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Una semana que dura todo el año

Del 10 al 17 de enero, las calles y teatros Cartagena son testigos del evento más importante de música culta en Colombia. Pero pocos saben que la fundación que lo organiza sigue funcionando después de que suena la última nota.

2010/07/13

Por Jorge Patiño Medina

“A veces, el problema en Cartagena no es el calor cuando uno está tocando, sino que la brisa intente llevarse las partituras”, dice Stephen Prutsman, director artístico asociado del Festival Internacional de Música de Cartagena, que en enero de 2009 llegará a su tercera versión. Pero no todo tiene que ver con el calor de Cartagena a la hora de organizar un festival. Después de todo, la ciudad misma, con sus plazas, claustros e iglesias (y, por supuesto, el Teatro Heredia) es la que se convierte en el escenario mismo del festival. Aunque en la mayoría de los casos se trata de espacios que no son salas de conciertos tradicionales, la arquitectura y el ambiente de la ciudad antigua son uno de los puntos en los que se apoya el evento, que Prutsman compara con el festival de Aix-en-Provence, Francia, por su uso del entorno para convocar a los asistentes.

El músico dice que precisamente el público es la principal fortaleza del festival de Cartagena: “Todo empieza con el entusiasmo de la audiencia local y de los turistas. Es bueno ver a un gran grupo que viene de todas partes de Colombia a disfrutar”. Prutsman empezó a trabajar con el festival por invitación de Charles Wadsworth, músico neoyorquino, quien es el director artístico.

Por su parte, Julia Salvi —presidenta de la junta directiva del festival— coincide con Prutsman en la importancia de la ciudad. “Era indispensable que el maestro Wadsworth la viera como un lugar ideal. Él creó el festival de Spoleto, en Carolina del Sur, y el de música de cámara en el Lincoln Center, de Nueva York, y se ha dado a la tarea de conocer la música que se toca en cada lugar y quiénes son los músicos”, dice Salvi sobre el hombre que, además de orientar artísticamente el festival de Cartagena, quiere llevar a los barrios de bajos recursos de Nueva York programas similares a los que tienen los estudiantes de la escuela de Juilliard. Y es ahí en donde se unen los intereses de Wadsworth, los de la Fundación Salvi y los del festival. La tercera edición del evento, que se realizará entre el 10 y el 17 de enero, arrancará en realidad un poco antes, el 8, cuando suene el primero de los tres conciertos gratuitos que se llevarán a cabo para niños de bajos recursos de Cartagena, quienes tendrán acceso a presentaciones de la misma calidad de la que gozará el público que pague en otros recintos y horarios. Para los adultos —o para unos cuantos niños noctámbulos dispuestos a oír música en vivo a las 11 de la noche—, también habrá cuatro conciertos gratuitos en la plaza San Pedro Claver.

“A los conciertos en los barrios llegaron algunos niños sin zapatos. Otros nunca habían visto un violín o un clarinete”, cuenta la violinista Angélica Gámez al recordar los conciertos populares en los que “uno se quita el disfraz de gala y hay una mejor interacción”. Las notas al programa no eran unas simples hojas en donde estaba la reseña de los compositores y las obras, sino que se hacía de viva voz, la gente preguntaba y la experiencia, en fin, era más sonora. Como corresponde a un evento musical. Notas al programa a capella, por llamarlo de algún modo.

Para Gámez, lo gratificante es que algunos de esos niños preguntones se convirtieron en estudiantes del programa de orquestas Batuta, así que en caso de que alguien se pregunte para qué sirve el arte, puede preguntarles al respecto a unos cuantos niños cartageneros.

Julia Salvi reconoce que varios de los conciertos son costosos (los que se llevan a cabo en las capillas de los hoteles Santa Clara y Charleston están entre los 80.000 y 200.000 pesos), pero por otra parte están los que se realizan en el Teatro Heredia, cuyo aforo permite tener diferentes rangos de precios (entre 17.500 y 110.000 pesos). La empresa privada también ha realizado aportes para patrocinar artistas y conciertos. La boletería, afirma Salvi, cubre cerca del 10% del costo del festival. El manejo cuidadoso de los recursos es lo que permite, en gran medida, que el festival salga bien y siga presentando buenos músicos en espacios pagos y gratuitos. Prutsman dice que “tenemos que vigilar todo de cerca y asegurarnos de no incurrir en sobrecostos por concepto de administración. La idea es presentar a los mejores músicos que podamos pagar e insistir en un producto artístico de muy alta calidad”.

Las actividades de la semana del festival son las más mediáticas. Pero durante el año, la Fundación Salvi lleva a cabo durante el año una cátedra de arpa (herencia directa de Víctor Salvi, esposo de Julia, quien también es arpista), un taller de reparación y mantenimiento de instrumentos a cargo de luthiers de renombre, viajes de formación para arpistas, los conciertos Preludio (que llevan parte de la experiencia del festival a Cali, Medellín y Bogotá), y el premio Fundación Salvi, que entrega instrumentos a estudiantes de música destacados. Quizá no sean actividades que estén bajo los reflectores de los medios, pero llegan directamente a quienes más les interesan, que son los músicos.

Aunque el plan inmediato es sacar adelante el festival de enero, ya existen planes para el futuro. Entre ellos está incluir presentaciones vocales —Julia Salvi quisiera ver en Cartagena a los bajos Valeriano Lanchas y Gidon Sachs—y expandir las actividades del festival a Barranquilla. Para Stephen Prutsman, por ahora, lo más importante es que la audiencia vaya: “Me alegra que la gente continúe oyendo con un oído crítico, se pregunte qué está pasando y no dependa solo de lo que otros dicen”. Como, por ejemplo, este artículo, al que es imposible sacarle sonido alguno, distinto al de la lectura en voz alta. Para la música, está el festival.

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