El reconocido compositor contemporáneo Philip Glass.

Una hipnosis feliz

El mítico compositor llega al país para dar dos conciertos: el primero el viernes 28 de enero en el marco del Hay Festival en Cartagena y el segundo en Bogotá, en el teatro Julio Mario Santodomingo, el sábado 29. ¿Por qué seduce tanto la aparente monotonía de sus composiciones?

2011/01/25

Por Juan Carlos Garay

Hace unos años circuló por Internet la transcripción del cuaderno de apuntes de un joven estudiante de jazz que tuvo como profesor al pianista Thelonious Monk. Una de las frases decía: “No toques todo, ni todo el tiempo. Lo que no tocas puede ser más importante que lo que tocas”. El cuaderno data de mediados de los sesenta, la misma época en que el compositor norteamericano Philip Glass se formaba en Europa, y bien podría aplicarse a la identidad sonora que Glass encontró. Su economía de medios es proverbial; difícilmente otro compositor ha podido expresar tanto usando tan pocas notas.

La base de su estilo consiste en un pequeño grupo de frases cortas, o “módulos”, como las llama el estudioso Tim Page, que se repiten cíclicamente. Hay cambios, pero son tan sutiles y espaciados que pueden ser imperceptibles. Una anécdota narrada por el ex director de la emisora cultural U.N. Radio ilustra mejor cómo suena esta música: era la época de los discos de vinilo y estaban transmitiendo el primer acto de la ópera Satyagraha (basada en la vida de Gandhi, con textos en sánscrito). En un lapso de 45 minutos varios oyentes llamaron para avisarle al operador de sonido que se había rayado el disco.

Si de veras el sonido de Philip Glass es tan repetitivo, ¿qué hace que haya tenido tanta acogida en los últimos años? El propio compositor, incapaz de dar una respuesta absoluta, bromeaba en 2003 cuando un entrevistador lo definió como “popular”: “Tú quieres decir que a la gente le gusta, no que yo suene como los Beach Boys”. Más allá de esa anécdota, la respuesta puede estar en la audición de sus discos: en un mundo lleno de sobresaltos, la música de Glass, con su aparente monotonía, genera una especie de estado hipnótico que induce a la calma.

Pero no es correcto pensar en Philip Glass como un pionero de las corrientes new age y su música para la relajación. Obras suyas como el Concierto para violín y orquesta o los Cuartetos de cuerda revelan su formación clásica. En Francia estudió composición con la impresionante Nadia Boulanger y luego trabajó como asistente del músico indio Ravi Shankar. “Sin pretenderlo se complementaron”, reflexionaba hace tres años en una entrevista para el diario The Independent: Boulanger lo formó en estructuras armónicas mientras que Shankar le otorgó una mirada poco occidental al fenómeno del ritmo, lo hizo dejar de pensar en compases y abrazar “una corriente de pulsaciones continuas” similar al traqueteo invariable de una locomotora.

A su regreso a los Estados Unidos, Bob Dylan cantaba que los tiempos estaban cambiando y Yoko Ono presentaba sus obras conceptuales en galerías de vanguardia. Acorde con las nuevas corrientes, la música de Glass abrazó un elemento visual del cual nunca se desligó. Resulta elocuente ver las fotos del estreno de su obra Strung Out en Nueva York en 1968: la partitura no está en un atril sino que cuelga extendida por las paredes, y la violinista Dorothy Pixley-Rothschild se desplaza por la sala a medida que va interpretando la pieza. Desde entonces y hasta mediados de la década de los 70, los conciertos de Philip Glass incluían ese elemento de happening como atractivo adicional.

“Pude comprobar que mi música era capaz de retener la atención durante largos períodos de tiempo, una hora o más”, rememora Glass en las notas interiores de su disco Music with Changing Parts. “Eso fue lo que me llevó a escribir óperas”. Y su debut en la ópera no pasó desapercibido: Einstein en la playa, de 1976, tiene una duración total de cinco horas pero el público es alentado a entrar y salir de la sala cuantas veces quiera. Con su estructura de módulos llevada a un extremo grandilocuente y carente de argumento (al menos en el sentido formal), Einstein en la playa redefinió las reglas de la ópera. Años después, reflexionando sobre su papel en ese cambio de paradigmas, Philip Glass diría que “las óperas no deben ser historias, deben ser poemas”.

Aquel dominio de lo visual lo llevó después a componer música para cine. Hollywood y los estudios independientes le han dado a Glass la oportunidad de diseñar un total de 32 bandas sonoras, incluyendo a The Truman Show, El ilusionista, Las horas y, por supuesto, ese plato fuerte de los cineclubes que se llama Koyaanisqatsi. Cuando le piden definirse, suele decir: “Soy un compositor escénico con una orientación tonal”. Glass llega a identificarse tanto con el aspecto visual que es difícil encontrar dentro de su obra alguna pieza que no sea inspirada en imágenes.

A Colombia viene para presentar sus composiciones para piano, lo cual nos abre un capítulo nuevo. El musicólogo Joseph Dalton ha advertido que “sus interpretaciones no son virtuosas en el sentido tradicional de un Liszt o un Rachmaninov, sino parte de una tradición americana de recitales de piano como una experiencia compartida de música simple y melodiosa”. Philip Glass no lo niega, pero ve el lado amable del asunto: “Soy un compositor que toca su propia música… Afortunadamente no me contratan para tocar a Beethoven”.

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