Foto: Carlos Vásquez

La literatura infantil busca un nuevo hogar en Bogotá

La Fundación Casa Rafael Pombo va a salir del centro a una nueva sede, todavía sin determinar. El caso ha suscitado preguntas sobre la cultura, la historia y las posibilidades que generan.

2016/06/20

Por Ana Gutiérrez

Desde 1985, la Fundación Casa Rafael Pombo ha funcionado en el barrio la Candelaria como un homenaje al poeta y como un espacio para difundir y fortalecer la lectura juvenil e infantil. Ahora, sin embargo, la Fundación deja la casa de Pombo, pues sus instalaciones servirán para una ampliación del Teatro Colón y la construcción de un museo del siglo XIX dentro del recinto. La decisión ha provocado una gama de reacciones y un debate sobre la cultura. ¿Prima un tipo de cultura sobre otra? ¿Importa más la oferta cultura para los adultos que para los niños?

Yolanda Reyes, escritora y fundadora de la librería Espantapájaros, escribió una columna en El Tiempo acerca del tema. Ella se formó en la casa Pombo. "Lo más importante [de la Fundación] es su valor simbólico, que van los niños y la biblioteca está viva y funcionando. Por eso es patrimonio. Debemos preguntarnos, ¿qué es el patrimonio cultural, el cascarón de un edificio o los proyectos que tiene un sentido en la zona?" Reyes señala que el área no cuenta con muchos espacios de lectura infantil, fuera de una parte de la biblioteca Luis Ángel Arango. "Era un lugar, en el centro de la ciudad, en la manzana histórica, donde los niños eran los personajes principales. Es muy diciente que ya no estén ahí".

María Osorio, de Babel Libros, tiene una visión similar: "Se cambia un tipo de cultura por otra, ¿quién lo decide? Ahí se gestó la literatura infantil en Colombia y ahora tiene que volver a empezar". La función de la Fundación, explica Osorio, es acercar a la comunidad de la zona abriendo un espacio para los niños que no tienen a dónde ir aparte de las escuelas de la Candelaria. "Fue tan importante que el Banco de la República le donó sus libros infantiles a la Pombo. A pesar de lo que tiene la Luis Ángel y el Fondo de Cultura, va a quedar un vació enorme. Es como decir que la Luis Ángel se va a la 170”. Aunque la Fundación no va a cerrar, solo mudarse, se pierde una tradición histórica de la cultura y de la literatura colombiana, ubicada en un espacio central, simbólicamente accesible por todos.

Sin embargo, el actual director de la Casa Pombo, Manuel Ricardo Toro, asegura que antes de irse buscarán abrir espacios de lectura y programación cultural para los niños. No solo están en conversación con al Luis Ángel Arango y el Fondo de Cultura sino con entes públicos y privados y con los residentes del área. "Hay muchas bibliotecas comunitarias en el sector, que buscan patrocinio para desarrollarse. Queremos que queden bien fortalecidas ante nuestra salida, dejarlas con cualificación formada desde nuestra pedagogía". Toro señala que la Fundación siempre ha sido más que la Casa, participando en varios municipios del país.  El cambio de sede no se dio por razones económicas, como algunos creen. Fue una decisión tomada como consecuencia "del proyecto tan importante del teatro colon, lo cual es razonable por cómo fortalece la oferta cultural del sector".

Toro ve una importante oportunidad de reinvención en el cambio de sede. La entidad lleva más de un año buscando un nuevo hogar, buscando un área que cuente con jardines, kínderes, hogares, colegios y parques, para así poder hacer recorridos con los niños. "Debe ser un lugar con buenos espacios, para tener talleres, salas de lectura, todo. Queremos aprovechar la oportunidad estética que tenemos, para llamar la atención de los niños e invitarlos a acompañarnos. Que sea un lugar mágico", dice.

En su columna, Reyes hace mención de varios profesionales del área con los que se formó en la antigua casa de Rafael Pombo. Entre ellos está Beatriz Helena Robledo. Al igual que Reyes, Robledo vio “los mejores momentos de la casa”. Para ella, es esa historia institucional que le daba fuerza a la Fundación y considera que esta "fue perdiendo su propia memoria. Creo que después de que se generó ese conocimiento y esa experiencia, esa conexión con las otras artes y la creatividad de los niños, se desvalorizó”. Es un proceso que ve en todo el sector cultural: cada vez menos apuestas por la cultura y menos prepuesto con qué gestionar nuevos proyectos. “Se ve más en lo infantil. No hay muchos lugares para niños, ni en Colombia ni en Bogotá. Es un indicador lo poco que valoramos a los niños en general”. Pero como Toro, Robledo señala que la Fundación no muere: "Espero que lo que genere una nueva sede sea un revitalización. No conozco los detalles, pero recuerdo cómo éramos nosotros cuando estábamos empezando y todo lo que aprendimos ahí. Estábamos abiertos a todo, creando algo nuevo. Ojalá se vuelva a construir un sitio emblemático”.

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