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Bill Callahan

Bill Callahan inicia su carrerea artística hace más de veinte años bajo el pseudónimo de Smog.. Con los años eovluociona en distintintas direcciones que al final lo conducen a una conjunto de coinicidencias sustanciales entre el adulto y el adolescente que hacía ruido.

2013/10/12

Por Camilo Velásquez

El Bill Callahan de los últimos años pareciera haber avanzado cada vez más en la dirección estética opuesta en la que se dio a conocer. Ahora, después de más de veinte años, la paradoja de su trayectoria artística se va resolviendo de un modo tan consistente, tan recíproco, que diera la impresión de haber tenido todo planeado desde el comienzo.

En 1990, debuta bajo el seudónimo de Smog  y graba el álbum Sewn to Sky (Tejido al cielo).  El título pudo parecer poco significativo o gratuito en su momento-luego se verá la fuerza emblemática que estas palabras siguen representando para su carrera. Sewn to Sky no es un álbum propiamente agradable de oír: las melodías-cuando las hay- están sepultadas bajo resquebrajamientos, abrasiones y ruidos confeccionados en su estudio casero de Maryland. No hay estructuras habituales ni estribillos para memorizar. El álbum pone en marcha sus veinte canciones y acaso deja un par de impresiones significativas.

 Una de estas impresiones, inmediata y simple,  tiene que ver con el hecho de que Smog acaba por darle al oyente la impresión de ser un artista lo suficientemente autocomplaciente como para grabar y publicar trozos de ruido como canciones. La otra, acaso más llamativa, tienen que ver con la insinuación de una propuesta estética:

Sabemos que el Smog es esa nube de contaminación que planea sobre las ciudades. Podemos sentir ese humo como un ruido residual de la vida moderna, un ruido que irá creciendo y que es como el lado oscuro y el precio obligatorio de ser civilizados. Gracias a esto, los desgarros intimista de Sewn to sky podría verse  (a la luz de las letras del artista, claro está) como la nube de polución que cada cual porta de acuerdo a su quehacer.

Después de su primer álbum, Smog empieza a grabar con el sello, también incipiente, Drag city, un acuerdo que al principio facilitó que este nuevo artista se diera a conocer pero que con los años ha funcionado como un medio de promoción mutuo.

 Vienen entonces producciones como  Forgotten foundaition (1992), Julius Caesar (1993), Burning Kingdom (1994) y Wild Love (1995). Álbumes en los que el afán del ruido deja de ser tan importante y el protagonismo se le da a los ritmos y riffs sencillos repetitivos, ambientados con sonidos que parecen salidos de un foley room. En estos álbumes empieza a oírse la voz de Smog con más frecuencia, la voz de Smog cantando en primera persona acerca de situaciones en las que nos ofrece una fragilidad que probablemente no compartiría si no se valiera de una ironía que empaña la mayoría de sus confesiones.

También hay que decir que en esta fase de comienzos y mediados de los noventas, se apiña una especie de desordenes acústicos que no parece encontrar mucho sentido dentro de la propuesta. Es como si Smog, durante esos años, se apoltrona voluntariamente en una región rara que le permite seguir siendo inclasificable.

Paralelamenta, las letras vuelven reiterativamente al tema del aislamiento, de la soledad; y con ellas, las fantasías de la infancia que buscan compensar ese abandono: el anhelo de una nave que nos lleve por los cielos o las profundidades del mar.

Al salir "The Doctor Came at Dawn", la etiqueta lo-fi se vuelve insostenible, pues este disco y los dos que vienen, son producidos por Jim O’rourke. El final de los noventas es una etapa en la que las letras de Smog se vuelven más irónicas, su música más consistente y su voz de barítono llega a la madurez. Muy probablemente el punto más álgido de este Smog del que venimos hablando, se alcanza con “Dongs of Sevotion”, album producido por John Mcentire, otro pilar de la vanguardia de Chicago. Después de oír Dongs of sevotion uno como oyente tiene que preguntarse qué puede seguir después. En este álbum, de producción envolvente y acaso demasiado high-fi,  Smog habla de sexo, violaciones, drogas y de cómo su canto es para quienes roban los bancos, para los que viven en y de la zona sucia. Este es su disco de protesta, y aun así no hay protestas; es su disco de amor, y vemos violencia y títulos como “Dress sexy at my funeral”.

Pasan dos años y Smog aun no se decide a dar el cambio que su trayecto ya le exige. Lanza Supper (2002), una colección de canciones que no presagian la transformación que vendrá con el siguiente álbum: A River Ain’t Too Much To Love. A partir de aquí dan se dan los cambios más sustanciales.

Recordemos que al hablar de Smog hablábamos de un músico que experimentaba con ruido y que exploraba hasta la nausea la fragilidad irónica de su soledad y sus relaciones truncas. Pues a partir de este álbum el foco cambia, Smog ya no quiere cantar en primera persona sino que opta por pintar paisajes, opta por las imágenes de la naturaleza con toda la resonancia que puedan tener en nuestras realidades urbanas. El aislamiento de más de diez años al fin se convierte en una fuga al espacio abierto, en una especie de peregrinación bucólica después de no haber encontrado. A partir de este álbum Smog  empieza a firmar sus producciones con su propio nombre: Bill Callahan.

Los discos que se siguen: Woke on a Whale Heart, Sometimes I Wish we were an Eagle, Rough travel for a rare thing, Apocalipse y Dream River.  Son como el crescendo de una nueva propuesta. Bill Callahan se ha convertido en un naturalista, en un pintor de arcadias, es el músico que abandona la civilización porque ahí no estaba lo que buscaba.

Los álbumes firmados por Bill Callahan tienen la característica de emplear más instrumentos acústicos y más elementos del folclor norteamericano que los que utilizaba su anterior alter-ego; Sin embargo, sigue inscribiéndose  en una una especie de folk culto, una música que toma elementos del pueblo con fines eclécticos.

Con Dream River (2013) ocurre distinto. Este reciente álbum parece otro punto de giro en la carrera de Callahan. Si el que lo está oyendo por primera vez espera encontrarse con la exquisitez del Apocalypse, los movimientos en cámara lenta del Sometimes I wish We Were an Eagle o las agraciadas danzas del Woke on Whale Heart, verá desinflarse su expectativas a medida que avanzan las canciones. Dream River genera algo ambiguo en el oyente, sabemos que no es mediocridad, pero ya no sentimos la singularidad de antes. Es como si Bill Callahan se hubiera hecho más común, más convencional. Y entonces, luego de varias oídas, las piezas empiezas a coincidir unas con otras.

El pastor no puede regresar al campo con atuendos vistosos, debe ir tras su rebaño como otro pastor más, suficiente tiene con su voz, es la única forma de irse tejiendo de nuevo al paisaje.

 

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