Una indígena teje una mochila. Foto: Milciades Chaves, cortesía ICANH

¿Qué objeto define a Colombia?

Esta fue la pregunta que le hicimos a una serie de figuras del mundo de la cultura con motivo de la fecha que celebra nuestro grito de independencia: el 20 de julio.

2016/07/19

Por REVISTAARCADIA.COM

La camiseta de la selección
Iván Benavides, productor y compositor

Sin duda los eventos deportivos se han convertido en los grandes rituales del mundo contemporáneo, y los deportistas al lado de las estrellas del entretenimiento se han erigido por medio del mercadeo  en los nuevos héroes de la sociedad hipermoderna. James Rodríguez o Shakira son más reconocidos a nivel mundial que nuestro presidente.  El camino de lucha y superación de nuestra selección de fútbol, con sus triunfos y derrotas,  se ha constituido en lo más parecido a la  narrativa épica que los colombianos necesitan para sentirse parte de un país históricamente dividido por grandes diferencias regionales y culturales, pugnas de poder y años de confrontación.

La diversidad bien manejada genera riqueza, pero la diversidad mal manejada genera conflicto, y en el conflicto hemos vivido por generaciones. La selección Colombia genera un sentimiento de pertenencia e identidad que une a los colombianos sin distingo de clase, género, región o color de piel.

Las celebraciones exacerbadas de los triunfos de la selección corroboran que nuestra insignia es la desmesura, como lo decía García Márquez.

La mochila
John Better, escritor

Una mochila es un objeto donde caben otros objetos. Según la mitología Wayuu fue una araña quien enseñó a la mujer de la tribu a tejer esta pequeña maravilla que acompaña a tantos hombres y mujeres en la vida cotidiana del Caribe y otras regiones del país. La lana de oveja, luego convertida en mochila arhuaca, puede cargar desde agua hasta frutos o bollos de maíz y más recientemente trasportar en su interior los libros y artefactos modernos del joven universitario. Las hay de todos los precios, yo las usé en mi adolescencia para llevar mis libros a la escuela, los tres trapos que llevaba  hasta el mar en los días de” leva” o esconder esa botella de aguardiente que bebíamos con los amigos en la ruta Puerto Colombia – Barranquilla. Una mochila es un cómplice al que le metemos todo lo que se nos viene en gana, a veces encontramos en su interior las virutas de todo aquello que le hemos confiado. El interior de algunas huela a cachimba, mango o cosméticos. Con una lavada quedan como nuevas. Tengo una tricolor, una mochila de nacionalidad colombiana, y aunque los colores ya estén algo desteñidos, ella sabe que siempre será de gran ayuda a alguien que todavía tiene mucho por ocultar...

El hacha del crimen del Aguacatal  
María del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia

En el Museo de Antioquia está guardado, en su colección fundacional, un objeto que el sueño y el tiempo adormecieron: el hacha con la que David Escovar mató brutalmente a seis adultos en la madrugada del 2 de diciembre de 1873. En medio de los cuerpos y la sangre, dos niños sobrevivieron, y la escena macabra estremeció por años a Antioquia. Se levantaron mitos y especulaciones. Lo cierto es que el asesino declaró haberlo hecho por robar, fue condenado a más de cien años de cárcel, y tras varios intentos de fuga, su rastro se borró. Dicen que fue indultado y que en un pueblo al Nordeste de Antioquia logró volver a hacer una vida, y hasta fundar una escuela de bellas artes que redimió sus pecados. Los que escribían el apellido con v lo hicieron con b para tomar distancia. Casi un siglo después, otro Escobar sería tan escabroso como este primero, y para recordar el viejo Aguacatal hoy tenemos que hablar de una glorieta y un edificio enorme que le sirve al comercio. 

Traemos a la memoria este objeto como señal de tantas cosas: del inicio del Museo de Antioquia, del mito y de la historia, de la sangre derramada y la necesidad de justicia, de la paz y el perdón, y de lo que el arte puede hacer al unir todas las líneas punteadas.

El Divino Niño
Alberto Escovar, director de Patrimonio del Ministerio de Cultura

El culto al Niño Jesús no tiene un origen establecido. De acuerdo con algunos autores, los primeros indicios se remontan al siglo XIII con san Antonio de Padua y se cuenta que en el siglo XVII Jesús le hizo una promesa a la religiosa carmelita Margarita del Santísimo Sacramento, según la cual le dijo: “Todo lo que quieras pedir, pídemelo por los méritos de mi infancia y tu oración será escuchada”. De la veneración por el Niño Jesús, la advocación que obtuvo una mayor difusión fue la de Praga y fue ésta la imagen que trajo consigo a Colombia en 1912 el sacerdote salesiano italiano Juan del Rizzo (1882-1957).

En 1935, Del Rizzo llegó a Bogotá, donde su devoción por el Niño Jesús sufrió una transformación importante. Su superior le sugirió cambiarle el nombre y llamarlo simplemente Divino Niño Jesús, por la prevalencia que los carmelitas tenían sobre el Niño Jesús de Praga y se dispuso a crear la imagen que se conoce actualmente.

La nueva imagen fue diseñada por el italiano Blas Blando, quien por sugerencia de Del Rizzo, le eliminó la cruz que tenía detrás de los brazos argumentando que “Jesús estaba muy pequeño para que lo crucificaran” y así quedó completa la imagen cuya difusión se gestó en el barrio bogotano del 20 de Julio y por eso es conocido también como el Niño Jesús del 20 de julio.

Al Divino Niño se le pide por los secuestrados, para recuperar la salud y esa imperiosa necesidad de sobrevivir y de imaginar un mundo posible en paz, ha llevado a muchos colombianos a convertirlo en un icono de devoción nacional y en el símbolo sagrado por excelencia que abarca toda la geografía nacional.

La paloma de la paz
Julio Cesar Londoño, escritor

Los objetos que nos representan son muchos: el escudo y la bandera, tan entrañables ambos… y tan obsoletos, tan criticados. Un concurso nacional de pintores, músicos y diseñadores para acuñar nuevos símbolos, es una idea tentadora. El “serrucho”, descendiente del “bolígrafo” y precursor de la motosierra, es también un objeto representativo de nuestra cultura política. Parafraseando al pensador chino, podemos decir que la motosierra es la prolongación del “serrucho” por otros medios.

Como símbolos felices, están la camiseta de la selección nacional (la auténtica bandera de los pueblos, según Camus), el sombrero “vueltiao”, las orquídeas, la palma alfiler, las mariposas de Gabo y las caderas de Shakira.

Pero el ícono más publicitado de los últimos 30 años es la paloma de la paz. Lo ha sido justamente porque producimos más buitres que palomas. Ojalá no cejemos. Ojalá revoloteen muchas palomas en nuestro cielo los próximos 30 años. Las necesitamos para restañar las heridas de la guerra, para imaginar lo inimaginable, una Colombia en paz, ponerle fin a esta larga noche de nuestra historia y buscar un lugar digno bajo el sol.

La chiva
Andrés Ospina, escritor 

Lo he dicho antes y lo sostengo hoy: si alguno entre los muchos objetos manufacturados en Colombia merecería ser elevado a la categoría de símbolo patrio, este serían sin duda los autobuses tipo chiva en su presentación artesanía. Me refiero a esos que sobreocupados de gentes y cargados de gallinas, plátanos, huevos y escobas de esparto venden en toldos, terminales aéreos o terrestres y mercados feriales de centro comercial. Y no lo afirmo a causa de su lugar como presente infaltable dentro de equipajes de compatriotas en tránsito al extranjero, al lado de bocadillos, tamales, chontaduros y arequipes de caja. Lo creo, más bien, por su analogía con el país mismo: Colombia es lo más parecido a una mayúscula chiva sin destino ni frenos, tripulada por pasajeros que despreocupados vamos despeñándonos sonrientes hacia nuestro abismo, mientras distraídos con vallenatos, reggaetones, telenovelas y partidos futbolísticos de fondo apuramos aguardientes e importunamos al mundo con nuestro jacarandoso: ¡uuuuuuh! y aquel cántico suicida estilo: “Señor chofer… más velocidad. Hunda la chancleta y verá cómo nos va.

La mochila arhuaca. Kunsumana A´mia.
María Isabel Rueda, artista

Si consideramos a la Sierra como el corazón del mundo y el centro de gravedad de la tierra, podemos encontrar en sus mochilas a la madre contenedora de creación de vida. Tejidas por mujeres sabias, las arhuacas entrelazan los hilos al compás cíclico del paso del tiempo, fijando en el camino el espíritu fértil e intangible de la mujer indígena, mientras se despliega en forma de espiral ascendente su relación sensible con el mundo que nos rodea, que nos es dado como un regalo en forma de un objeto/pensamiento precioso: la mochila arhuaca.

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