Una protesta en contra del 'Brexit' en Trafalgar Square, Londres, el 28 de junio. Crédito: Justin Tallis / AFP.

"Los preocupantes elementos racistas y xenófobos del Brexit"

Andrea Cadelo, investigadora y profesora colombiana radicada en Londres, se ha enfocado en estudios de raza e identidad. Arcadia habló con ella acerca del 'Brexit'.

2016/06/29

Por Revistaarcadia.com

Muchos británicos a favor de salir de la Unión Europea han hablado de querer recuperar su país de los inmigrantes. ¿Hay un trasfondo racista al debate? 

7 días antes del referendo, el 16 de junio, la política laborista británica, Jo Cox, representante en el Parlamento por la circunscripción electoral de Batley y Spen, ubicada en el oeste del condado de Yorkshire, fue asesinada en un pueblo de su propia circunscripción. Antes de entrar a una biblioteca local en Birstall, para asistir a una de las audiencias que los parlamentarios regularmente sostienen con sus electores, un hombre la acuchilló varias veces y le disparó otras tantas. Mientras vilmente acababa con su vida, el hombre, connacional de la parlamentaria, gritaba: “Put Britain First!” (“Ponga a Gran Bretaña, primero!”). Activista política, feminista, defensora de los derechos humanos, llegó al Parlamento con una amplia experiencia previa en Oxfam y tras haber trabajado para Freedom Fund, una organización filantrópica que busca captar recursos y combinar esfuerzos para combatir la esclavitud moderna. Vocera a favor de los refugiados sirios, de los derechos de los palestinos, de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea y de la inmigración. Justamente la celebración de esta última fue un punto central de su discurso de apertura parlamentaria, en mayo del año pasado. Según sus palabras, la inmigración constituía un factor de enriquecimiento cultural y material de la sociedad británica y la diferencia, además de contribuir al mejoramiento de esta última,  evidenciaba que lo que une es mucho más que lo que divide a la personas. Solidaridad, respeto por el otro, apertura, aprendizaje y goce en la diferencia, equidad, democracia, posibilidades no sólo para mí, sino para mi vecino y el vecino de mi vecino, tal como Jeremy Corbyn, el líder del partido laborista,  recordara los valores que la impulsaban, fue lo que quien proclamara “Put Britain First!” intentó acallar. 

Tras el Brexit, una decisión claramente inspirada en la idea de una Gran Bretaña para los británicos, un centro polaco de asociación social y cultural en Hammersmith, en el oeste de Londres, fue atacado con grafitis insultantes, cuyo contenido era rotundo: “¡Fuera de Gran Bretaña!”. Carteles laminados con letreros como: “¡Fuera de la Unión Europea: No Más Veneno Polaco!” aparecieron a las afueras de una escuela primaria en el condado de Cambridgeshire; en un bus, en Manchester, a un pasajero americano lo atacaron verbalmente y le lanzaron una bebida; en Newcastle, una manifestación del partido de extrema-derecha británico, Frente Nacional, portaba el siguiente cartel: “¡No Más Inmigración: Que Empiece la Repatriación!”; en la misma ciudad el comunicador e historiador David Olusoga afirmó que se sentía como en los años 80, pues nunca antes tanta gente le había dicho: “¡Devuélvete para África!”; en otro lugar un señor se bajó a insultar a un taxista (no-blanco) y a exigirle que se fuera del país. El taxista, sin embargo, le recordó: “Yo nací en Gran Bretaña”. Una reportera de la BBC fue insultada en su propio pueblo, en Hampshire, durante una discusión pública en torno al tema de la inmigración, con el término despectivo “Paki”; una palabra que ella afirmó no oír desde los años 80. La Baronesa Barsi, ex - presidente de los Tories, quien explicara su decisión de retirarse de la campaña por la salida de la UE (Leave), debido a las “mentiras, odio y xenofobia” que la cimentaban, adhiriéndose a su contraria (Stay), afirmó que, de acuerdo a organizaciones e individuos especialistas en el manejo de crímenes de odio y racismo, tras el Brexit, la “situación en la calle no era buena”. Según ella, varias personas habían sido abordadas por Brexiters, ansiosos de reiterarles su decisión: “Hemos votado Leave. Es hora de que se vayan”. En fin, no son pocos los abusos racistas o xenófobos que se han presentado tras conocerse el resultado del referendo y un incremento de más del 50% se ha producido en los llamados “crímenes de odio”.

Si bien es cierto que las expresiones de apoyo tampoco se han hecho esperar, es claro que el asesinato de Jo Cox y la serie de incidentes post-Brexit ponen de manifiesto que conceptos como el de xenofobia y racismo son perfectamente válidos para abordar la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Efectivamente, el tema de la inmigración fue central en la campaña para legitimar dicha posición. La inmigración fue construida como un problema económico de dimensiones insostenibles para el país, como una carga desmedida para el sistema de salud y beneficios del Estado de Bienestar; como extirpadora de puestos de trabajo para la mayoría “blanca británica” y como una afrenta cultural a “la identidad nacional”. De ahí la importancia de ejercer un control riguroso sobre las fronteras nacionales con relación a países europeos y extra europeos, pues el énfasis sobre los problemas que un futuro crecimiento de la Unión Europea, incorporando países más pobres acarrearía, es parte del discurso del Leave. ¿Si la sociedad con los más ricos genera un alto flujo migratorio, cuántos nuevos inmigrantes llegarían cuando países como Albania, Macedonia, Montenegro, Serbia y Turquía entraran a formar parte de la Unión? Esta era la pregunta que un panfleto exhortando al voto por el Leave sugería, exacerbando la amenaza latente que la gente de estos países representaba, por medio de datos específicos sobre el total de la población de los susodichos países.

La campaña del Brexit cerró filas en torno a una cifra que se ha convertido en mítica, por ser falsa. Supuestamente 350 millones de libras a la semana le costaba a Gran Bretaña su membresía a la Unión Europea. 350 millones de libras que, una vez fuera de la Unión, podrían gastar en el sistema de salud (NHS). Salir de la Unión, produciría entonces una ecuación mágica: más dinero y menos inmigrantes, por lo cual, el resultado no podía ser otro que el de un mayor bienestar para los británicos.

Ahora bien, más allá de los preocupantes elementos racistas y xenófobos del Brexit, es importante subrayar que este último puede verse también como un voto protesta contra una política doméstica que ha fallado en atender amplias demandas sociales. De hecho, el Brexit no sólo fue apoyado sobre todo por gente mayor, sino por personas con menos ingresos y formación académica, es decir por aquel segmento de la población que detenta una posición más vulnerable en el contexto de un mercado laboral globalizado. La campaña del Leave, desplazó, sin embargo, el centro de atención de las políticas de austeridad que desde el 2010 se vienen implementando, y que constituyen una causa directa del malestar económico de la población, hacia la incriminación del inmigrante y de una institución supra nacional como la Unión Europea.

¿Qué nos dice Brexit sobre el proyecto multiculturalista de la UE? ¿Funciona? ¿Ha fracasado? 

Si leemos dicho proyecto a la luz del Brexit, definitivamente queda muy mal parado. En un estudio que el Instituto Real de Asuntos Internacionales, Chatham House, realizara en diciembre del año pasado con una muestra de 30.000 personas en torno a la intención de voto en el referendo sobre la UE, el 73% de los que pensaban votar Leave, consideraban que la inmigración amenazaba la cultura nacional, frente a un 28% de los votantes por Stay. Asimismo, 7 de cada 10 votantes por la opción de salir, consideraba que los inmigrantes afectaban la economía, frente a 1 de cada 5 de los votantes del campo contrario.

Me parece que una manera de medirle el pulso a cualquier proyecto multicultural, en este caso, al de la Unión Europea y específicamente al del Reino Unido, es analizar su postura frente al tema de la inmigración. La identidad siempre se construye de forma relacional. De ahí que como nos vemos a nosotros mismos está íntimamente ligado a la manera como representamos a los demás. La construcción de la inmigración como problema social, cultural y económico es antagónica al sostenimiento de un proyecto multicultural genuino. La inmigración trae consigo nuevas ideas, saberes, hablas, tonalidades, sabores, prácticas, sensibilidades, gestualidades y fuerza de trabajo. Trae consigo gente valiente, flexible, capaz de adaptarse a nuevos contextos; gente, por lo general, resiliente, dispuesta a aprender y a trabajar y con capacidad de enseñar. Sin embargo, el término mismo “inmigrante” suele tener una carga peyorativa que pone en entredicho cualquier apuesta multicultural. Prueba elocuente de la racialización del lenguaje y de la cultura es la distinción ente inmigrantes y expatriados. Para el caso en cuestión, inmigrantes somos los extranjeros que vivimos en Gran Bretaña; expatriados, son, por ejemplo,  los británicos pensionados que viven en pueblos costeros españoles, disfrutando gratis del sistema sanitario de ese país. Precisamente, como expatriados se refiere a este grupo social la BBC en la sinopsis que realiza del referendo.

Que a la opción política del Brexit subyace una visión esencialista, purista y racista de la identidad británica – así no todos los que hayan votado por el Brexit sean propiamente racistas y no se reconozcan en los excesos a los que su voto ha dado lugar- queda ampliamente demostrado si nos detenemos a pasar revista sobre quiénes han aplaudido la decisión inglesa y galesa. Donald Trump celebró que los británicos “pusieran al Reino Unido primero y recuperaran su país” e invitó a reproducir el Brexit en suelo norteamericano en las próximas elecciones presidenciales. Daniel Miller, presidente del Movimiento Nacional Texano, felicitó a los británicos por haber concluido un matrimonio nocivo y haber recuperado su soberanía nacional. En su opinión, el Brexit pone de manifiesto que un Texit es posible. Asimismo, en una convención ante el Tea Party Group, Miller expresó su admiración por Nigel Farage, el líder del partido británico UKIP, quien, durante la campaña por el Leave, visualizara su postura a través de un poster en el que a una fila de migrantes y refugiados la acompañaba el slogan: “Punto de quiebre: la Unión Europea nos ha fallado a todos”. Este poster fue acusado de incitar al odio racial. Por su parte, Marine Le Pen, presidenta del partido francés, euroescéptico, nacionalista y de ultra-derecha –Frente Nacional- calificó el Brexit como “una lección de democracia” del pueblo británico; una lección que los franceses podrían replicar a través de un Frexit.

Ahora bien, teniendo en cuenta la votación pro-europea de Escocia y de Irlanda del Norte, es claro que el purismo identitario del Brexit amenaza no sólo la existencia de los otros, sino del estado británico mismo. Específicamente la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, dejó abierta la posibilidad de un segundo referendo independentista. La votación pro-europea particularmente alta de Escocia, me parece que da cuenta de la existencia de una sociedad más pluralista y respetuosa de la diferencia.

Igualmente, la existencia misma de ciudades como Londres, cada vez más post-coloniales y menos occidentales, arroja otra versión – mucho más halagüeña- del proyecto multicultural. Basta pensar que su alcalde, Sadiq Khan, sea un musulmán! Un musulmán que celebró el fin del último Ramadán en una sinagoga concurrida por practicantes de diferentes religiones. Ahí vuelve la esperanza.

¿Qué papel ha jugado la crisis de refugiados?

La crisis ha sido importante en cuanto a la preocupación que la posible vinculación de Turquía a la Unión Europea genera; es decir, la vinculación de un territorio que colinda tanto con Siria como con Irak, dos de los países que en el último tiempo han expulsado un mayor número de personas, huyendo de una larga guerra civil y de los ataques de ISIS. Para la campaña del Leave, la existencia misma de una entidad supranacional como la Unión Europea, capaz de liderar políticas conjuntas en torno al tema de los refugiados, es problemática porque vulnera la autonomía de los británicos para decidir cómo manejar el tema, a quiénes y cuántos recibir. 

En círculos académicos británicos, ¿hay un consenso sobre qué se debería hacer o está tan dividido como el resto del país?

En los círculos académicos claramente se lamenta la salida de la Unión Europea. Se percibe que la universidad fuera de la Unión corre el riesgo de declinar tanto desde el punto de vista material, como intelectual. Buena parte de las  universidades británicas tiene un perfil internacional, cosmopolita; no sólo europeo, sino global, ya sea en la composición del profesorado como del cuerpo estudiantil. Si nos concentramos en Europa, pensemos en Erasmus, un programa bandera de la universidad europea que favorece el intercambio estudiantil de jóvenes a través de la Unión. ¿Qué pasará con él? Asimismo, el hecho de que más allá de Londres, centros urbanos que cuentan o están próximos a importantes universidades como Cambridge, Oxford, Warwick, Manchester, New Castle, entre otros, hayan votado mayoritariamente por permanecer en la Unión es un indicador sugerente de la posición de la academia británica frente al tema. Lamentablemente, como planteé anteriormente, incluso algunas de esas ciudades han sido escenario de abusos racistas post-Brexit. Una respuesta similar a la de la academia sería de esperarse desde el ámbito más amplio del arte y la cultura, pues parece un contrasentido que una persona o institución seriamente implicada en la producción de conocimiento o en la creación artística y cultural, busque cerrar en vez de abrir puertas.

En este orden de ideas, no creo que la academia y el campo de la creación cultural reproduzcan la polarización del país que el referendo ha puesto de manifiesto. Me causa, sin embargo, una gran desazón ver el abismo que hay entre la academia y una parte significativa de la sociedad. En este país, la universidad, concretamente desde el ámbito de los estudios post-coloniales, ha cumplido un rol pionero en el abordaje crítico del pasado imperial británico; ha puesto de manifiesto el carácter racista de la identidad nacional, esa misma que los ex-súbditos coloniales migrando a la ex – madre patria tras el proceso de descolonización en la segunda postguerra, comienzan no sólo a padecer, sino a interpelar, cuestionar y ensanchar. ¿Cómo es posible que este país en el que han proliferado estudios que exploran la relación entre inmigración e identidad nacional y que han puesto al descubierto la longevidad de la estructura mental colonial a la hora de trazar las fronteras simbólicas de la nación, sea nuevamente escenario de virulentos brotes racistas y xenófobos? Claramente hay una escisión entre un robusto discurso académico y el discurso popular de una parte muy significativa de la sociedad. La idea de una Gran Bretaña para los británicos, que subyace a la campaña para salir de la Unión Europea y al Brexit, y en ese sentido, que parece haber calado sobre todo en ciertos sectores de la sociedad inglesa y galesa, tiene implicaciones que van mucho más allá de la relación entre el Reino Unido y la Unión Europea, tal como los abusos racistas anteriormente descritos dejan entrever. El Brexit, a mi juicio, está alimentado por una visión acrítica del pasado, exacerbada, claro está, por el discurso de la austeridad; una visión que en lenguaje coloquial podría sonar así: Hoy, como en el pasado, Gran Bretaña no hace más que dar; compartir sus luces, su saber y sus recursos, recibiendo, sin embargo, muy poco a cambio. Está bien que demos, pero no tanto, no a costa de nosotros mismos y de nuestro futuro. No es justo. Put Britain First: Vote Leave.

Usted, como inmigrante, ¿cómo percibe el debate? ¿Cuáles podrían ser algunas de las consecuencias para ustedes?

Desde el punto de vista del status legal de los inmigrantes europeos, las consecuencias dependen de como sea la salida del Reino Unido – o de partes del Reino Unido- de la Unión Europea. Si permanece dentro del mercado único, probablemente retendría los derechos de libre movimiento, permitiendo por lo tanto que ciudadanos europeos se establezcan y trabajen en el Reino Unido y viceversa. Eso, sin embargo, parece un contra sentido, pues va en contra del espíritu del Brexit. Ahora bien, si el gobierno británico decide introducir permisos de trabajo para ciudadanos europeos –tal como propone UKIP- eso tendría un impacto sustancial para futuros inmigrantes europeos y probablemente para quienes estén aquí sin una situación laboral sólida. Obviamente de imponerse esa restricción, Europa continental respondería con un tratamiento recíproco a los británicos. Pero ahora mismo, prever los cambios es difícil. El panorama es incierto, teniendo en cuenta el impacto negativo que el Brexit ha tenido en la economía y al arrepentimiento de una parte de los votantes del Leave–a tal punto que de realizarse hoy un nuevo referendo, la victoria podría ser para el campo contrario. Los liberales demócratas han incluso propuesto como bandera de su partido la de impugnar el Brexit en las próximas elecciones generales.

En cuanto al clima social, diría que sus efectos ya los hemos empezado a sentir. El saber que, con excepción de Londres, el voto mayoritario en toda Inglaterra y en Gales se inclinó por la salida de la Unión Europea, pone muy en entredicho el que europeos y extranjeros, en general, seamos bienvenidos aquí. De hecho, manifestaciones de odio contra extranjeros sin distinción alguna y contra británicos de identidades mixtas ya se han presentado. A la par, sin embargo, y afortunadamente, circulan mensajes diametralmente opuestos, provenientes de las autoridades y de la sociedad civil.

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