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Adaptación de una introducción a la ficción

La precisión precisa de la impresición.

2013/08/29

Por Camilo Velásquez


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De un tiempo para acá, me he sentido forzado a convencer al hipotético lector—seguramente uno de esos listillos que cargan sus tarjetas de crédito con la adquisición de libros aún por salir— que es necesario leer obras difíciles y/ o traducidas. Con un esfuerzo apreciable, he tratado de construir un argumento en torno de los supuestos beneficios de este tipo de lecturas. Por un tiempo, el hecho de sentirme en esa situación me fastidiaba intensamente—hasta el punto de querer espetarle al lector: no lo lea si no quiere.


Lo que me estaba molestando, vine a entender, era que esperaba que las cifras confirmaran mis argumentos. Hice lo que pude para convertir a los lectores a mi punto de vista, y así podrían comprar la cuarta antología de “La mejor ficción europea” en masse, lo cual habría confirmado la utilidad y el valor social del proyecto completo. Yo estaba, ni más ni menos, haciendo marketing, insinuándoles a las pequeñas audiencias alrededor del mundo, que ellas eran el ejército de avanzada, los últimos lectores capaces de reunirse más allá del horizonte, y que por nada ni nadie, podían dejar de leer esta antología de literatura traducida.


Y de pronto, resultó que dejé de prestarle atención a las cifras, aunque fueran altas, como ha pasado con estas antologías, que después de cuatro años, introdujo a más de cien escritores europeos a lectores que no leían otro idioma que el inglés, y generó un vasto número de traducciones de más de cuarenta idiomas. La presencia de estos escritores y sus obras se ha vuelto indeleble. La conexión ha sido establecida y la comunicación se mantiene en flujo continuo.


 

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Estos últimos años, cada reseña  en torno a estas antologías vuelve a la misma pregunta: ¿Qué es ficción europea? Tengo el placer de responder que no tengo la más mínima idea. Esta es la cuarta antología de “la mejor ficción europea” que he editado y no estoy ni cerca de hacerme una imagen clara; olvidémonos de una definición, de cuáles son las características particulares de escribir, y de si hay algún rasgo vagamente geográfico que defina lo europeo. Es cierto, hay dominios intelectuales y acercamientos formales con los que muchos escritores europeos se sienten a gusto, más si se hacen con la intención de compararlos con sus colegas americanos: fragmentariedad; diálogos con otros escritores a través de las culturas  y la historia; desinterés por el entretenimiento que emplea banalidades típicas de la televisión enmascaradas como comentarios sociales,  confianza en la inteligencia del lector; aspirar a los rangos últimos del humor y la seriedad; una firme convicción en la capacidad transformativa de la literatura. Pero por supuesto, para cada ejemplo de arriba puedo hallar— en las antologías que he editado— un contraejemplo.


 Quizás una constante, un rasgo fijo de la literatura europea, sea justamente su carácter resbaladizo—no se deja etiquetar ni reducir a una fórmula de mercadeo, menos todavía, se deja presentar como un absoluto opuesto de la literatura americana. Las razones son obvias: Europa no es otra cosa que un intricado barullo de lenguas, fronteras movedizas y variedades de experiencias humanas. No es solo complicada— culturalmente, geográficamente…—sino que está constantemente en el proceso de serlo aún más.


Estos últimos años, Europa se ha visto al límite del colapso, debido a maniobras financieras deshonestas enraizadas en la creencia (tan preciada para los gringos) de que el capitalismo y el libre mercado iban a traernos el dinero y la felicidad sin límites. La unión europea, que, como tantos imperios (o connatos de imperios) aparentaban hace no mucho, una intachable solidez, quizá no viva para ver el hundimiento de sus países en la deuda. Lo que hasta hace poco parecía de una realidad incuestionable, podría tornarse fácilmente en una tonta fantasía. La regla de lo aparentemente razonable ha tocado su fin, y ahí está, abriéndose y dispersándose en la absurdidad. La realidad de Europa está siendo renegociada. Y si hay alguna necesidad de reconsiderar—de abandonar— los límites intelectuales y formales del realismo, Europa provee más que una justa razón. Quizás no sea casual que los dominios de la crisis europea coincidan con la crisis del medio impreso— el libro y el proyecto humano conocido como literatura, están sufriendo una transformación de resultados inciertos. Uno debería leer la ficción europea no con el ánimo de entenderla, sino más bien para sentir su historia acelerada y para ver cómo la literatura se reinventa a sí misma sin dejar de ser lo que es. La comprensión podrá esperar.

 

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Ninguna experiencia humana es traducible o comprensible por fuera de sí misma. La vida luce diferente desde cada posición—toda persona está enclaustrada en su propia visión de las cosas. Pero es precisamente superando esa circunstancia existencial que la humanidad puede exprimir su potencial; de hecho, es trascendiendo su realidad biológica y ontológica que el ser humano puede llegar a convertirse en algo imaginativa y conceptualmente viable (recordemos a John Allen sublimando al homo sapiens al reino del Symbolia).


 Lo que permite el ascenso de individuo a ser humano no es otra cosa que su capacidad de interacción con el lenguaje—no somos viables como una especie que se reconoce a sí misma sin confiar en la experiencia que proveen las palabras— como el depositario del viaje humano.


Pero el lenguaje está lejos de ser un mero instrumento en el que un conjunto de códigos transmiten información existencial. Si la lengua fuera tan solo un código, esto implicaría que el mundo existe antes de que las palabras fueran habladas y escritas, nos limitaría a hablar y a escribir solo lo que ya “sabemos”. 


De hecho, el lenguaje—y la literatura como su campo de actualización— nos sirve para negociar los misterios, para entrar no solo a lo desconocido sino a lo que no es posible conocer, y encontrar los modos de decir lo que no se ha dicho, o aún, de merodear lo inefable. De ahí que la imprecisión sea tan esencial para la literatura como la precisión. Es en la búsqueda continua de la palabra perfecta donde encontramos significado; es en el no poder encontrar la palabra indicada que nuevas posibilidades se abren ¿Qué grandes libros son fáciles de leer o de traducir? Es en ese intento de asir a Proust que nos enamoramos de su obra. Buscar el significado de lo que está escrito es de lo que se trata la literatura.



La traducción, es así, esencial al idioma y a la literatura, así como la imposibilidad de traducir con exactitud. “Poesía es lo que se gana traduciendo”, dijo Brodsky, contradiciendo lo dicho por Frost: “Poesía es lo que se pierde en cada traducción”. Las lenguas y las literaturas se superponen, se infiltran, se contaminan unas a otras, bloqueando—afortunadamente— la tan buscada posibilidad de pureza. La literatura no es una cosa muy distinta a ese tratar insistente de decir lo que no es fácil de decir, de moldear lo que se resiste a tomar forma, de traducir lo que no se deja. Aquellos que persisten en la superficie de la imposibilidad que entraña cada traducción, traicionan la superioridad de su lenguaje; según ellos, nadie puede decirlo mejor que quien ya lo dijo; pero nuestro lenguaje es perfecto para nosotros porque es así; el mundo es completo, en cada una de sus jerarquías.



Leer y preguntar por aquello que yace fuera de nuestra experiencia significa adoptar una actitud vitalista frente a la perspectiva que cada uno tiene del mundo, poniéndonos a nosotros mismos en la posibilidad de mirar las cosas de un modo trastocado, incluso confuso, desorientador. Pero, como dijo Graham Green: “No estamos seguros, estamos vivos”.  Por supuesto, hay muchísimos libros, escritores, lectores que siempre andan detrás de una confirmación de sus pareceres, aspiran a cimentar cada vez mejor una visión de las cosas, algo sólido, inalterable, y, por consiguiente, fácil de sobrellevar. Si eso es lo que buscas, lo mejor es que te alejes de este libro. La antología  “la mejor ficción europea 2013” es difícil, y, está orgullosamente, mal traducida.


Con todos mis respetos, señor Hemon

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