RevistaArcadia.com

El sector cultural se pronuncia sobre la victoria del No

¿Cómo recibieron escritores, editores, artistas, gestores culturales, entre otros, la derrota del Sí? Hablamos con varios de ellos.

2016/10/04

Por Redacción Arcadia

 Halim Badawi - Crítico de arte

Por desgracia, el No resultó victorioso, perjudicando los intereses colectivos, revelando un fallo estructural en nuestras democracias. Haciendo referencia al arte, desde las instancias de poder éste sigue siendo concebido como un adorno bonito de la paz: se cree en el arte de la elegía heroica, de los bustos y grandes monumentos, ese arte que le encanta al Congreso; un arte más propio del universo decimonónico que del mundo contemporáneo. Estatuas para exaltar personajes, reales o alegóricos, hechas con materiales de guerra, fundiendo balas y metralletas: metáforas fáciles sobre la transición entre dos estados de la materia y la historia.

Estas formas de arte conmemorativo son impulsadas hasta en los acuerdos (de hecho aparecen explícitamente en ellos). Más que la literalidad dócil de estas formas de arte, que constituyen un nuevo arte oficial políticamente correcto (y canon para los artistas del posconflicto), hay que generar nuevas formas de arte crítico, ya no en relación estricta con las dinámicas del conflicto armado (la línea predominante en nuestra historia del arte), sino también con las dinámicas de poder y los circuitos culturales. Se viene un proceso complejo de reconciliar al país y los artistas podrían participar en él (digo “podrían” porque no es obligatorio, no es un corsé para la creación) señalando nuestras zonas oscuras (con las herramientas de nuestro tiempo): las construcciones del lenguaje, las formas de la censura y el autoritarismo, sensibilizando los cuerpos duros, cuestionando el disciplinamiento acrítico del arte, generando nuevas redes de afecto, pedagogía, trabajo colaborativo y de campo, visibilizando grupos sociales, revelando subjetividades en juego en medio siglo de violencia. Y de aquellos que se han lucrado empleando en sus obras una poética del horror, se esperaría un mayor compromiso ético a la hora de defender públicamente la paz y los acuerdos conseguidos.

 Sandra Borda - Columnista de Arcadia

Creo que el No refleja una incapacidad endémica y estructural de construir solidaridad y capital social en Colombia. Seguimos estando divididos entre aquellos que ven la guerra desde el balcón y aquellos que la sufren en carne propia y en el día a día. Seguimos estando divididos entre aquellos que no están dispuestos a negociar principios relacionados con su propia idea de lo que es la justicia (en la mayoría de los casos una versión revanchista de la misma) y que tampoco quieren negociar las condiciones necesarias para participar políticamente (en un país donde se saca uno un ojo tratando de encontrarle méritos a la clase política tradicional); y aquellos pragmáticos que simplemente no quieren vivir o re-vivir las consecuencias de una guerra que ya parece eterna.

Una campaña llena de frivolidades y lugares comunes del Sí que jamás trabajó en lograr algún tipo de empatía o al menos comunicación entre estas dos Colombias (la Colombia de la comodidad del balcón y la Colombia del sufrimiento), y una campaña por el No que funcionó haciendo uso (y abuso) de la política del miedo, son las principales responsables del resultado electoral del domingo. Y ahora es el turno para que las élites políticas de este país se encierren a negociar otro pacto de caballeros a lo Frente Nacional. Todo muy democrático.

 Gonzalo Castellanos V. - Gestor de políticas culturales

Ante la dura circunstancia política del plebiscito nada, nadie, ni mucho menos la cultura puede cerrar por inventario. Desde las artes, la literatura, las expresiones culturales comunitarias hemos denunciado y levantado un parapeto para que este país no se trence en una confrontación mayor, incluso en una guerra civil.

Por vocación, nuestro trabajo ha buscado tender piso a la reconciliación y la memoria; a la recuperación de la voz en personas silenciadas por la exclusión social y las técnicas de la violencia. No han desaparecido las razones del conflicto (desigualdad, inequidad, pobreza, corrupción, politiquería, bipartidismo disfrazado), pero hay un destello de esperanza porque disminuya, o incluso cese, la confrontación armada que ha vapuleado por décadas, más contundentemente a los pobres, campesinos, jóvenes, pensadores, sindicalistas y activistas sociales.

Quienes vestidos para una tarde de golf se persignan antes de votar porque ningún acuerdo sea posible, no pueden dar la última palabra de nuestro destino. Hay comerciantes de sangre enriqueciéndose con la bonanza de la guerra.

Seis millones de víctimas en un país lejano imaginado como Chocó o Córdoba, no pueden quedar en sus zarpas. La voracidad de aquellos amos de la guerra no debe decidir cuántos millones más habrá.

Más que antes, ya que los recetarios convenientes de los políticos siguen fracasando, debemos hablar más y más duro de una “paz cultural”; de una “ciudadanía cultural”.

 John Castles - Escultor

El resultado del plebiscito convocado para la aprobación del acuerdo suscrito entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc resultó frustrante para quienes votamos por el Si, con la esperanza depositada en la construcción de un mejor país. Un acuerdo que en muchas ocasiones se dijo que no era perfecto, pero si adecuado a las circunstancias. Un proceso de paz es un proceso singular que requiere de una arquitectura particular e imaginativa puesto que no existe un tratado que prevea los pasos a seguir en unos procesos de esta naturaleza y que por consiguiente se encuentran al margen del marco jurídico ordinario.   

Pero también resultó decepcionante el triunfo del No puesto que estuvo fundamentado en propiciar la desinformación por parte de una campaña que en muchas ocasiones apeló a la mentira en materia de asuntos que no tienen relación con el acuerdo en cuestión, como la entrega de tierras pertenecientes a particulares a comunidades de campesinos, la reforma tributaria para financiar a las Farc, la entrega del Congreso a las Farc, la protección de la familia de la ideología de género y la más destacada de todas, tanto por su reiteración como por su penetración en la población fue la de alinear el país con el fracasado socialismo castro-chavista del siglo XXI.  Esta campaña me recordó la manera anacrónica de hacer política en tiempos pasados, basada en el engaño y falso populismo.

Aquellos que votaron rechazando a conciencia algunos puntos de los acuerdos, sin dejarse llevar por manipulaciones ni tergiversaciones, sino con los argumentos propios del debate democrático de las ideas, merecen todo el respeto por sus convicciones y principios.

Se espera que los promotores del No aporten a la construcción de la paz de manera desinteresada, constructiva y decidida sin mirar el horizonte electoral de los próximos comicios presidenciales.

 Melba Escobar - Escritora

Como dijo una amiga, “en mi Facebook todos estábamos de acuerdo”. También los encuestadores daban al Sí como ganador irrefutable. El triunfalismo contagió al gobierno. En una celebración con algunos de los mayores líderes de América Latina y la comunidad internacional, los acuerdos se firmaron en una especie de boda que tuvo lugar antes de consultar a los colombianos si estaban o no de acuerdo con la unión. Como dijo una señora que trabaja en mi casa: “Yo no voy a votar. ¿No ve que ya firmaron? ya para qué preguntan”.

Con un 63%, el abstencionismo podría decretarse ganador. ¿Será que mucha gente sintió que el tema ya estaba resuelto, que su voto no iba a cambiar nada? Otra explicación son los estragos causados por el huracán Mateo. Sin embargo, la apatía fue mucho más allá de la región caribe.

Lo cierto es que así haya habido mentiras, falsa propaganda que involucraba a la familia tradicional en la contienda electoral por el Sí y el No, la publicidad donde los líderes del No involucraron a iglesias, líderes comunitarios, partidos políticos, entre otros, estuvo más cerca de las personas y de sus preocupaciones más genuinas que la del Sí. En cualquier caso, la mitad de los colombianos no creen en estos acuerdos. El voto ha tenido mucho más de emocional que de cerebral, por lo que este es un momento esencial para comprender el origen de esos miedos y el punto de intersección que puede haber entre unas y otras expectativas, necesidades y creencias. Después de todo, no nos conocemos tanto como creíamos y no estamos de acuerdo en masa, como lo estamos, casi siempre,  con los amigos de Facebook.

 Camilo Hoyos - Escritor

Hay un voto por el NO que es legítimo democráticamente: un voto justificado, con texto en mano, con cita textual resaltada contra el Acuerdo de Justicia, contra la reparación a las víctimas, etc. Pero luego hay otro voto por el NO que surgió a partir del miedo y de la mentira, de la falsedad y del matoneo psicológico. Un voto surgido de las mentiras que calaron en conciencias carentes de un pensamiento crítico, el mismo que nos ayuda día a día a combatir los grandes enemigos de la democracia y del bienestar social. Esto es porque nos ayuda a reconocer los propósitos ocultos de los discursos políticos. Por esto, ahora más que nunca el papel de la cultura y de las humanidades debe ser el de hacernos crecer como seres democráticos, puesto que una de sus posibilidades es la de permitirnos leer críticamente el mundo que habitamos, y comprender que las personas que nos acompañan en el diario ejercicio de nuestra vida, son subjetivas como nosotros y forman parte de nuestra realidad con sus deseos perversos. Desarrollar un pensamiento crítico nos permite estar más vigilantes frente a las noticias que escuchamos en la radio y que leemos en las noticias. Esta es una vía para enfrentar la mezquina instrumentalización a la que nos han sometido nuestros políticos en los últimos días. Sobre todo ahora que las noticias dicen que mañana miércoles 5 de octubre los representantes del SÍ y del NO se reunirán en la Casa de Nariño “a tomar tinto”.

 Mario Jursich - Editor y escritor

Las comparaciones histórico-políticas exigen ser cautos. A mí por ejemplo me parece erróneo utilizar el término “brexit” para la paz en Colombia. En Inglaterra no hay armas de por medio; aquí en cambio tenemos quince mil combatientes de la Farc, seis mil del ELN y ocho mil paramilitares armados hasta los dientes. No hay pues punto posible de comparación.

Dicho esto, y a riesgo de tirar piedras sobre mi propio tejado, me arriesgo a hacer el siguiente vínculo histórico. A mediados del siglo XIX, los gobiernos liberales expidieron una serie de leyes destinadas a abolir la esclavitud y a cambiar el influjo de la iglesia en la educación y la moral pública. Esto dio como resultado varias guerras  –la de 1839, la de 1851 y la de 1859– que terminaron en tres distintas constituciones: la del 43, la del 53 y la del 63. Dicho de otra forma, cada diez años se reformó la constitución no sólo para aplacar a los conservadores sino para conseguir estabilidad política en el país.

Teniendo en cuenta que el voto contra el Sí estuvo motivado en buena parte por razones religiosas y por la inconformidad con ciertas disposiciones del Ministerio de Educación –ay, la célebre “ideología de género” –, me pregunto si lo que busca el uribismo es una reforma de los acuerdos de La Habana o más bien una nueva constitución.

Después de escuchar las declaraciones del ex presidente Uribe, temo que sea lo segundo. Espero equivocarme, pero todo este proceso amenaza con terminar en una resurrección del “articulito”, ese mismo cuyo cambio le permitió al ex presidente antioqueño presentarse a una segunda elección y, dados los resultados –nos dirán los voceros del Centro Democrático–, también le debería permitir presentarse a una tercera.

 Zulia Mena - Viceministra de Cultura

El pasado domingo,  el pueblo colombiano acudió a las urnas para refrendar los acuerdos de La Habana y así poner fin al conflicto con las FARC, fuimos testigos de cómo se condujo una campaña difamatoria recurriendo al odio y la venganza de ver triunfar al actual gobierno en el intento donde otros han fracasado.  Este comportamiento tiene un referente desde el surgimiento de las sociedades católica y democrática, y que en los últimos veinte años ha reaparecido con furor con consecuencias impredecibles para la democracia y La Paz. Durante el siglo XIX, una guerra tras otra, generaba odio y sed de venganza. Esto se continuo en la primera mitad del siglo xx preparando el ambiente psicológico, anímico y político para un resultado inimaginable que desembocó en el Gaitanazo, y una ola de violencia que recorrió el país durante la década del cincuenta, desembocando en la exclusión de los sectores no pertenecientes al bipartidismo.

Gobiernos anteriores han buscado La Paz. Sin embargo, se llegó a un momento de la superioridad recíproca entre las fuerzas armadas y la insurgencia que clamaba una salida negociada al conflicto. Se requería de  un gobierno audaz, ingenioso y persistente, que  dedicara todos sus esfuerzos al logro de La Paz. Con aciertos y desaciertos este gobierno se dio a la tarea. Hoy, como después de la tempestad viene la calma, el pueblo percibe  cierta incertidumbre al ver que fue conducido al borde de un abismo. Ese pueblo ha empezado a clamar la continuidad de los diálogos y los acuerdos porque no quiere regresar a épocas que empezaban a ser superadas. El país nacional urge de un acuerdo entre el país político, como decía Jorge Eliecer Gaitan, para deponer los odios y mezquindades buscando el camino para incluir a los excluidos, y esto es la única garantía de paz. Este momento histórico, tan cerca de lograr La Paz, no lo podemos dejar escapar.

 Gilmer Mesa - Escritor

El pasado domingo fue un día sombrío para Colombia, se enfrentaron en las urnas la voz silenciada de la esperanza y el grito torvo del populismo, al final este último se impuso por una nimia diferencia, no es extraño que en un país de 44 millones de habitantes donde están en condiciones de votar alrededor de 38 millones de ellos, 7 simpaticen con el discurso iterativo y politiquero afincado en el recobro y la presumida impunidad y más que con la consabida disertación con el personaje que encarna tales ideales, tampoco extraña que cerca de 7 millones sean conscientes y hayan opinado a favor de los acuerdos de paz, lo que sí es escandaloso, además de preocupante, es que cerca de 25 millones no hayan concurrido a las urnas, más estrepitoso y alarmante es que la mayoría sean jóvenes, quienes fueron los que mayoritariamente invocaron los discursos de ambos bandos, es siniestro que gracias a la apatía política de la juventud el país siga en manos de los de siempre, reiterando la execración y el desdén que no han variado en nuestra vida republicana, la anhedonia electoral demuestra una completa irresponsabilidad de las generaciones presentes para con las futuras, somos muy buenos con los proyectos individuales pero incapaces de abocarnos a los colectivos, no reconocemos a los demás como semejantes, sino como el extraño, el ajeno. Esa falta de empatía se manifiesta en la incapacidad de asumirnos como proyecto global, a todos los abstencionistas parece que no les importa el mañana, mucho menos la expectativa de campesinos y víctimas, somos individualistas medulares, solo importa el ahora propio, nada se puede cambiar, rugió la mínima mayoría de los que fueron a votar, de nuevo triunfó la apatía. Somos un país políticamente inmaduro y negligente. Para algunos lo más coherente es afrontar el futuro con entereza y  sin odio en el corazón  y abrazarnos para blindarnos en medio de la gran balacera que ha sido, es y ojalá no siga siendo Colombia.

 Nicolás Morales - Columnista de Arcadia

Me gusta pensar que la cultura en Colombia volvió a equivocarse de bando y perdió. Por cierto, sería sospechoso que estuviera del lado de los victoriosos. Esa es la norma en el mundo entero. Ni un Kundera, ni un Brecht ni un Gabo (últimamente tan recuperado por el poder), y tampoco un Monsiváis hubieran celebrado el triunfo de un plebiscito como este. Un repaso breve por las redes en Colombia muestra un sector que está herido hasta los huesos, que destila rabia, que no entiende ni comprende. Un sector ambivalente frente a los “culpables”, y que desde mi perspectiva empieza a darse cuenta que es marginal. El sector cultural no agregó absolutamente nada creativo a la discusión (salvo algunas columnas de prensa muy originales) ni tuvo peso a la hora de movilizar eso tan extraño que llamamos pueblo. Ahora está en shock. Pero me pregunto si la desazón no esconde una cierta culpabilidad por lo moderado que estuvo en ideas para apoyar un cambio. Fijémonos en algo: los escritores no se pronunciaron desde la escritura, los artistas en general no generaron una idea colectiva, ni siquiera cineastas o actores reconocidos figuraron. ¿Dónde estaban? ¿A quién le tocó asumir la voz de la cultura? Diluidos en las redes todos tuvieron posiciones progresistas, pero muy aisladas y poco contundentes. Sobre todo en la alta cultura, mucho más que en la cultura popular. Un punto importante del fracaso de la estrategia fue el Ministerio de Cultura: sigue sin entender su rol y lo estratégico de su incidencia. Nadie lo dice en el gobierno, pero todos lo piensan. Pero ya es demasiado tarde. Nuestras lágrimas de cocodrilo (de todos, y me incluyo) puede que sean a la larga poderosas herramientas críticas que se transformen en fuertes estéticas, como lo fueron en su momento un mayo del 68 (el francés y el mexicano). Digo, es como nuestro consuelo.

 Marta Orrantia - Escritora

Quienes votaron NO el domingo pasado lo hicieron siguiendo sus miedos. Miedo a que Timochenko sea presidente, a que les quiten sus fincas, a que la guerrilla camine impune por las calles, y hasta miedo al homosexualismo. Hoy, quienes votamos por el SI, también tenemos miedo. Yo temo que la hazaña de salvar en promedio dos mil doscientas vidas, que fue posible el año pasado gracias a la tregua, nunca más vuelva a ocurrir. Tengo miedo de que la reforma tributaria –que no se realizó por cuenta de este descalabro– traiga recesión económica, que la ayuda que prometieron los países para el posconflicto no llegue nunca, que los milicianos de las FARC se dispersen y no podamos volverlos a tener –junto con sus armas– en un solo lugar, que el ELN se envalentone y decida no seguir con las negociaciones. Es cierto que el uribismo ganó con la incertidumbre que se apoderó del país y que sus líderes se han regodeado con un triunfo que no vino acompañado de propuestas claras. Pero nos guste o no, lo que ocurrió fue parte del ejercicio democrático al que nos sometimos. Ahora no vale la pena lamentarnos y odiar al vecino porque piensa diferente. Esa política de odios le pertenece a Uribe, lo legitima y lo alimenta. Solo lo derrotaremos si somos capaces de unirnos y seguir trabajando juntos, ya no desde el miedo sino desde la esperanza, para que la paz sea un ejercicio cotidiano y una decisión colectiva.

 Yolanda Reyes - Escritora y fundadora de Espantapájaros

Aunque hay negaciones más argumentadas que otras, asocio este triunfo del NO con la sensación de estar retrocediendo en un tiempo y un discurso que creía superado. Me refiero al discurso tan eficaz del miedo y del caudillo salvador, que hoy se expresa en los pastores y en sus rebaños de votantes. Si hace dos cuatrienios el miedo estuvo referido a la inseguridad, en esta ocasión se utilizó el miedo a esa mezcla nacional de “comunismo y ateísmo”, que hoy se tradujo en términos como “castrochavismo” o “ideología de género”.

La justificación del voto negativo que me han dado personas (en la calle) parece centrada en enunciados bipolares que asocian “impunidad de los guerrilleros” con “defensa de los valores familiares” y me resulta difícil entender los nexos entre un enunciado y otro. Esa facilidad para repetir consignas sin preguntarse por las relaciones de causalidad entre ideas parece un escáner del nivel de pensamiento de una gran mayoría de votantes. Y ese nivel, no argumentativo sino repetitivo, es la mayor amenaza para tomar las decisiones y asumir las posturas propias de un momento tan difícil. Frente a las procesiones y a las “profesiones de fe” de las iglesias con nombres nuevos y antiguos, la única defensa sigue siendo la de enseñar a hilar ideas, a cotejar versiones, a leer entre líneas y a preguntar por qué. Son procesos que toman tiempo y me parece que el vínculo entre ciudadanía e ilustración (lectura, información, expresión, discernimiento) no permite (aún) imaginar tiempos mejores.

 Ana Roda - Directora de Lectura y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura de Bogotá

Muchos nos habíamos hecho la ilusión de que este país retomaba un rumbo de seriedad basado en el diálogo, el respeto por la historia, el debate de ideas, el reconocimiento de derechos; en fin, que luego de la Constitución del 91 dábamos un nuevo paso hacia adelante, hacia un país democrático e incluyente. Atrás parecían quedar la ley del más fuerte, la brutalidad y la indiferencia, el dominio del fanatismo y la estigmatización. Todo eso que reapareció en una campaña que utilizó de nuevo el miedo y la mentira para torcer la historia. Y está a punto de lograrlo.

Esperamos que se reinstaure la razón y que se mantenga la línea de diálogo y altura que supieron llevar hasta ahora quienes lideraron el proceso que culminó el domingo pasado. Los colombianos le habíamos dado mandato al Presidente para negociar la paz. No le quitemos ese mandato ni caigamos, una vez más, en el juego de los oportunismos políticos, que arrastran tantos añadidos e intereses que no se exponen. Que el diálogo sea claro y franco y que, ojalá, lo sigan liderando quienes hasta ahora han demostrado imparcialidad y dedicación. No es momento para ser indiferentes porque nos estamos jugando el futuro de la democracia y del país.

 Clarisa Ruíz - Exsecretaria de Cultura de Bogotá

El domingo se evidenció que nuestros problemas no pueden leerse solo en clave social, de justicia, de inequidad, de política. Es necesario leer lo que nos acontece en clave de lo cultural. Más allá de las voces de una contienda política, se alzó una voz cultural que asombró a muchos y que toma raíces en un país acostumbrado a la cultura de la guerra. Un país donde el lugar de lo simbólico lo han asumido los credos, el miedo y el sectarismo. En nuestras ciudades y municipios la expresión cotidiana, que es construcción de sí mismo y de colectividades, está muy limitada. Precario es nuestro sistema educativo, al que corresponde fundamentar la libertad de la palabra; precaria nuestra aceptación de la democracia cultural, aquella en que se reconoce que la expresión, en sus múltiples modalidades, no es de unos sino que es un derecho y, aún más, un principio de todos. Una cultura en que disfrutamos de las diferencias y logremos mantener una unidad sin excluir el disenso, la opinión, el conflicto, características estas de una cultura de paz, que no es armonía absoluta ni es preestablecida.

El Acuerdo, en todos sus capítulos, está vertebrado por el llamado a los derechos culturales y a una cultura política democrática, a pesar de que no se logró abrir una mesa de cultura. Los agentes culturales debemos trabajar en esta perspectiva, en el terreno, en el día a día. La Ley de Cultura, que cumplirá ya 20 años, nos señala el camino: descentralización, participación, autonomía local en clave de lo cultural. Sergio Jaramillo decía hace algunos días que “esto parecía un milagro”. No esperemos milagros, redoblemos el trabajo en el campo cultural, articulemos sus estrategias, busquemos nuevas, para lo rural, por ejemplo, y allanemos la construcción de una paz donde quepan las diferencias, las transformaciones culturales, científicas y sociales de una vida diversa e incierta.

 Clare Weiskopf - Cineasta

La victoria del NO fue una sorpresa para mí, tal vez por eso no me repongo. Aunque siempre fui consciente de la oposición al acuerdo, me dejé llevar por el optimismo de mi círculo cercano. Ahora lo que más me preocupa es la división en la que queda el país y ver que la oposición aparentemente no estaba preparada para ganar. Hoy, tres días después de la votación, no conocemos sus propuestas concretas para renegociar.

Ha sido un proceso largo en el que los votantes y las partes negociadoras lo han dado todo y temo que la solución se dilate y se vea perjudicado lo que se había alcanzado. Pero a pesar del malestar que siento, no me rindo. No nos podemos quedar en el pesimismo, tenemos que trabajar para encontrar una salida y la pedagogía, que tanta falta hizo en este primer intento, es clave. La reintegración de las FARC sólo será posible en un país dispuesto a perdonar. Una sociedad dividida no puede alcanzar la paz.

 José Zuleta - Escritor

Pienso que la derrota del Sí es también una derrota estética. Lo que vimos durante estas campañas fue una confrontación entre la imaginación, la belleza, la creatividad; expresada en millares de hermosos mensajes gráficos, canciones, poemas, videos, caricaturas ingeniosas, testimonios conmovedores; la imaginación, el talento y la verdad construyendo, apostando por el futuro. En el bando contrario se esgrimió la bizarra figura del señor Timochenko al lado de las palabras: próximo presidente. Mentiras cínicas sazonadas con la vestidura de caos, con la repetitiva memoria del reciente macabro pasado y con las noticias del presente de la revolución venezolana. Una sola frase martillada millones de veces, una astucia sucia para contrainformar, para aprovecharse de que aquí nadie lee, ni siquiera los que votamos por el sí. Y sí ganaron. Ganó la oscuridad, ganó el miedo, ganó la gana de venganza. Perdió Colombia.

Ganaron por muy poco, por casi nada. Por ello desde un almacén agrícola, mirando los estantes podemos decir:

Las monturas cabalgando en las barandas. Jardines. Los cercos y linderos enrollados. Las herraduras sin suerte. El aluminio para la percusión láctea de las vacas. Los filos durmiendo en las estrías de las limas. La podadora, aún sin el aroma de los naranjos. Las medialunas que sueñan con las altas ramas y los gajos de mangos. El rastrillo, su caricia y las hojas. El olor del futuro contenido en el hierro. El concierto de lluvia para cinc y granizo en el pentagrama ondulado de plata.

La tierra espera.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación