una idea descabellada, era, por ejemplo, muy oscuro y cercano al sonido garage norteamericano.

Por su parte, Los Flippers se rebelarían con Psicodelicias y Los Yetis con el Ep Olvídate explorarían de lleno el imaginario hippie. Ya no eran los Beatles quienes marcaban sus estéticas. Por allí se colarían Jimi Hendrix, los Yardbirds, el sonido blues inglés y Bob Dylan como lo fue el caso del tremendo Ep Blow Up con el que Time Machine (banda conformada por los sobrevivientes de Los Young Beats y Los Ampex) definitivamente alejaría el rock colombiano de la algarabía juvenil para ponerlo en un espacio definitivamente opuesto a la obviedad comercial.

Como es bien sabido, a las modas no se les debe llevar la contraria y fue así como casi todos sucumbirían al intento. Los medios radiofónicos que antes los habían apoyado, los dejaron a su suerte y las discotecas les cerraron sus puertas pues esa música novedosa ya no hacía bailar. Unos siguieron como músicos acompañantes de los baladistas y otros emprenderían viajes al extranjero de los que nunca regresarían.

De esta manera, para 1968 el esplendor de una época dorada se desvanecía en los dos únicos discos de rock publicados ese año.

En los estertores de la década, Los Speakers (ya por esa época un trío de avanzada conformado por Humberto Monroy, Rodrigo García y Roberto Fiorilli) editarían Speakers IV y The Speakers en el maravilloso mundo de Ingesón, un proyecto discográfico independiente sin precedentes en la escena local pues dieron vida a una obra conceptual en la que poesía, experimentación musical y arte gráfico lograron condensar en un mismo discurso el desencanto ante el letargo de una generación que un par de años antes los celebraba y ahora, como si nada hubiese sucedido, los relegaba al olvido.

Sin querer, Los Speakers y su última grabación, además de ser el canto del cisne de una década, marcarían el rumbo de otra generación que asumiría en la música un discurso político y estético contracultural, extraño en estas geografías donde la tendencia ha sido más bien esnob y complaciente.

Epílogo un tanto pesimista

De los sesenta colombianos y su explosión creativa hoy no queda nada. Tan solo en las nostalgias estandarizadas se escuchan Zapatos pom-pom y Boca de chicle como monumentos vacuos de nuestra pobre conciencia histórica.

En estos días me he preguntado que habría pasado si Mario Galeano no se hubiera encontrado esa Cumbia de Columna de Fuego. Tal vez, por supuesto, este texto no se habría escrito, El maravilloso mundo de Ingesón no tendría la primera reedición oficial, ¡Nadaísmo a go-go! no contaría con un librillo esclarecedor y los estudiantes de la Javeriana y la Innca no tendrían un profesor que enseña con devoción esa parte de la historia que nunca nos han contado.

Afortunadamente Galeano no está solo. Por allí, sin más excusa que intentar saber de dónde venimos y para dónde vamos, Umberto Pérez con su libro Bogotá: epicentro del rock colombiano entre 1957 y 1975, Felipe Arias y su tremenda exposición Nación Rock, Andrés Ospina desde su vehemente labor periodística y Eduardo Arias en la retaguardia, han sido piezas claves en la reconstrucción de un rompecabezas nebuloso. A pesar de los esfuerzos, la memoria sigue engavetada, los discos permanecen enquistados en las colecciones impenetrables de los melómanos, algunos de ellos son reeditados y distribuidos solo en Europa y, por lo menos hasta el momento, ninguna política pública de recuperación de este patrimonio ha salido a la luz. Mientras esperamos que la cura para el olvido llegue pronto, un curso de arqueología no estaría nada mal: de golpe alguna música extraviada nos alegra la excavación.

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