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Vibraciones azules

Viejo pero nunca cansado, Blue Note es uno de los sellos más relevantes en la historia del jazz. Hoy, a los setenta años, continúa revitalizando un sonido y una imagen que no son extraños en los aficionados más furibundos del género.

2010/03/15

Por Luis Daniel Vega

A las 12 de la noche del 16 de enero de 1920, todos los locales nocturnos de Norteamérica se han quedado secos. Durante los siguientes 13 años comprar y vender licor será un delito mayor. A pesar de su popularidad, el jazz no es bien visto por las autoridades locales quienes lo consideran inmoral e incitador. Algunos artistas como el pianista Sam Wooding reciben propuestas de empresarios extranjeros que ven en este nuevo ritmo una forma para encantar al público europeo.

Es 1925 en Berlín. Alfred Lion, por ese entonces un joven de 16 años, ve un cartel en el que se anuncia la presentación de la orquesta de Wooding. Aunque ya ha escuchado los discos de jazz de su madre, Lion tiene en ese concierto una epifanía que lo llevará a fundar, 14 años después, Blue Note, un sello discográfico que, en términos de estilo, diseño y sonido, cambiaría el rumbo del jazz a partir de 1940.

El milagro

La guerra es inminente. Lion, judío de nacimiento, es perseguido por el régimen nazi. Obligado a buscar refugio en América, contempla la posibilidad de instalarse en Nueva York pues sabe que allí se topará de frente con la belleza de esa música extraña y salvaje que como una sombra se ha posado sobre él desde la adolescencia.

Son las dos de la tarde del 6 de enero de 1939. Alfred Lion, junto a su amigo de infancia Francis Wolff, ha alquilado un estudio donde se darán cita Albert Ammons y Meade Lux Lewis, dos maestros del piano boogie-woogie que Alfred ha visto dos semanas atrás en el Carnegie Hall. En medio de un ambiente respetuoso, cálido y sin restricciones, el milagro se produce. Lion tiene en sus manos lo que ha ido a buscar.

Los años dorados: 1940-1970

En un periodo vergonzoso de la historia norteamericana, donde la segregación racial se alzaba con toda su estupidez, resulta paradójico observar que dos blancos alemanes se hayan encargado de acoger, con profunda admiración, el trabajo de músicos negros que por esa época eran obligados a entrar por la puerta trasera de escenarios y locales. Durante los siguientes cinco años, Lion y Wolff graban viejas glorias olvidadas como Sidney Bechet, pero son conscientes de que algo extraordinario anda en el aire. El be-bop (reacción profunda al sonido comercial y algo acartonado del swing) es la prueba de que el jazz está evolucionando y allí están el par de cómplices dispuestos a tomar el riesgo.

Es así como hacen su aparición en el catálogo nombres legendarios como Bud Powell y un tímido Thelonious Monk, pianista que por esos años era rechazado por la prensa, la crítica y otros sellos. Monk grabaría para Blue Note sus dos primeras placas como líder y sería el puente para que un ciclón llamado Art Blakey llegara para convertirse en uno de los paradigmas de la casa discográfica.

Con él sobrevendría una década maravillosa donde el hard bop (estilo de bop más acelerado, enraizado con el blues, el gospel y el rhythm & blues) sería el modelo a seguir gracias a las habilidades artísticas de músicos como Sonny Rollins y Horace Silver con quien Blakey fundaría los Jazz Messengers.

Por esos mismos años, dos personajes entrarían a hacer parte del núcleo legendario de Blue Note. Rudy Van Gelder (el más importante ingeniero de jazz en la historia moderna del género) y Reid Miles (responsable del diseño de más de 500 portadas que en la actualidad son un referente obligado para diseñadores y artistas) consolidarían un estilo sonoro y gráfico difícil de superar, incluso hoy, cuando el catálogo del que fue un pequeño sello independiente se ha convertido en Blue Note Label Group, un gigante de emi que vende millones de discos en el mundo con artistas como Norah Jones y ficha lo más selecto del jazz mundial con personajes como Wynton Marsalis y Terence Blanchard.

A finales de los cincuenta, Nueva York se convertía en el escenario idóneo para que el jazz expresara todo su poderío, no solo musical sino político y comercial. Perspicaces, Alfred y Francis invierten su entusiasmo en The SideWinder y Song for my Father, dos vendedores discos de 1964 que les permiten llevar a cabo una idea poco ortodoxa: grabar algunos artistas poco amañados en los modelos tradicionales, incluso del mismo sello. Adscritos al free y el Habana garde, Eric Dolphy, Andrew Hill, y Ornette Coleman fueron tres músicos vanguardistas que explícitamente alzaron su voz de resistencia frente al racismo. Se cierra con ellos (y otros como Hancock, Henderson y Shorter) un ciclo dorado de 30 años donde el jazz se reinventó a través de algo que los aficionados empezaron a llamar “el sonido Blue Note”.

Decadencia y renovación: 1975-2009

Aquejado por una enfermedad cardíaca, Alfred Lion vende el catálogo a Liberty Records en 1965. Francis Wolff continúa hasta 1971, cuando muere. Blue Note entra en una etapa de caos en la que se privilegia al funk y la aséptica fusión con el rock. El viejo sonido estaba muerto pero llegaría la revancha.

A partir de 1985, todo el catálogo de Blue Note pasa a manos de emi donde dos viejos zorros (Michael Cuscuna y Bruce Lundvall) no solo deciden sacar a relucir el antiguo catálogo sino que se dan a la tarea de renovar el sello grabando, entre otros a Joe Lovano, Jason Moran y Medeski, Martin & Wood, colosos de nuestros días que demostraron, en contravía de los escépticos, que el jazz (el de Blue Note, en este caso) durante los ochenta, los noventa y la última década mantuvo su fuerza y coherencia.

Así, Cuscuna y Lundvall han podido sostener un equilibrio ideal entre el mainstream y las tendencias de avanzada (similar al que Lion y Wolff defendieron en sus años felices), además de un ingrediente pop necesario para que el sello, en medio de la debacle de la industria discográfica, se mantenga en pie al lado de monstruos como Verve y Concord Music Group.

Han pasado 70 años desde que Lion alquiló un estudio para grabar la música que a él más le gustaba. El sueño sigue intacto y el jazz de Blue Note, a pesar de los pesimistas y algunos puristas, sigue vivo. Por fortuna, el alemán visionario no se está revolviendo en su tumba.

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