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Una heredera inesperada

Aunque nació en Santander y primero cantó bambucos, Diana Hernández parece ser la sucesora de cantaoras como Etelvina Maldonado o Petrona Martínez. Y lo demostró, con creces, en el pasado Festival de Viña del Mar. ¿Quién es esta joven música colombiana?

2010/03/15

Por Juan Carlos Garay

Entre las canciones que conforman el álbum doble Itinerario de tambores del proyecto María Mulata, una parece ser especialmente personal. Se llama “Yo quiero cantar así” y va enumerando a las grandes cantaoras de la historia del fandango, la chalupa y el bullerengue sentao, desde la legendaria ‘Niña’ Emilia Herrera hasta ese fenómeno de Petrona Martínez. Lo notable es que la voz cantante logra, de veras, una sonoridad que no tardará en ubicarla como sucesora de ese legado. Puede parecer temprano para afirmarlo: Diana Hernández no ha cumplido aún los veinticinco años; pero si tenemos en cuenta que lleva veinte de carrera artística, sabremos que es uno de esos casos en que vida y obra son inseparables. La prensa empezó a fijarse en ella hace unos meses, cuando ganó en la categoría folclórica del Festival de Viña del Mar en Chile. Detrás de aquel triunfo hay una larga historia de estudio y pasión.

El circuito de festivales, la presión de un jurado y de un público que a veces resulta más implacable que el mismo jurado, son factores a los que Hernández estaba acostumbrada desde muy joven. En 2003, cuando conformaba al lado de su hermano el dueto Diana & Fabián, se hizo conocer entre los amantes de la música andina colombiana al ganar el Gran Premio del Festival Mono Núñez. Lo curioso es que, luego de probarse en ese Olimpo del bambuco, su gusto viró hacia los ritmos de la costa Atlántica. La pieza con que se abre Itinerario de tambores es extraña: sobre un ritmo de chalupa, con tambora y maracas, ella improvisa estos versos: “Nací en el pueblo ‘e San Gil/ en tierra santandereana/ Aprendí a cantar bambucos/con mi papa y con mi mama”.

Lo cual acusa un fenómeno bastante nuevo en la música colombiana: la disipación de fronteras entre el interior y la costa. “Eso se lo debo a mis papás”, explica. “A pesar de que somos santandereanos, mi papá conquistó a mi mamá con vallenato. En la familia se cantaba toda la música colombiana, pero la música costeña me atrae mucho porque permite combinarla con el baile, que es otra de mis pasiones”.

Ese nuevo interés revivió en el 2005, cuando la llamaron para hacer los coros para el disco El poeta del valle del Sinú de Pablo Flórez. Ese mismo año, Diana participó en el festival de bullerengue de Puerto Escondido, Córdoba. Era un reto pero a la vez implicaba un problema: “No quería que las cantaoras sintieran que yo estaba robándoles la información”. Entonces decidió emprender un viaje que la internara durante dos meses en las zonas más musicales del departamento de Bolívar y el Golfo de Urabá, conversando y compartiendo con ellas.

Se preparó escuchando viejas grabaciones en vinilo que consiguió en el mercado de Bazurto de Cartagena. Luego comenzó el itinerario: en La Boquilla departió con Etelvina Maldonado, en María la Baja conoció a Eulalia González, en Arboletes aprendió los secretos del baile, en San Juan visitó al tamborero Emilsen Pacheco, en Necoclí se encontró con Eloísa Garcés y en Turbo aprendió los versos más antiguos en la viva voz de Eustiquia Amaranto. Un recorrido de más de trescientos kilómetros que fue la semilla de Itinerario de tambores.

Y que, además, les brindó a Diana Hernández y a los músicos de María Mulata otro secreto, ya probado en uno de los campos de batalla más cruentos para un cantante. El escenario de Viña del Mar es famoso por un fenómeno casi tan incontrolable como las emociones del público: el viento. Un viento helado que dicen que viene del Polo Sur, asciende por la rocosa costa Pacífica y llega hasta la tarima de Quinta Vergara, donde en medio de los conciertos golpea a los cantantes en la cara. Ella dice que sintió la ráfaga. Disponía solo de cuatro minutos para cantarle al público un buen fandango y el viento gélido empezó a soplar. “Lo que hace un cantante en esos casos es respirar por la nariz y no por la boca, pero entonces captas una menor cantidad de aire. En esas circunstancias la garganta se reseca”. La vocalista del grupo María Mulata está entrenada en técnicas profesionales que incluyen el canto lírico, pero la solución que encontró pertenece más bien a la sabiduría del bullerengue: “Un poco de ron ayuda”.

Así llegó a la final y ganó en la competición folclórica, el pasado 25 de febrero, con un tema llamado “Me duele el alma” que compuso junto a Leonardo Gómez. De regreso a su casa en Bogotá mostraba orgullosa la Gaviota de Plata: es un trofeo de unos treinta centímetros de alto, que pesa casi dos libras. El trofeo voló a las manos de Diana Hernández por una interpretación impecable y emotiva, basada en las enseñanzas recibidas de Etelvina Maldonado. “Ella siempre ha sido mi inspiración”, dice Diana acerca de esa veterana cantaora de Santa Ana, Bolívar, que alguna vez le dijo: “Para cantar te trepas y luego te bajas”. Suena bonito el consejo. Como si la voz también fuera una gaviota.

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