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Rubinstein y los nazis

El gran maestro judío, antropofóbico y esquizoide, se aisló de la humanidad hacia el final de su carrera. La decisión le salvó la vida y sobrevivió de milagro a la Segunda Guerra Mundial estudiando los infinitos ramales del ajedrez en un sanatorio belga.

2014/06/24

Por Christopher Tibble

Resignado a convertirse en rabino, el polaco Akiba Rubinstein no conoció el ajedrez hasta los 15 años, cuando encontró un pequeño libro en hebreo, el único idioma que sabía leer. Si bien no tenía contra quien jugar, a las pocas semanas se había memorizado el tomo, en especial las partidas de Paul Murphy, el gran genio del ajedrez del siglo XIX. Como todos los maestros del deporte ciencia, con un par de ojeadas podía recitar lo que había leído. Encontró el ajedrez más eterno que la religión, y decidió dedicarle su vida al juego. 
A pesar de su corta edad, entabló una rígida rutina: 300 días de estudio, 60 de torneos, 5 de descanso. Así, rápidamente, escaló los peldaños del club de ajedrez de la ciudad de Lódz, al suroeste de Varsovia,  donde había empezado a jugar. En 1905, con 25 años, quedó tercero en un importante torneo en Kiev. De esa forma comenzó su periodo más prolífico, en la que ganó casi todo. Se convirtió, de repente, en la nueva estrella del juego. Su estilo universal fue aclamado y a donde iba ganaba los premios de estética ajedrecística. Incluso, en ese momento, muchos lo situaban por encima de su contemporáneo José Raúl Capablanca, quien en 1921 se convirtió en el primer y único campeón latino. 
Gracias a sus victorias en varios torneos, todo apuntaba a que Rubinstein le disputaría el título mundial al campeón Emmanuel Lasker. Pero en esa época, el campeón tenía el derecho a exigir la cantidad de dinero que quisiera para acceder a jugarse la corona. Ni corto ni perezoso, y consciente de que la calidad de su juego había disminuido, Lasker no bajó el precio sabiendo que el polaco no podía pagar. Además, Rubinstein tenía fama de ser un excelente jugador de partidas largas. De hecho, solo perdió una en toda su vida: cuando era adolescente. 
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Lasker contra Rubinstein, 1909
Finalmente llegaron a un acuerdo para jugar en 1914, pero la Primera Guerra Mundial descendió sobre Europa y tuvieron que cancelar el encuentro. Entonces todo cambió, no solo en el continente, sino también en la mente del jugador. Como casi siempre ocurre con las enfermedades mentales, un evento externo las cataliza. En el caso de Rubinstein, el detonante fue el conflicto armado. Frente el estrepitoso fulgor de la guerra, se resquebrajó. Empezó a tener manías de persecución y episodios psicóticos. Se volvió irregular, incluso frente al tablero. Un gran maestro de la época, Savielly Tartakower, lo resumió en una corta frase: “su juego ganó en profundidad, pero su pensamiento se oscureció”. 
Esquivo, taciturno, esquizoide, empezó a tener comportamientos inusuales. En varios torneos, tras jugar su movida, se retiraba de inmediato a un rincón del recinto. Cuando le preguntaban por qué hacía eso, su respuesta era simple, si bien extraordinaria: “para no molestar a mi rival”. En una ocasión, almorzaba y estudiaba una posición de ajedrez al mismo tiempo. Al terminar, dio una vuelta, todavía con los ojos absortos en el tablero. Tras unos minutos, llegó a la entrada del mismo comedor y, sin vacilar, entró y volvió a comer. 
Poco a poco la enfermedad se fue apoderando de sus facultades y en 1932, dos años después de haber firmado uno de sus mejores torneos en las olimpiadas de ajedrez de Hamburgo, se retiró del juego. Pero si hay justicia poética en el mundo, es esta: la enfermedad que lo trastornó durante casi toda su vida lo salvó de las garras del nazismo. El gran maestro Miguel Najdorf, también judío y polaco, le contó la historia a Eduardo Escala, de la Revista Internacional de Ajedrez, en junio de 1988: 
Conservo numerosas anécdotas de este excepcional maestro. Puedo decir, también, con orgullo, que soy el único maestro que jugó con él tres veces, un poco antes de su fallecimiento. Tenía dos hijas, una era artista, pintora, sabía que yo era amigo de su padre y aunque este estaba muy enfermo y no recibía a nadie, a mi me abrió las puertas de su casa. 

Es muy interesante cómo salvó la vida ante la Gestapo. Estaba medio loco, y un psiquiatra, admirador y amigo suyo, trataba de recuperarlo en su clínica. Cuando los nazis entraron en Polonia fueron a registrar el sanatorio. Entra el oficial de la Gestapo y pregunta: “¿Hay judíos en vuestra clínica?”. “Si”, responde el doctor, “está el famoso gran maestro de ajedrez Akiba Rubinstein, pero está loco”. “Quiero entrevistarme con él. Comprobaré lo que usted me dice”. Entra el oficial de la Gestapo en la habitación donde está postrado el maestro y le pregunta: “¿Es usted el maestro de ajedrez Akiba Rubinstein, judío?”. “Sí, señor”. “Levántese ahora mismo, ¡Venga conmigo!”. “¿Para qué?”. “¡Para trabajar!”. “Ah, a trabajar…¿A dónde?”. “¡Al campo de concentración!”. “¡Magnífico, eso me encanta!” Y se puso la chaqueta como quien va a ir a la opera. “¡Quédese, quédese aquí, verdaderamente está loco!” Y de esa forma se salvó del campo de la muerte”.

El resto de su vida fue un ir y venir de sanatorios, enfermeras y drogas psiquiátricas. Por lo menos lo dejaban disfrutar del ajedrez, su gran amor, e incluso lo llevaban todos los días en ambulancia a un café para que desafiara a los comensales. Hacia el final, se irritaba tanto si su contrincante lo miraba que le terminaron poniendo un espejo del otro lado del tablero para que disputara sus partidas en paz. Y así, jugando contra el reflejo de un hombre desgarbado y barbudo y estudiando posiciones hasta las más altas horas de la noche, murió el 15 de marzo de 1961, a los 78 años.

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