Crédito Julían Lineros.

La larga marcha de Álvaro Castaño

El 15 de noviembre sale del aire la HJKC y pasa a Internet. El alquiler de la frecuencia 89.9 fm a Radio Caracol ha entristecido a sus oyentes y sublevado al mundo de la cultura. ¿Morirá la obra de Álvaro Castaño? Arcadia cuenta la historia de la emblemática emisora cultural y de su fundador Álvaro Castaño Castillo.

2016/08/10

Por Juan David Correa

El hombre sentado ante nosotros compró hace cincuenta y cinco años una emisora sin antena. Y este 15 de noviembre, esa antena no emitirá más las ondas en su frecuencia habitual 89.9 fm, y volverá a un mundo sin cables: un mundo de datos, bandas anchas, “un milagro por descubrir”, como se refiere a Internet.

Lo dice sin querer parecer gracioso. Eso ya no le hace falta. No a sus ochenta y cinco años; no después de ser la voz de la inmensa minoría. Su nombre es Álvaro Castaño Castillo. Su figura es aún espigada, garbosa y de una extraordinaria elegancia natural. El hombre que está sentado en esa poltrona de cuero marrón, en la que se descubren revistas y viejos libretos, cuyo fondo de oficina está tapizado por los sesenta y ocho tomos de la enciclopedia Espasa, no teme que su emisora, la HJCK, 89.9 fm, salga este 15 de noviembre del aire y pase a Internet. No teme tampoco declarar que sus amigos, como Álvaro Mutis, “están de cama”.

Le han dicho, en todo caso, que lo conocen bien y saben que es un tipo tozudo; acaso igual a ese muchacho de veintitantos años que, junto a Gonzalo Rueda, Alfonso Peñaranda, Eduardo Caballero Calderón y los hermanos Martínez Rueda, reunió una plata para fundar una emisora cultural. “Éramos seis amigos. Nosotros les compramos baratica la frecuencia a unos caballeros muy pintorescos santandereanos, gente que yo no conocía. Primero, media emisora, cosa que no tenía antecedentes, y luego vimos que obviamente eso no tenía sentido. La idea era muy decidida: levantar el nivel cultural de la radio en Bogotá. No había cupo para la cultura en la radiodifusión, que era simplemente un conjunto de emisoras que transmitían noticias, radionovelas, programas de hogar, consultas de corazón y música popular y punto. Nosotros encontramos unos vacíos agraviantes. El mayor era que nadie se ocupaba de grabar voces. Y hoy, es triste decirlo, pero desde hace muy poco tiempo comenzaron a formarse los archivos sonoros de la radio colombiana”.

El eslogan era, lo dice, un disparate “y lo inventé yo”. Los publicistas de la lluviosa Bogotá de 1950 le decían que señalar que una estación de radio
era “para la inmensa minoría” era el peor negocio del mundo. “Eso fue lo más dispendioso y en realidad viéndolo bien fue muy loco, muy absurdo. Nosotros íbamos contra la corriente y habíamos sido desde la fundación una emisora que no vacilo en calificar de orate, porque el mundo de la radio es cuantitativo y resulta que nosotros salimos con un eslogan para la inmensa minoría. Las agencias de publicidad nos trataron horrendamente duro, me decían, con razón, ‘pero señor ¿usted cómo pretende que si es minoritario y usted lo declara y lo proclama, puede pedirnos publicidad?’ Había un señor Mario Garcés, presidente de la propaganda Época, que me sacó físicamente de su oficina cuando le propuse la emisora porque me dijo: ‘mire, señor, la publicidad es un capítulo de las grandes empresas, pero eso está encomendado a gente seria, yo estudié en los Estados Unidos, ¿usted sabe
qué es mercadeo? ¿Usted sabe qué es un survey? Vea, usted no tiene ni idea de este mundo, cómo me pide pauta. Ustedes, según me informo por la prensa, pretenden presentar recitales de poesía (lo cual era un poquito caricaturesco), presentar música clásica y una serie de cosas que no estarán nunca en el menú de las emisoras. Las grandes empresas no van a vender sus productos con estos chistecitos, usted está en melopea’. Y me sacó de la oficina. En el fondo, viéndolo bien, esos tipos formados en Estados Unidos, implacables, en un mundo cuantitativo en donde lo que pesa es cuántos oyentes tiene una emisora, tenían razón; lo nuestro era un sueño y lo fue mucho tiempo. Yo me enorgullezco mucho de los archivos y de lo que hemos hecho culturalmente, pero económicamente hablando era una torpeza, era un desafío muy desproporcionado”.

Lo que Álvaro Castaño y sus amigos ofrecían, no eran jabones o productos en serie. Querían, ante todo, una emisora para atesorar voces, para hacer memoria y emitir programas que no tenían cabida en la Radio Nacional de Colombia. “La emisora está sustentada sobre mis archivos, la historia de la cultura en Colombia está ahí. Desde el primerísimo día que salimos al aire nuestra obsesión era grabar voces. Con impertinencia, haciéndose uno incómodo. Me acuerdo que yo iba al Colón al palco y ponía una grabadora, una cosa estúpida, pues casi me matan cuando descubrieron que yo estaba grabando, me acuerdo, a Catherine Dolan. Eso era un entusiasmo loco. Después descubrí que no se podía y que era un fraude, pero es un ejemplo de la locura y del entusiasmo con el que salimos al aire en 1950”.

La emisora se hizo a una oficina en el centro, en la calle 17 No. 5-43 en un segundo piso, arriba de la librería francesa de Madame Poppe. “Una librería chiquita muy seleccionada, muy muy buena. La dueña nos prestaba libros para hacer programas en francés y en castellano: ella en francés y yo en castellano”. Los primeros programas que comenzaron a emitir tenían nombres casi piedracielistas: “Perfumes de la noche”, en el que auspiciados por una perfumería intercalaban música clásica con la historia del perfume. O “La joya y su reflejo”, patrocinado por la joyería Bauer. “Yo amanecía escribiendo los libretos con la historia de la joya en el mundo”. Así que el entusiasmo comenzó a surtir algunos efectos que hicieron que la emisora se sostuviera gracias a aliados extraordinarios como Hans Ungar, librero crucial que junto a su esposa Lili estaba al frente de la Librería Central.

Eran menos de veinte personas. Los seis socios, Gloria Valencia de Castaño que siempre ha acompañado a Álvaro, bien ejerciendo como entrevistadora
o bien vendiendo publicidad, además de una planta de tres locutores sonsacados de la Radio Nacional de Colombia, la única referencia estética que se tenía en la época y que “siendo una entidad ofi cial, seria y acartonada, era nuestra referencia, porque la programación, a pesar de todo, era muy digna pero aburridora”. Álvaro Castaño acudió al grupo de radioteatro de dicha emisora y los convenció de pasarse a la suya. “Ése fue un error del cual aún me río porque al traer a Bernardo Romero Lozano, que era el gran atractivo de la Radio Nacional de Colombia, nos pusimos una responsabilidad muy alta. Para entonces estaban entrando las radionovelas, y la Radio Nacional obviamente no podía presentar radionovelas, así que presentaba el repertorio universal entre los cuales estaban Shakespeare, Ibsen y todos los grandes. Con una torpeza enorme yo les fi rmé contrato a todos los actores y me los llevé. A los quince días el patrocinador que era Incopesca quebró y yo me quedé colgado de la brocha. Y tenía que pagar la nómina y a los empleados. Todo era una insensatez tras otra”.

El proyecto sobrevivía con muchas penurias. Era una empresa heroica, como dice Castaño, sin vanidad. “Había muchas quincenas en las que no había ni para pagarnos a nosotros mismos. Eso duró unos tres años en que perdimos lo poco que no teníamos”. A los cinco años de fundada, la emisora pasó a los altos del almacén Tía, en la 7 con 17. Aún hoy, quien camine frente al número 17-14 podrá descubrir que la pátina del tiempo no ha podido borrar el logo de la emisora. Eran oficinas más amplias, en un sitio privilegiado para la época. En ese lugar la HJCK, aún se transmitía por am, pero el prestigio de su trabajo crecía. Fueron dos décadas en las que se consolidó el proyecto de tener un archivo rico en voces. Por ahí pasaron todos los escritores del Boom, y los poetas colombianos como León de Greiff que no paraba de burlarse de sus contertulios con sus retruécanos y juegos de palabras. Cuando
se descubren los archivos, y se habla con algunos de los aún hoy funcionarios de la emisora, cuentan anécdotas como el laconismo de Juan Rulfo que
aderezaba su discurso con unos buenos tragos porque, según él, así podía hablar mejor. 

El cambio del centro en los años setenta hizo que la emisora se trasladara a un lugar más tranquilo. La sede entonces fue la casa que ocupaba la Alianza Colombo Francesa, en la calle 82 con carrera 12. “Ahí estuvimos un tiempo, siempre en arriendo, unos veinte años más y un buen día nos echaron, nos dijeron: señores tienen que irse. Yo, muy desconsolado, salí un sábado, y recuerdo que en la casa vecina había un letrero de Se arrienda. Y ahí nos acabamos yendo. Compramos esa casa que sigue siendo nuestra. Ahí estuvimos muchos años”.

Se arrienda por segunda vez
Es viernes en la noche. Afuera cae un aguacero que invita a la tristeza, no bien salen de la boca de este hombre tantas historias. Se acomoda el foulard con el que muchos lo conocen y pide que hablemos del futuro, que es el motivo por el cual los medios comenzarán a buscarlo; el motivo por el cual, el lunes siguiente, 24 de octubre, una vez el presidente de Caracol Radio, Ricardo Alarcón, y él hagan el anuncio del arrendamiento de la emisora, varios columnistas de opinión se pronunciarán pidiendo o argumentando el absurdo de no actuar ante la inminencia de que las 40 principales, algo así como el melting pot del chucuchucu y el pop, cubra el mínimo espectro de programas como “El concierto de la mañana” o una de las mejores voces de la radio, la de Roberto Rodríguez Silva y sus obsesiones por el jazz.

Un día de septiembre estaban reunidos Guillermo Uribe, jefe de programas, y Álvaro Castaño Castillo, analizando el difícil panorama del presupuesto publicitario para el 2006, a pesar de que tras su renovación, hace menos de un año, los oyentes habían aumentado al ritmo de la pauta y de nuevos sonidos como el latin jazz, el rock clásico o la bossa nova. “En esas llegó un tipo muy simpático que se llama Juan Carlos Pava, dueño de Radio Súper, a quien conocí en la junta directiva de Asomedios. ‘Mi querido doctor Castaño, me dijo, vengo a contarle que le voy a arrendar a RCN mi frecuencia, 88.9’. ‘No me digas, le dije yo’. Entonces me dijo, ‘vengo a ofrecerle mis servicios para ayudarle a comercializar la pauta de su emisora, porque yo sé que vender esto es sumamente difícil, y ahora tengo tiempo para ayudarle’. Cuando él se fue, le dije a Guillermo: el arrendamiento a RCN va a poner en movimiento a Caracol. Esperemos a ver porque no demora en llegar por estas tierras Caracol. Y así fue, Caracol vino con una propuesta similar, muy atractiva económicamente para una emisora pobre. Hicimos ese contrato muy bueno y ellos me ofrecieron una fórmula para salvaguardar la tradición cultural de la emisora: pasar a Internet. No me debe dar vergüenza decirlo: la emisora siempre ha tenido grandes dificultades económicas, hemos pasado ciclos buenos y ciclos malos, pero siempre dentro de unas restricciones muy fuertes. No vayan a creer ustedes que no es difícil que hoy, en el año 2005, las agencias le manden publicidad en la HJCK. En cincuenta y cinco años no hemos recibido una cuña de Coca Cola, que hoy en día no nos ha mandado todavía, porque allá opera el criterio de Madison Avenue, que con todo el derecho del mundo impone que las emisoras más escuchadas de toda América sean las que reciban la propaganda y mandan órdenes claras diciendo que sólo se puede pautar en las grandes cadenas”.

En el momento actual solamente quedan dos de los socios fundadores: los herederos de Gonzalo Rueda Caro –Rafael Pardo Rueda y sus hermanas– y la familia Castaño. Todos los otros han muerto o vendieron en su momento. Álvaro dice que no ha pensado en vender, ni lo va a pensar. “Es un arrendamiento”, pide que enfaticemos, pues es un hombre que cree aún en la precisión de las palabras. Es un hombre de retos, insiste, “mi decisión no tiene marcha atrás. A uno la vida le pone estos retos, y si no los asume, uno se atortola. Yo vivo de retos, ésa es mi respiración. La emisora estuvo muerta muchas veces y no la vamos a enterrar, sólo vamos a cambiar. Nosotros, con toda nuestra historia, con todos nuestros dramas y sufrimientos, nos pasamos a la tecnología del futuro que es Internet. Buscando siempre ser los pioneros en el mundo de las comunicaciones porque la programación que vamos a tener es extraordinaria. Pero el 89.9 se lo arrendamos a Caracol. Vamos a hacer una alianza para hacer la primera emisora por Internet de tipo cultural con el respaldo técnico de Caracol y la autoridad cultural de la HJCK”.

El hombre que está sentado ante nosotros se queda allí, casi imperturbable, a pesar de que tras los relatos una tristeza se le dibuje en el rostro. Lo acompañan sus libros, una foto de Álvaro Mutis en un solar junto a un solitario gato, otra de García Márquez con una sonrisa impuesta, y algunas carpetas de legajador viejas en las que guarda los libretos de la emisora de la inmensa minoría. En la carrera catorce sigue lloviendo y uno se siente tentado a pensar que las cosas, en cincuenta y cinco años, no han cambiado mucho; uno se siente tentado a hacer una parábola entre aquellas reuniones difíciles de antaño con los ejecutivos de la publicidad, y el presente en el cual la supervivencia de las emisoras independientes es casi un imposible.

*

El nuevo portal de la emisora HJCK, www.hjck.com tendrá la fisonomía de la emisora antes de la renovación. La programación será fundamentalmente de música clásica y jazz con algunos programas especiales. El portal tendrá además a disposición de los usuarios el rico archivo de voces que la emisora ha acumulado a lo largo de los años. El Banco de la República comprará las copias del mismo en formato digital para su conservación.

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