Bernardo Osorio Santos

Bernardo Osorio Santos, el librero de la Nacional

El tolimense fue durante 40 años un faro crítico y plural del conocimiento para docentes y estudiantes de la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional. Falleció el 7 de agosto.

2016/08/12

Por Santiago Serna Duque

Protegido por una muralla de libros y difuso entre el humo de su pipa Dunhill, Bernardo Osorio Santos fomentó con palabras sosegadas los mundos literarios, científicos y poéticos de varias generaciones estudiantiles en la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional. Bernardo “el librero”, como lo llamaban, siempre se ubicaba fielmente en el fondo del hall en la entrada de Sociología para atender las consultas de quien se le acercara. Sofía Gutiérrez, amiga, recuerda al librero como "una cajita de pandora, un guía intelectual, que se abría para orientar los pensamientos que no encontraban respuesta en la academia o en las aulas".

La salsa, la bohemia, la música protesta, acompañaron una vida que se cimentó en la lectura de diversos textos, como los del impetuoso Omar Khayyan, matemático y astrónomo del siglo X, o los de su poeta favorito, Baudelaire. Los setenta fueron para el librero una época de delirio: la rumba del centro bogotano y las tertulias literarias cultivaron el pensamiento crítico que en determinados momentos tuvo consecuencias. Osorio pagó dos años de prisión por ayudar a esconder las armas robadas por el grupo guerrillero M-19 al Cantón Norte, acción de la que nunca se arrepintió, pues era consecuente con su ideología de izquierda. Efectivamente, este hombre de causas luchó legítimamente por temas más benévolos. En sus últimos años, peleó para que no se implementaran algunas políticas neoliberales que impedían la venta libre dentro de la institución.

Los libros ocupaban la mayor cantidad de su tiempo. Cuando ejercía su profesión, Osorio adquiría un aire de catedrático. Su trabajo era juicioso: escogía minuciosamente el texto, comentaba las publicaciones, analizaba el mercado literario y descubría joyas. No solo era un vendedor. Osorio afinó el oficio del librero, y en su transición a maestro marcó a muchos de sus discípulos.

El editor de causas perdidas, el observador de argumentos éticos, deja un gran vació en el corazón de las ciencias humanas de la Universidad Nacional. Sus aprendices y amigos tendrán como consuelo la imagen de alguien que supo encausar la fogosidad de las ideas.

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