Crédito: Esteban Vega

Tierra de nadie: el abandono del Cementerio Central

Visitamos el camposanto donde se encuentran las tumbas de los presidentes, los empresarios, los próceres. Y encontramos, sobre la calle 26 y 180 años después de su construcción, un cementerio aquejado por el olvido, la desidia y la indiferencia.

2016/07/05

Por Matilde Acevedo

“Cuídate, vístete normal, no saques el celular, ve acompañada”, fue lo que me dijeron sobre el Cementerio Central, ubicado sobre la calle 26 a la altura de la Carrera 22, en pleno centro de Bogotá. Hay un indigente acostado frente a la entrada. Entro y camino por uno de los senderos de la elipse central. Me siento despreocupada. El camino está solitario. De ladrillo, baja leve y los pocos árboles que hay forman un arco. Veo la imagen limpia de las bóvedas, la mayoría en piedra blanca.


Foto: Esteban Vega
           
Aquella advertencia me resuena pues días antes había tenido que obtener un permiso de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP) para poder tomar fotos. Así mismo, me había contactado con Margarita Mariño, una mujer que ha luchado en años recientes por mantener viva la memoria de un cementerio que, aunque me costara aceptarlo, se cae a pedazos, para poder entender lo que estaba a punto de ver.    


Margarita llega afanada: viene del parqueadero del cementerio. Comenzamos a caminar. En varias ocasiones los guardias aprovechan para recordarnos que no podemos tomar fotos. El cementerio, me dice, cobró importancia cuando enterraron en estas calles a don Francisco de Paula Santander: “¡En Père-Lachaise es el mismo cuento!” dice con gracia refiriéndose a la popularidad que adquirió el cementerio: “allá con Molière y aquí con Santander”.  Luego me habla de la historia de Buenaventura Ahumada, el primer enterrado.


El cementerio se mandó a hacer por medidas de higiene en 1836, pues antes a los muertos los enterraban en iglesias. Se construyó en un terreno de erguidos (tierras reservadas para la agricultura). El comandante de artillería Domingo Esquiaqui, quien diseñó la elipse central, había planeado que el cementerio quedara en el occidente, camino a Fontibón. La Pepita, el cementerio que precedió al central, fue el primer cementerio público y tenía la connotación de ser para gente humilde. Por eso el alcalde de la ciudad de ese entonces (1822), Buenaventura Ahumada, pidió que se construyera otro donde él pudiera ser enterrado.     

*

Llegamos a la elipse. Ahí están los mausoleos de los presidentes. ¿Es la arquitectura, la grandeza, las fuentes de las letras, el énfasis de los nombres, el tamaño de la tipografía, etc. lo que crea la solemnidad? Pienso que esas tumbas enaltecen la vanidad de este país. Alguien ha robado las letras de bronce de la firma de López Pumarejo. Entonces aparece otra vez el guardia. “Muéstreme su permiso, si es tan amable”. Cualquier bogotano sabe que el ‘si es tan amable’ implica algo de frustración. El hombre parece de unos 30 años. Tiene un gorro que le disimula la calvicie, unos pantalones y unas botas que le forran las piernas y cada vez que tiene la oportunidad posa su mano con solidez sobre la punta del bolillo. Se recuesta sobre su pierna izquierda mientras frunce el ceño y espera, de nuevo, a que le muestre el famoso permiso. “Yo me quedo con esto”, dice cuando se lo entrego.


Margarita le pregunta al guardia cómo es posible que nos persiga por una cámara pero que pululen los tipos con navajas. Además me dice que el cementerio se está cayendo por cuenta de esa falta de control, por la inseguridad, porque se roban los bustos y se los llevan cargados por la entrada.


Foto: Esteban Vega

Mi guía habla de las prácticas y los trabajos desaparecidos como el de los marmoleros o los arquitectos especiales para mausoleos. La Empresa Distrital de Servicios Públicos (Edis), encargada del aseo de Bogotá hace un par de décadas hizo del cementerio un negocio. Mientras los dolientes que trasladaban a sus muertos a otro lugar, o vendían su lote, la empresa construyó pequeñas edificaciones en las que, cual si fuera un edificio, se vendía la pieza para que las personas pudieran poner los huesos de sus muertos. Por supuesto, lograron beneficiarse monetariamente, pero esa tendencia disminuyó la costumbre del mausoleo, del mármol y de la tumba duradera. Básicamente, el cementerio tiene un historial de estar en las manos de quienes no tienen la sensibilidad para cuidarlo. Y ahí, desde la alameda central, está el contraste: el edificio de osarios que se despedaza y la gran escultura de mármol que perdura.    


Al pasar el cenotafio de Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando terminábamos de recorrer la alameda, Margarita me lleva hacia la tumba de Carlos Pizarro, la estatua de Santander y el lote de Rafael Pombo. Y ahí, frente a nosotras, advertimos la estatua del prócer de la independencia sobre un altar, con su capa y contrapposto cubierta completamente de spray plateado. “Se tiraron la escultura de Santander”, dice con decepción.

*

Carlos Vargas es el hombre que durante 40 años ha estado puliendo los mausoleos, limpiando las estatuas y arreglando los bustos cuyas espadas o letras se roban, entre otras cosas. “Invierten un millón doscientos en letras y al otro día vienen y se las roban”, dice sin mencionar lo que él invierte en instalarlas y embellecerlas. Vargas denuncia pero propone soluciones. “Hagamos las letras así en alto relieve pero en piedra para que no se las roben” dice mientras señala un mausoleo. “Y que no sea que persigan al que arregla sino al que viene a robar”, nos dice cuando explica lo difícil que es limpiar con cepillo de cerda una escultura sin haber pedido autorización. Luego de vernos mirando el mausoleo de Julio Mario Santo Domingo se ofrece cordial a mostrárnoslo (es uno de los pocos que se mantienen pulcros).   


Margarita, igual de indignada, le pregunta a Carlos por el deterioro de la escultura de Santander. “Los locos que están entrando”. El cuidandero dice que lo único que quiere, junto con su hijo, que también trabaja allí, es “hacerle más fácil la vida al doliente con la belleza de los mausoleos”.        


Foto: Esteban Vega

El cementerio central es un reflejo de lo mucho (o poco) que el país cuida su memoria. “Tener esto en el olvido refleja la mentalidad de ‘esto no es problema mío’. Es un síntoma de una indiferencia que nos condena”, dice Mariño. Nos vamos después de ver lo usual: la tumba de las hermanas Bodmer, las hijas de un empresario que murieron siendo niñas, y los dulces que les dejan; la estatua de Leo Kopp, fundador de Bavaria y constructor del barrio La Perseverancia, y aquellos que le susurran secretos al oído; la tumba de Julio Garavito en la que indigentes se reúnen a hacer brujería y a consumir marihuana. Las tumbas quedan atrás, pero uno se pregunta si no es necesario que esas historias se preserven, se guarden, no se pierdan en el olvido de la indiferencia de los miles de bogotanos que jamás han entrado a él.  


Foto: Esteban Vega

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