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Benjamín y los bambucos del averno

2012/03/13

Por Andrés Gualdrón

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Imágen de Jim Pluk.

 

Experimentos al norte y al oriente

 

Esta historia empieza señalando cómo Benjamín (Bucaramanga) y Velandia y la tigra (Piedecuesta) son dos de las bandas más arriesgadas y desfachatadas de la historia reciente del rock Colombiano. Y comienza mostrando, también, cómo ambas provienen de un mismo lugar de la geografía nacional: Santander. La pregunta obvia, quizás demasiado simplista, surge de inmediato: ¿Acaso el factor geográfico común determina las búsquedas de ambos grupos? ¿Se encuentra entre el espacio y la cultura que han compartido mutuamente el detonante de la expresión cruda y experimental que los caracteriza?

 

Dejaremos la pregunta abierta por lo pronto. Antes de contestarla, intentaremos ahondar en el trabajo de Benjamín. Un trabajo del que no se ha escrito demasiado pero que ha quedado registrado con enorme vigor a través de dos placas discográficas: Benjamín (2010) y Oía-Sudáfrica (2011). Un trabajo que no sólo es desafiante en terminos musicales y líricos, sino que se encuentra plagado de una teatralidad marcada e inusual. Un trabajo tan particular que, no en vano, inauguró la edición de este año del sonado Festival Centro.

 

Palabras, azares, tambores

 

La banda está integrada actualmente por Pablo Jiménez (Voz, Xilófono), Santiago Jiménez (Voz, guitarra), Fabián Latorre (Batería) y Doménico di Marco (Bajo). Su sonido nace de un coctel de elementos heterogéneo: de una amalgama de ritmos, influencias y palabras que encuentran su camino a través de la creación colectiva. Las canciones de la banda están pobladas en algunos casos por ritmos irregulares y - particularmente en su segundo álbum -, por patrones que aluden al folclor del interior de Colombia. Sus letras están atravesadas por imágenes crípticas, por reflexiones herméticas, por pequeñas ideas que parecieran expresar los azares de un alucinado monólogo interior. El guitarrista de la banda, Santiago Jiménez, explica como en el grupo hay canciones en las que improvisan el texto completamente. “Siempre son chispas que nos llegan y que trabajan las palabras como tambores, como repiques”, afirma.

 

Esta inclusión en las composiciones de lo azaroso, de lo no predeterminado, atraviesa por completo el sonido del grupo. En sus trabajos, mediante improvisaciones que recuerdan al rock sicodélico de los 60 y 70, los integrantes del grupo incluyen elementos que denotan una apropiación del ruido y la estridencia como formas genuinas de expresión. Manifiestan, así, una visión de la música que tiene también algo de ritual. “Muchísimas tribus usaban sus danzas y canciones para caer en estados de trance, una y otra vez, repitiendo lo mismo hasta la hipnosis. Esa misma curiosidad nos lleva a nosotros a hacer canciones tan largas y tan densas”, afirma Jiménez.

 

De túneles y suicidios

 

La “curiosidad” a la que se refiere el guitarrista es la curiosidad de ir siempre hacia adelante, de indagar más y más en las posibilidades musicales y escénicas para encontrar qué hay más allá. Pues bien, retomando la misma palabra desde otro ángulo, la banda tiene también el poder de generar una curiosidad enorme entre quienes los observan, cuál si se tratara de un elefante blanco en medio de la ciudad. La experiencia de verlos en vivo está por fuera de lo común: en escena se pintan a sí mismos; entre alaridos y distorsiones hacen muros ensordecedores de ruido con sus instrumentos; llegan a extremos performáticos radicales como terminar su show escenificando el suicidio de su cantante; tantean, constantemente, los propios límites a los que pueden conducirse a sí mismos mediante la música.

 

Casa, cinta, gato, muerte, saco”

 

¿Cómo responde la gente a esta búsqueda de los límites? Previsiblemente, las reacciones a la música de la banda son apasionadas, en terminos positivos y negativos. “Muchos dueños de establecimientos nos han dicho al final del concierto que jamás nos dejarán tocar de nuevo allí, mientras otros han dicho que somos lo mejor. Una vez limpiamos el público entero del auditorio Luis A. Calvo”. Así, con el auditorio vació, grabaron el video la canción Comando Chaménico:

 

 

 

 

 

Afortunadamente, la reacción de otro sector del público ha sido enormemente positiva. Y es que a la base de todas sus búsquedas hay siempre una suerte de liberación poética que el público sabe agradecer. “Creo que el ruido y la locura de estos bosques y estos mares - y esta tierra quita-pesares - son nuestra máxima influencia”, dice Jiménez. Se trata de una gran noticia: Benjamín confirma cómo el frenesí de nuestros tiempos y nuestras geografías es también el camino hacia formas honestas y salvajes de expresión.

 

 


 

Algo de música

 

Socorro (Benjamín, 2010)

 

 

 

Samba del averno (OÍA-Sudáfrica, 2011)

 

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