Una página de la obra de Ana.

Viñetas contra la violencia sexual y la impunidad

Ana, una mujer guatemalteca desplazada, rompe el silencio para desenterrar en un cómic los vejámenes sexuales que padeció y así denunciar que la justicia, en lugar de defenderla, le dio la razón a su agresor.

2016/12/14

Por Laura Panqueva O.

Un hombre desviste a una mujer como si fuera una muñeca. Ella repite con insistencia que no le gusta, que no quiere, pero él intenta convencerla de que es normal y que no va a parar. Los abusos se vuelven constantes.

La escena pertenece al cómic Buscando justicia, un pequeño libro que alza la voz contra la agresión sexual.

Su autora es Ana, una guatemalteca que se refugió en Madrid, España, huyendo de la violencia en su país. Su único conocido a su llegada, una persona que fue profesor universitario, se convirtió en su verdugo: la violó y martirizó con un sadismo ilimitado.

Cuando decidió acabar con ese flagelo, todavía traumatizada, fue incapaz de contar su historia. Una vez en los juzgados, sus palabras se ahogaban de pánico ante el bombardeo de preguntas de la jueza y los psicólogos, quienes terminaron por darle la razón a su agresor. Cinco años después de la violencia que padeció, pública las viñetas.

Esta serie de dibujos desenvuelve un relato desgarrador que da cuenta de los terribles abusos que Ana soportó y de la grieta que se abrió en su vida tras ser violada. Ella se compara constantemente con un juguete de trapo que un hombre hiere sexualmente hasta el punto de romperlo por completo. La metáfora entre un objeto y el cuerpo refleja lo vulnerable e indefensa que se sintió durante aquella época, en la que el agresor fue adueñándose de su vida.

“Los abusos físicos –confiesa la víctima– comenzaron la primera noche en Madrid. Ante mí lo hacía parecer un juego, y el reto que se impuso fue doblegarme. En su juego, yo era una niña ignorante de sus propios deseos. (…) Dije que no. Siempre dije que no. Pero él no paró. Siddhartha M. (como llama al agresor) me violó”.

Como Ana, son cada vez más las mujeres que deciden alzar la voz y denunciar su tragedia. Un despertar que desvela cómo el machismo continúa predominando, incluso, en las instituciones que tienen en sus manos el deber de defender a las víctimas y castigar a los culpables.

Para la autora del libro se trata de una ceguera del sistema jurídico. En su caso, la forense no consideró sus dibujos como una forma de expresión para romper con el silencio. Ése que no le permitía denunciar debido al miedo y a la vergüenza que su agresor le infundía con frases como: “Si hablas esto, de mí ya saben que soy libertino, pero de ti todo el mundo pensará que eres eso, una puta”.

Ser mujer y refugiada es una combinación que se traduce en peligro. De acuerdo con la Organización Internacional para la Migración (OIM), las mujeres migrantes tienen una mayor tendencia a sufrir abusos físicos, sexuales y verbales durante su viaje al país de destino o encontrándose en éste. Las que están dispuestas o ansiosas por migrar son las que tienen las mayores probabilidades de caer víctimas de los traficantes o tratantes y luego, de la explotación sexual.

Según la ONU, una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia sexual o física en algún momento de su vida por su pareja o un tercero. Lo que preocupa, sin embargo, no es solo que esto siga ocurriendo con tanta frecuencia, sino que la impunidad de estos abusos sea tan alta.

La declaración incriminatoria de la víctima no es suficiente. El Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del (CGPJ) afirma que casi la mitad de los casos (40,1%) por violencia de género son absueltos por la falta de pruebas.

Ana cuenta que durante el proceso parecía que los jueces no buscaban esclarecer los hechos, sino convencerla de que era culpable. “En la sala –revela– las vejaciones a las que me había sometido mi agresor no eran más que puntos en una enumeración burocrática destinada a acabar en un archivo”.

La Asociación Mujeres de Guatemala (AMG) decide, entonces, no solo creer sin reservas en Ana, sino convertir su libro en la cara de la campaña #YoTeCreo, que busca demostrar la inoperancia de la justicia y el poco valor que tiene la voz de las mujeres, especialmente cuando se trata del ejercicio de su sexualidad.

“Históricamente los hombres han sido dueños de la palabra: esto puede confirmarse al hacer una rápida exploración sobre quienes han escrito a lo largo de la historia. La palabra es una fuente de poder y en la historia de la humanidad, los hombres se lo han guardado para sí. Ellos han escrito la historia.”, afirma su directora, Mercedes Hernández.

Hernández dice que este libro denuncia, además de la impunidad jurídica, la impunidad social porque hay un silencio cómplice de aquellas personas en quienes las víctimas confían: “Creer a las víctimas, en nuestra opinión, es una impugnación de lo que patriarcalmente se nos ha vendido como verdadero, como justo”.

La justicia rechazó el relato de Ana y creyó en la versión de su agresor. Por eso, este libro resulta tan relevante para la autora, quien alberga la esperanza de que con su publicación –también disponible en versión digital– muchas mujeres en su situación comiencen a hablar y encuentren otras formas de expresar un dolor, que a veces no tiene palabras para describirse. “A todas las que han asumido una culpa inmerecida cuando un conocido las violó: Yo les creo”.

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