Desde 1999, Bailie presenta un programa en BBC Radio Ulster.

"La música puede influenciar el plebiscito por la paz"

El periodista norirlandés Stuart Bailie, que retrató el desarrollo musical de su país durante el conflicto, será uno de los oradores principales en el Bogotá Music Market, BOmm, del 13 al 16 de septiembre. Hablará sobre la relación entre la música y el posconflicto.

2016/09/08

Por Ana Gutiérrez

Stuart Bailie es un nombre clave en la historia musical reciente de Irlanda del Norte. El periodista musical vivió y retrató su desarrollo. Llegó a ser viceeditor en el New Musical Express (NME), el primer periódico musical del Reino Unido donde trabajó de 1988 a 1996. Es el fundador del centro cultural ‘Oh Yeah‘ de Belfast y estará en el Bogotá Music Market, del 13 al 16 de septiembre como parte de la delegación del país invitado de honor, el Reino Unido, para conversar sobre la relación entre la música y el posconflicto. Con un ameno acento norirlandés nos habló sobre la política, el poder del punk y la importancia de lo positivo.

Va a ser uno de los oradores principales en la charla de apertura del BOmm, además de tener una presentación. Cuéntenos sobre eso.

Mi presentación es sobre la música y el conflicto en Irlanda del Norte. Cuento mis experiencias y mi argumento es que la música ayudó a resolverlo y que ha ayudado a ponernos en un lugar positivo. Voy a tocar algunas canciones como Give Ireland Back to the Irish de Paul McCartney, Sunday Bloody Sunday de John Lennon, también mucha música ‘local’ como punk rock de Belfast que ayudó a abrir muchas discusiones para eliminar el sectarismo y eliminar las divisiones en la sociedad. Voy a hablar de la cultura de danza y la cultura del rave que también contribuyeron al proceso y eventos puntuales. Por ejemplo, en 1988, U2 y una banda local llamada Ash tocaron en Belfast antes del referendo de paz y se cree que cambiaron el voto, hacia el ‘sí’, por 2%.

¿Toda la música aportó a resolver el conflicto?

En Irlanda del Norte mucha música salía de las prisiones, habían canciones paramilitares y algunas de esas glorificaban la situación y uno podría argumentar que tuvo un efecto negativo en el proceso, pero las personas que las cantaban fueron cambiando con el tiempo y también su música, se fue volviendo más positiva. Claro, no todas las canciones van a tener el mensaje particular que un quiere oír, pero creo que si esa música se está haciendo, por lo menos uno tiene la opción de ver de qué se trata o de rechazarla. La música es muy hábil para empezar conversaciones y a veces son diálogos que los políticos no quieren tener o reconocer. La música es una cosa tan instantánea, alguien puede escribir una canción, grabarla y lanzarla en cuestión de horas.  Es cada vez más rápida en términos de cómo llega a la gente y creo que la manera que lo toca a uno como ser humano elude al intelecto y a la mente racional. Todos estos temas son muy complicados pero yo siempre pienso en la frase de Bob Marley: “una cosa buena de la música es que cuando te golpea no sientes dolor”, y esa idea es la esencia de la gran comunicación que tenemos con la música, cuando llega ese momento.

De manera más puntual, ¿cómo ayudó la música en el proceso norirlandés?

Para mí una de las canciones más poderosas fue Alternative Ulster de una banda punk llamada Stiff Little Fingers. Siempre se decía que teníamos dos tribus, los protestantes y los católicos, o los unionistas y los republicanos. Stiff Little Fingers decía que tenía que haber una tercera facción, una alternativa que existía por fuera de esos mundos tan cerrados, divididos e intolerantes. La oí cuando tenía 16 años y fue alucinante, fue como si me explicaran por primera vez que “no tienes que escoger entre esos dos caminos. Hay un camino completamente distinto por el que puedes orientar tu vida”. Me encanta la idea de que uno puede rechazar lo tradicional y los prejuicios dañinos, y en vez tratar de diseñar una perspectiva totalmente nueva. Luego se desarrolló  la cultura del rave. En ese marco la gente consumía drogas, en especial el éxtasis que genera una sensación de empatía, y eso también ayudó. Entonces han existido esos pequeños momentos y vimos que el cambio sí pudo ocurrir, literalmente de una generación a otra, o por lo menos existe el potencial de cambiar con la música y es una cosa hermosa.

Hablemos un poco más del punk. La percepción popular es que no es un género muy ‘pacífico’...

Creo que hubo mucho sensacionalismo sobre el punk cuando empezó, que era violento o negativo. En mi opinión bandas como The Sex Pistols querían impactar a la gente para que salieran de la indiferencia, que pararan de ser consumidores pasivos. Para mí, el punk ha sido una experiencia positiva. Creo que una de las bandas que más influenció la escena punk norirlandesa fue The Clash porque cantaban sobre políticas sociales, sobre la vida en lugares violentos, sobre tener autoconsciencia y en general era sobre tomar control del futuro y hacer las cosas uno mismo. Uno podía empezar una disquera, un fanzine, hacer una canción, lo que sea.

En un lugar como Irlanda del Norte, que tuvimos tantos carros bombas, artefactos incendiarios y  bandas de asesinos, la gente no salía de noche. Había un aro de acero alrededor del centro de la ciudad entonces uno no podía entrar después de que oscurecía. La gente empezó a decir, “pues ahí un pequeño bar al borde del aro, vamos a empezar a pasar tiempo ahí, vamos a hacer música”. Un tipo que se llamaba Terri Hooley empezó un sello llamado ‘Good Vibrations’, hicieron una película sobre eso y todo lo que logró. Yo, de la nada, me encontraba en un bar a los 16 años, con gente de distintas áreas de la ciudad, de distintas clases sociales y todos estaban ahí por la misma razón: querían oír punk rock. Teníamos nuestra propia comunidad, era increíble, y todos podíamos contribuir. Uno podía diseñar afiches o tomar fotos o escribir. Empoderaba a la gente, podían expresarse, podían pensar como individuos.

La música parece ser muy política en Irlanda del Norte...

Creo que en general nuestros músicos siempre han tomado posiciones, claro, siempre vemos los extremos políticos, por ejemplo en las canciones que salían de las prisiones, en especial en los años setenta, eran muy intolerantes, intensas y sanguinarias, pero era más para desahogarse. En Belfast contamos con una comunidad musical muy buena y muy fuerte, tiene sus pequeñas rivalidades y eso, pero ha habido momentos cuando todos nos unimos por el bien de la ciudad y su cultura, para convertirla en un lugar para visitar. El turismo cultural se ha vuelto una parte importante de la normalización y el desarrollo económico del país. Por ejemplo, en 2011 fuimos anfitriones de los premios MTV de Europa y pudimos mostrar una nueva cara de la ciudad.

Cuando un lugar tiene una mala reputación, dura mucho tiempo, y queríamos tener visitantes y pertenecer a un movimiento más grande. Hemos contado con la suerte de tener personas capaces de participar, hasta Van Morrison, que no es un artista muy político, ha prestado su música para la promoción de Irlanda del Norte. Él tocó en la visita de 1995 de Bill y Hillary Clinton.

En todas esas ocasiones la música ha sido protagonista y ha podido cambiar las percepciones de quienes somos y hacia dónde vamos. En mi experiencia los músicos desean ser parte de algo mejor, más positivo y progresivo. Definitivamente tenemos mucho dolor pero hemos hecho un esfuerzo por trascender el conflicto, lograr la reconciliación, investigar el pasado y llegar a la verdad. Estoy absolutamente convencido que la música ha marcado una diferencia positiva en ese proceso.

Hasta ahora hemos hablado del papel de la música en la recta final de un conflicto. ¿Pero, cuál es su papel cuando ya se firma la paz?

Una parte es la normalización, parte es mostrarle a la gente que sus hijos pueden tener un buen futuro, que pueden ser felices que pueden hacer cosas con sus vidas. Había una canción Take Back The City de Snow Patrol, que es una banda local [el líder de la banda, Gary Lightbody, es norirlandés], y la idea era decir: “ahora es nuestro turno, es nuestro futuro, hagámoslo”. Y además podíamos ir al gobierno y expresar que podía haber turismo cultural muy lucrativo, entonces, ¿por qué no invertir en festivales locales, infraestructura y escenarios? Eso ayuda desde muchos ángulos. Los jóvenes pueden aprender a trabajar en los escenarios, ingeniería de sonido, en los medios. Entonces uno también fomenta habilidades, oportunidades de empleo. Uno ve el cambio en las caras de las personas, sus ojos se iluminan cuando ve un concierto y uno sabe que hemos ganado, que le ha llegado al corazón y que tiene un futuro más allá del que había durante el conflicto. A veces hasta se siente evangélico, como una cruzada religiosa, tenemos que ganarnos los corazones y las mentes, hasta las almas de los jóvenes, y ponerlos en el camino correcto.

La música también tiene una habilidad que es útil para la política, que a veces se queda ‘pegada’...

Cuando un slogan es bueno se te queda en la mente y eso es excelente. A veces una frase sí logra cristalizar la esencia de un movimiento, da fuerza. También puede ser negativo, uno de los lemas de política más conocidos acá es ‘Ulster dice que no’ y es pura testarudez: no haremos compromisos, no vamos ni a tratar con el otro lado. Cuando abrimos un centro de música le pusimos ‘Oh Yeah‘, que es el nombre de una canción de Ash, y queríamos tener lo positivo, un sí, directamente en el nombre porque queríamos contrarrestar esa negatividad generalizada. Se hablaba tanto de no comprometerse, nunca ceder, y queríamos tener como una rendición hermosa, de entregar y compartir. Es muy temprano para decir que hemos salido del todo del conflicto, el Brexit y eso nos ha afectado, pero creo que con cada joven con el trabajamos vamos asegurando una base fuerte para una Irlanda del Norte nueva.   

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