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De suicidios y máquinas

Andrés Gualdrón repasa la carrera de la banda de punk Suicide.

2010/10/25

Por Andrés Gualdrón

El año pasado vi el documental Punk: Attitude, dirigido y escrito por Don Letts. Haciendo un recorrido histórico por el género, la película inicia con un vistazo a aquellas bandas que influenciaron a la primera ola Punk y termina con las agrupaciones más radicales de Hardcore en los 80. De entre todas, una capturó inmediatamente mi atención:

Alan Vega, vocalista de Suicide, nació en 1938. Se graduó como artista plástico en los años 60 y desde entonces la naturaleza libertaria de su trabajo se pondría de manifiesto: hizo parte del Art Workers Coallition, colectivo que profanaba museos y que incluso llegó a hacer una barricada en el MOMA. Mudando su trabajo de la pintura a otros formatos, experimentó con esculturas de luz e incursionó en el mundo de las artes electrónicas ya desde finales de los años 60.

Ver a Iggy Pop en el New York State Pavilion en el 69 cambiaría su vida, al punto de que para 1970 empezaría, junto a Martin Reverby (o Martin Rev) a experimentar con cajas de rítmos simples, sintetizadores, generando beats electrónicos primitivos, repetitivos, llenos de brillo y de una naturaleza hipnótica y extraña. Sus sintetizadores generaban capaz estáticas, envolventes, de sonido. La voz de Vega no cantaba propiamente melodías. Susurraba textos de manera algo nerviosa, llevando al escucha a una especia de suspensión emocional que por momentos rompía con alaridos aterradores. Suicide sencillamente era otra cosa: Sin baterías, guitarras ni bajos, en un formato que es ahora familiar para nosotros pero que en aquél entonces estaba lejos de serlo, la banda se hizo a un show que generaba horror y sorpresa por partes iguales, empezando la estética de confrontación y experimentación que caracterizaría a la escena del downtown neoyorquino durante la década. Fueron ellos, de hecho, quienes usaron por primera vez la palabra Punk para calificar su trabajo.

El primer álbum de Suicide funda y desarrolla, casi que sin ningún otro precedente en la música popular, el sonido que a través de los años derivó de la interacción entre experimientación electrónica y punk (en géneros como el Synth Pop, el New Wave, más recientemente el ElectroClash y muchos otros). Temas como Frankie Teardrop (un texto de 10 minutos sobre un veterano de vietnam llevado al límite por la vida) muestra la capacidad de esta música para hundir al escucha en una atmósfera insólita. El crítico Emerson Dameron la calificaría como una de las obras más aterradoras que alguna vez escuchó.

Este primer álbum sería re lanzado en el 2002 con un disco extra que recoge una de las actuaciones “míticas” de la banda: en un concierto en Bélgica en 1978, abriendo para Elvis Costello, fueron echados del escenario a punta de rechiflas. Costello, molesto, hizo un concierto muy corto en el que dejaba entrever su reacción a como fueron tratados los Suicide. El evento desencadenó en una pelea monumental y hoy nos recuerda lo fuerte que es, en ocasiones, abrirse paso con otras formas de pensar la música. El interés generalizado y el enorme reconocimiento que ha arrastrado la banda a través de los años es, sin embargo, buena prueba de que el tiempo suele tener la razón.

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