La intermitente lluvia ha hecho parte del Festival Medellín Vive la Música

Un concierto de cuatro países y cinco idiomas

Con uno de los carteles musicales más extensos y diversos continuó anoche la programación artística de Circulart.

2014/10/11

Por Esteban Duperly

 

Una de las virtudes que tienen los festivales de música es la diversidad. Sólo en ellos se viven esas jornadas de escenarios al aire libre, que van de tarde a noche, donde bandas y músicos de muchos géneros se suceden unos tras otros hasta dejar el público satisfecho, pues acaban de oír un repertorio que de otro modo hubieran tenido que perseguir por el mundo.

En ese sentido, la programación artística que ayer ofrecía el festival Medellín Vive la Música era especialmente generosa. Si bien en la noche del 9 ya se había experimentado una tarima con música de Medellín, Costa Rica y Nigeria –la presentación del saxofonista Seun Kuti ha sido una de las notas más altas en este Circulart– el cartel de anoche era mucho más extenso. Para suscribirnos sólo a lo geográfico: además de las bandas colombianas, y Siddharthta de México y Aphanador So de Brasil, al escenario subió la tunecina Emel Mathlauthi, una cantante que, a todas luces, constituía una novedad para un público como el de Medellín.

Mathlauthi, acompañada por una banda muy compacta de sólo teclado y batería, interpretó canciones en francés, árabe, inglés y español. Vuelvo a decirlo: una novedad para al ciudad. La presentación fue algo oscura pero muy potente y sensible, pues las canciones que interpreta tienden a emparentarse con aquello que en América Latina asociamos a música de protesta, pero que en su caso se fermentan en las problemáticas de la cultura árabe. Y si bien la barrera del idioma le restaba significado a muchas cosas, cuando un artista es bueno la melodía y el cariz de la interpretación terminan de comunicar lo que se queda engarzado en las alambradas del lenguaje.

La lluvia, que ha caído intermitente durante todas las jornadas, hizo que los asistentes se acercaran o se alejaran del escenario. Algunas bandas tuvieron que tocar para un público que los escuchaba y aplaudía mientras se refugiaba bajo techo a 80 metros de distancia. Pero con todo y eso siempre existen los fanáticos que se quedan cerca sin importar si se mojan o no. El Parque de los Deseos acogió esta vez a los asistentes, un lugar de la ciudad que, por algún motivo, se comporta tolerante a lo distinto. Mientras grupos de música de diversos géneros y geografías lejanas hacían lo suyo, sobre la extensa plataforma del parque parejitas de todos los géneros se besaban bajo los impermeables o las sombrillas, los vendedores de calle voceaban chicles o soplaban pompas de jabón para atraer niños, y ráfagas de humo dulce de marihuana atravesaban la multitud de vez en vez, y se deshacían en el aire sin ofender a nadie. Al atardecer varias bandadas de ibis negros volaron sobre la tarima, en dirección al vecino Jardín Botánico donde pasan la noche. Y cuando la lluvia dio tregua, la noche fue limpia, fresca y diáfana, y las luces del escenario se reflejaron con fuerza sobre el pavimento recién lavado.

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