La senadora Claudia López acusó la línea editorial de RCN la semana pasada.

La polarización de la TV

El incidente de la senadora Claudia López en RCN Noticias, el pasado 23 de junio, revela cómo la televisión jugará un papel determinante en el posconflicto. Quizás ha llegado la hora de saber que los medios tienen posiciones políticas -como las han tenido siempre- y que dichas posturas crean sus propias audiencias.

2016/06/27

Por Redacción Arcadia

Las redes sociales se han llenado de comentarios airados en los últimos días por cuenta de la declaración en vivo de la senadora Claudia López en la que manifestaba su malestar por haber sido usada -a su parecer- como gancho ciego del informativo RCN, que unas horas antes se encontraba, como casi todos los medios nacionales, analizando la firma del acuerdo de La Habana. El hecho ocurrió el jueves 23 de junio y cientos de personas subieron a sus redes el fragmento de la protesta de la senadora. La indignación se produjo en cuestión de horas y las opiniones de lado y lado aplaudieron o repudiaron el gesto.

Hace ya varios años que Caracol Televisión le lleva la delantera a RCN, quien incorporó  como directora a Claudia Gurisatti hace un año largo para tomar una posición más arriesgada y así tratar de atajar dicha ventaja. Sin embargo, no parece haberlo logrado con posiciones que para muchos son consideradas deliberadamente uribistas.  

Este asunto pone de relieve cómo los medios televisivos jugarán un papel determinante en los próximos meses cuando comience la etapa del posconflicto. Un analista decía hace poco que quizá lo más interesante de este momento es que se están destapando -por fin- cuáles son las posiciones del poder en Colombia. Y los medios, en este caso la televisión, no son ajenos a eso.

Arcadia quiso conocer la opinión de varios expertos en medios, preguntándoles cuáles son los problemas, si es que los hay, de tomar posición en un momento como el que vive Colombia. En todo el mundo hay medios que son claramente partidistas y eso demuestra la madurez de las audiencias que deciden qué ver. Aunque en la televisión colombiana solo hay, en apariencia, dos opciones, y se avizora la apertura de una tercera, muchos no estamos viendo que hay medios minoritarios que están apostando por agendas informativas más plurales, como ocurre con ciertos canales regionales, o ciertos espacios en canales como el UNO, cuyo noticiero es para muchos el mejor que se hace en la actualidad.

Aunque para la oposición dicho informativo está sesgado, lo cierto es que quien lo vea con detenimiento podrá concluir que sus investigaciones siempre tienen fuentes, acuden a archivos y muestran pruebas. Esta manera de hacer periodismo contrasta con la de los canales privados que se dedican, a través de notas presuntamente informativas, a tomar posiciones. Tal vez allí reside el principal problema y es que la audiencia muchas veces no distingue entre qué es opinión y qué es información.

Para Javier Darío Restrepo, uno de los periodistas que más ha investigado y escrito sobre ética periodística en Colombia, el problema es precisamente ese: no es que los medios televisivos tengan franjas de opinión, sino que su ideología política o sus intereses privados se cuelen cuando supuestamente están informando al público con hechos. En esos casos, el canal “engaña al receptor que los lee o sintoniza bajo la convicción de que encontrará información libre y no opinión sometida a una ideología, partido o interés particular. Existe una especie de pacto implícito con los receptores que ofrecen su sintonía a cambio de información independiente”.

Restrepo incluso va más allá. Considera que “convertir la información en propaganda es algo parecido a vender alimentos contaminados o suministrar agua con impurezas, es convertir un servicio en un daño público. En efecto, la información es la materia prima de las decisiones libres y el alimento del espíritu humano. Cuando esta sucumbe a la propaganda, el medio abandona su condición de servidor público, que en eso consiste la dignidad de periodistas y medios: no reconocer más amo que el ciudadano y lo público”.

La solución, dice Darío Montenegro, gerente de Canal Capital, no tiene por qué ser compleja o radical. Consiste, sencillamente, en que los medios definan y aclaren cuáles van a ser sus franjas de opinión: “Los contenidos periodísticos no están para dar opiniones, y cuando el medio decide opinar debe anunciarlo como lo hace un periódico en su página editorial. Lo importante es que yo, como miembro de la audiencia, pueda reconocer con certeza y claridad cuando se trata de una opinión”. De no buscar esa claridad, agrega Restrepo, los medios que hagan periodismo sin fundamentos “dejarán de ser mirados como empresas de servicio público porque se impone la percepción de que trabajan para beneficio del negocio y del interés privado. Esta comprobación deja a la sociedad en el limbo de la desinformación y de la desesperanza, porque si no puede creer en los medios, ¿a quién creerle?”.

Sergio Ocampo Madrid, columnista de El Tiempo y profesor del Externado, no cree que sea tan grave que, bajo ciertos parámetros, los medios tengan una posición editorial. Considera que en general hay una actitud positiva de los medios con el proceso de paz y que “es reduccionista considerar que ‘están a favor’ porque además de que se reservan el derecho de cuestionar algunas cosas, no los veo ocultando información, silenciando voces, manipulando contenidos”. Para Ocampo Madrid, un ejemplo interesante es El Tiempo, un periódico que si bien “es favorable al proceso, entre otras por su larga tradición oficialista, allí también escriben las voces más críticas de la paz: los Hernández (Saúl y Salud) y María Isabel Rueda”.

El escritor expresa el contraste entre una favorabilidad saludable, como la de El Tiempo, y una desfavorabilidad malsana, como la de RCN: “veo unos cuantos, en especial RCN Televisión, que sí están abiertamente en contra y se valen de libretos perversos para torpedearlo: me pareció vergonzoso aquello de exhibir las imágenes de las tomas guerrilleras más cruentas mientras se firmaba el año pasado el acuerdo sobre justicia transicional en Cuba. Era clara la mala intención porque, aunque el ejercicio de memoria es válido, aquí no se estaba haciendo un recuento de hechos tristes que iban a ser superados al futuro y más bien se inducía a la idea de que el Gobierno claudicó ante los peores asesinos”.

Ahora, si para Montenegro el problema es de claridad, y para Ocampo Madrid es la solidez de los argumentos, para Maryluz Vallejo, profesora de periodismo de la Javeriana, el problema es la misma polarización. Esta, según ella, “recorta las posibilidades de que la gente esté bien informada, sobre todo en este momento histórico tan importante, lo cual es nocivo para la democracia”. En cuanto a la paz, afirma que los medios “estarían orientando una respuesta de su audiencia frente a la refrendación y limitando el derecho de opinión. Si bien se supone que la gente que sigue un medio es afín a su ideología, en Colombia no tenemos una oferta gigante de medios entonces hay personas, especialmente en las regiones, que no tienen otra opción. Uno esperaría que no presentaran una línea tan directa sino que abrieran espacios para contrastar con otras voces y puntos de vista”.

El problema de la polarización se arreglaría solucionando los dos primeros: si hay claridad en cuanto a la postura editorial y argumentos que la sustenten, el debate solo puede terminar siendo enriquecedor.

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