Fotograma de un video de ISIS, en el que se muestra la destrucción del tempo Baal Shamin en Palmira, Siria.

¿Se puede hacer desaparecer la cultura de la faz de la tierra?

El crítico de arte Álvaro Medina responde sin pelos en la lengua a quienes abogan por menos poesía y más ingeniería. Su defensa no solo se limita a resaltar las capacidades estéticas de las artes, sino también sus beneficios sociales y económicos.

2016/07/14

Por Álvaro Medina

Los gurúes del desarrollo económico salvaje están activos en la tarea de querer barrer las humanidades de las universidades y quizás de la vida. No lo confiesan abiertamente porque son pudorosos, así que matizan su propuesta con frases de este estilo: “me gusta la poesía, pero estamos creando demasiados sociólogos y pocos científicos y técnicos”. El autor de la frase se llama Andrés Oppenheimer, un argentino que fue invitado a Bogotá para aconsejar a nuestros expertos sobre cómo crear nuevas tecnologías y crecer al modo de Japón o de Corea del Sur. Agregó: “Nuestro déficit anual no es en filósofos, es en ingenieros mecatrónicos y en científicos especializados en nanotecnología”. No es difícil comprender el sentido y la buena intención de lo así expresado, pero la formulación es injusta además de burda y poco original, ya que repite lo ya dicho por Hakubun Shimomura, el Ministro de Educación del Japón.

Nuestros países necesitan miles de matemáticos, ingenieros, biólogos y científicos de muchas disciplinas, es verdad, pero la justa, aunque difícil meta, no se puede ni debe programar sacrificando o suprimiendo otras profesiones. El verdadero progreso no se forja quitándoles a uno para darles a otros, al modo del legendario Robin Hood, sino diligenciando los recursos que permitan satisfacer las necesidades de todos. El utilitarismo de Oppenheimer es el de un intelectual que ve cifras y no se fija bien a qué rubros corresponden. Yo no soy economista, sino apenas un escritor, y por eso le preguntaría si él sabe cuántos puestos de trabajo genera la industria cultural de los Estados Unidos, cuánto suman sus exportaciones y qué porcentaje representa en el PIB de ese país. Yo no manejo estadísticas, pero sí puedo asegurar que asciende a cifras colosales. Si la ciencia y la tecnología son significativas en la actividad económica y financiera estadounidense, la cultura no se queda atrás, un fenómeno que debíamos estudiar, comprender y saber asimilar.

La cultura es el oxígeno de la mente humana, fenómeno que Shimomura y Oppenheimer ignoran o no quieren comprender. Basta sentarse a ver un programa de televisión o a escuchar la radio para recibir cultura a manos llenas. Es tan variada y omnipresente que nos llega en plena calle a través de la arquitectura o de las vestimentas que portamos. Nos sentamos a la mesa y halaga nuestros paladares; entramos a una discoteca y nos llena los oídos, nos electriza los pies y nos involucra alegremente, haciéndonos partícipes de ella. La cultura entusiasma, inspira, une, enorgullece y salta fronteras. Como si fuera poco, no perece nunca cuando es de calidad, a no ser que se demuelan sus vestigios físicamente como hicieron los talibanes en Afganistán y está haciendo, en Siria, el llamado Estado Islámico.

El ardor iconoclasta de los fanáticos religiosos de hoy es una evidencia del enorme poder de la cultura y de su capacidad de tender puentes, pero ante todo de su vigencia inagotable. Al respecto, tres ejemplos: los egipcios de hoy no tienen nada que ver con los egipcios que construyeron las pirámides y los templos de la antigüedad, pero asumen esos legados como propios; si es educado y sensible, un ateo puede entrar a la basílica de San Pedro en Roma y emocionarse hasta los tuétanos sin que se mellen sus creencias; en los años de la guerra fría, los Estados Unidos movieron y conmovieron públicos enormes con conciertos de jazz y exposiciones de arte abstracto. Basta aproximarse a una obra y comprenderla para que haga parte de nosotros mismos, sin que nos importe la religión del autor y mucho menos su nacionalidad.

En contraste, un invento tan portentoso como el telégrafo cayó en desuso hace varias generaciones y hoy, convertido en un valioso trofeo cultural, no rinde beneficios sino en los museos de ciencias. Las compañías de Indias que británicos, holandeses, franceses, suecos y daneses organizaron en su calidad de potencias coloniales en el siglo XVII, los más grandes emporios comerciales de la época, son empresas que nacieron, florecieron y murieron. La compañía más longeva fue la británica y duró 274 años apenas, de 1600 a 1874. En contraste, si la cuestión es de rentabilidad, las empresas culturales de la antigüedad siguen vivas, quizás porque contaron con el desprendimiento de no haber sido concebidas para alimentar la bolsa sino el espíritu, el ideal del poeta que se respete.

¿Será que la industria metalmecánica de Egipto produce más que sus pirámides, templos y museos? ¿La agricultura le produce más a Grecia que el Partenón de Atenas? La fiebre del oro que California experimentó a mediados del siglo XIX duró unos cuantos años; en esa misma California, el buen cine de Hollywood continuará produciendo beneficios económicos dentro de mil años y más, como ha pasado, pasa y seguirá pasando con Homero, Aristóteles, Arquímedes, Dante, Palladio, Miguel Ángel, Cervantes, Shakespeare, Bach, Van Gogh, Picasso, Borges, García Márquez y la inigualable Sonora Matancera.

La obra de Shakespeare les da empleo a centenares de actores en todo el mundo y en todos los idiomas, y genera ingresos que se reparten empresarios, diseñadores de vestuario, confeccionistas de vestuario, maquilladores, escenógrafos y sus cuadrillas de carpinteros, pintores, electricistas, luminotécnicos, etc. Agreguemos los publicistas, los administradores de las salas, los acomodadores, los vigilantes, los de las taquillas, los que reparten los programas de mano, el que diseñó el programa de mano y el que lo imprimió, fuera de los asalariados que toman las escobas cada día y limpian las instalaciones. Podrá parecer exagerado, pero el dramaturgo inglés es una mina realmente inagotable porque la actividad que se observa hoy se ha mantenido desde su muerte y, multiplicada por n, se mantendrá mañana.

La obra de Bach, Vivaldi, Mozart y decenas de compositores aún beneficia a intérpretes, fabricantes de instrumentos, editores de partituras musicales, afinadores, técnicos de estudios de grabación, distribuidores de discos (incluyendo a los que operan a través de la internet), empresarios de concierto, fabricantes de equipos de sonido y un largo etcétera. El genio de Van Gogh les genera entradas económicas a decenas de funcionarios de su museo en Ámsterdam y a galeristas, dealers, subastadores, críticos, curadores, historiadores, periodistas y coleccionistas del mundo entero, fuera del amplio personal vinculado a la producción y el comercio de suvenires e impresos (reproducciones, afiches, postales, catálogos, libros), un renglón económico que en los Museos del Vaticano es considerable y único, ya que jamás tendrá rival ni competencia.

En cuanto a Homero, sigue siendo editado. Con toda su compleja y variada actividad, la industria del libro le da cabida al editor, al traductor, al corrector de pruebas, al impresor y a los fabricantes de papeles, tintas, cartones, pegantes y otros insumos, sin olvidar a los diseñadores gráficos, distribuidores, transportadores, libreros, etc. Las nuevas técnicas ingenieriles sustituyen sin remedio las viejas técnicas y las relegan, por obsoletas, al olvido, mientras que el buen poeta suma su legado al del colega que lo precedió. No desbancar a nadie redunda en auténtica acumulación de riquezas, tanto en términos económicos como sociales y culturales, de modo que si el librero gana dinero cuando vende un libro, gana más el buen lector.

Los planes de educación de una nación no pueden limitarse a satisfacer las necesidades de la banca o de la industria, ya que —al menos en teoría— deben contribuir a la realización individual y plena de todos sus ciudadanos. ¿Qué toca hacer en un mundo en el que algunos prefieren las operaciones numéricas y otros meter goles, unos quieren rezar por la salvación eterna de sus semejantes y otros la carrera de las armas, unos investigar en laboratorios y otros cantar para placer de los matemáticos, los futbolistas, los monjes, los militares e incluso los científicos que un día descubrirán cómo curar el sida o simplemente la caspa? La respuesta no la puede condicionar el factor dinero sino la noción que tengamos de la palabra democracia.

No le hagamos caso a las tonterías de Shimomura y Oppenheimer y tratemos nosotros, más bien, de entender las ventajas económicas que ofrecen las artes y cómo operan ellas en la práctica. Porque cuando mi amiga Malena Castañeda vende en Bogotá un pasaje para ir París o a Machu Picchu, el comprador es alguien que satisface el deseo de querer conocer algunos de los hitos y monumentos de otros ámbitos. Al pagar y salir de gira por tierras remotas con un fin meramente cultural, porque su propósito no es otro, gana Malena y gana el transportador, el hotel, los museos, los teatros, las salas de concierto, los sitios arqueológicos, los guías turísticos, los restaurantes, los transportadores locales, los almacenes de curiosidades, los vendedores de mapas, guías, libros y catálogos, y los editores de mapas, guías, libros y catálogos, y los diseñadores de mapas, guías, libros y catálogos, y los impresores de mapas, guías, libros y catálogos, y los transportadores de mapas, guías, libros y catálogos, pero sobre todo el viajero.

Necesitamos Malenas en todos los países del mundo, Malenas que nos envíen viajeros inquietos que aumenten los beneficios que las estatuas de San Agustín y las murallas de Cartagena ya nos reportan, beneficios que no rinden las cuchillas de afeitar que mi padre utilizaba por la sencilla razón de que ya no se fabrican. He podido ver y palpar que Cien años de soledad incita a sus lectores a visitar Aracataca; la mansión donde residía el fundador del Banco de Bogotá, en cambio, nadie sabe dónde queda. Dado que los hechos son tozudos, se puede concluir que un déficit de poetas es económicamente más grave que un déficit de expertos arrogantes y falaces.

Recordemos al respecto que la Universidad de los Andes eliminó hace algunos años las humanidades, pero se reconsideró la decisión y se resolvió restaurarlas, de modo que el de Shimomura y Oppenheimer es un cuento viejo y fracasado. Yo retaría a los dos a que se parasen en una esquina de Broadway y proclamasen a voz en cuello que las escuelas de música, danza y artes dramáticas deberían cerrarse para siempre, a ver si los premian con aplausos y la posteridad les hace, en medio de una fuente, estatuas que produzcan romerías. ¿Podemos imaginar a los fans arrojando monedas en el agua y a los dos teóricos convertidos en unos singulares y nuevos héroes de la historia de la humanidad?

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com