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Porque la cumbia emociona

Romario es uno de los integrantes de un grupo de jóvenes que superan diferentes discapacidades al ritmo de los tambores, al son de la cumbia. Aunque estas agrupaciones musicales demuestran que para la música no hay exclusión, es necesario que ensambles como estos hagan parte de los circuitos tradicionales de la música.

2016/03/23

Por Laura Martínez Duque, Bogotá

Deja de sonreir y apoya las manos sobre la mesa como si estuviera a punto de recibir el compás de la madera. Concentra la mirada en un solo punto y comienza a marcar con la voz “mi mamá, mi mamá, mi mamá…” mientras golpea a la perfección el tempo de una cumbia cienaguera.

Romario tiene 21 años y no sabe el número de su cédula y tampoco su celular. No sabe leer y poco parece importarle. Él memoriza letras de canciones en minutos, hace coros, improvisaciones y rap. Aprendió a tocar la tambora de puro oído y no necesita partituras para hacer la percusión de la cumbia, el porro o el Sanjuanero.

“Quiero ir para adelante, no para atrás”, afirma convencido. Eso significa tener algún día sus propios instrumentos y cumplir el sueño de ser DJ. Quiere las bandejas y el tocadiscos para mezclar ritmos de cumbia y Sanjuanero con reguetón, la música que Romario ama. El “reguetón antiguo”, como él lo llama, no el que se escucha ahora.

Romario tiene Síndrome de Down y es uno de los jóvenes que forman parte de Batuta, una fundación nacional que en convenio con el Ministerio de Cultura implementa, entre otros muchos, el programa Música para la reconciliación, que atiende a niños, niñas, adolescentes y jóvenes en situación de vulnerabilidad o que son víctimas del conflicto armado interno, algunos de los cuales presentan condición de discapacidad.

Todos los martes, el grupo que lidera el profesor Alfredo Ramírez, junto a otros profesionales, se reúne y ensaya durante dos horas. Romario y 30 compañeros con diferentes discapacidades hacen ejercicios de calentamiento, estimulación y ensamble. Han realizado varias presentaciones como una orquesta bien montada, que no tiene nada que envidiarles a otras agrupaciones “normales”.

Alfredo, su profesor, dice que Romario “es un líder que impulsa y motiva a sus compañeros. Para llegar a Batuta, los chicos hacen un largo viaje en bus. En el trayecto siempre escuchan la radio y, por supuesto, suena la música que más le gusta a Romario. Apenas pone un pie en el salón, comienza a improvisar con sus rimas y pregones, recuerda los coros de todo lo que escuchó en el viaje y hace una mezcla de cumbia, reguetón y champeta. Lo cierto es que contagia a todos sus compañeros que comienzan a cantar y a bailar”. Es un elemento tan valioso que Alfredo y sus colegas le permiten quedarse más tiempo ensayando luego de que la clase ha finalizado.

La madre de Romario, sin embargo, piensa que no es suficiente, pues su hijo tiene demasiada energía acumulada el resto de la semana. Horas enteras en las que a falta de otra actividad se la pasa, solo en su cuarto, bailando y cantando. “En todo ese tiempo fuera de Batuta, él podría estar practicando, mejorando en la percusión y podría estar aún más adelantado, pero no tiene un instrumento en casa para hacerlo”.

La preocupación de doña Esperanza es la de toda madre que se pregunta qué va a pasar con su hijo cuando ella no esté. Romario es el último de diez hijos que ha sacado adelante trabajando como empleada de oficios varios en la localidad de Kennedy. La música podría ser una salvación, acepta, sin embargo, insiste en que su hijo aprenda a leer y a escribir. “Pero no hay caso, a él solo le interesan sus tambores y su reguetón antiguo…”.

La música hecha entre todos en el ensamble y la orquesta configura un espacio único para estos jóvenes, asegura Alfredo. Y agrega: “Crean lazos afectivos, se reconocen y reconocen al otro. Porque cada uno está haciendo algo desde su lugar y su instrumento para que se genere algo entre todos. La música les permite ser, gritar y bailar libremente, entran en un estado mental que les da felicidad. Es una catarsis…”.

“Siempre hace falta más, porque cada vez hay más niños que quieren ingresar al programa y aunque los esfuerzos por extender la cobertura son constantes, también hace falta inclusión y que a estos ensambles se les dé lugar en espacios regulares. El no estar relegados a programas especiales podría ayudar a visibilizar y aumentaría los esfuerzos”, concluye el profesor.

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