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Cuento de verano

Lunes por la mañana. Para quien va en el metro con un ramo de flores, no es un lunes más. Y se convertirá en el centro del juego universal de todo transporte público: imaginarse la vida de quien va enfrente.

2014/08/10

Por Fernando Travesí

Estación de Metro de La Bastille, París. Aún no es hora punta pero empieza a serlo. Lunes de verano, el primero en el que el calor empieza a asfixiar.

                                          
Un grupo grande de gente, de esos que se mueven en masa en las estaciones importantes en las que se cruzan muchos caminos cada día, entra en el vagón. Con él, un joven comiendo una manzana verde y ácida que cruje a cada mordisco. Viste una camisa blanca, canturrea canciones suavemente y sostiene en las manos un ramo de flores azules. Es guapo. Tiene el pelo mojado de manera extraña, como si se mezclaran las gotas de sudor con las de una ducha reciente y se abstiene de participar en la lucha diaria con los demás por los escasos sitios que quedan libres. Se queda de pie en una esquina sin agarrarse a las barras, surfeando en equilibrio con los vaivenes del tren y observando cómo reaccionan los demás al encontrarse con alguien que lleva un gran ramo de flores. Comprobado: si las flores llaman siempre la atención mucho más cuando aparecen donde nadie espera encontrarlas. Se fijan en el ramo y después, automáticamente, en su portador. Muchos esbozan una sonrisa, otros un gesto amable, algunos una mirada de complicidad. Sonriendo al entender que para aquel que lleve un ramo de flores azules en el metro, ese lunes, no es un lunes más. El joven sabe que durante un rato será el protagonista del juego universal de cualquier transporte público: imaginarse la vida de quien está enfrente. Donde viene a dónde va. Quizá un cumpleaños, un aniversario, un recibimiento, quizá un enamorado, un nacimiento, una sorpresa… 

El tren avanza atravesando la oscuridad del túnel con todo un mundo reflejado en sus cristales: un grupo de tres hindúes a quienes les resbalan las gotas de sudor bajo los turbantes; dos negros escuchan música en sus auriculares a un volumen que perturba a la mayoría blanca que les rodea en silencio mientras una madre mantiene a raya a tres niños pequeños y un grupo de turistas orientales viaja mapa en mano con cara de desconcierto. Unos yendo, otros viniendo. Una fauna variopinta entre la que destaca un joven vestido con una camisa blanca y que canturrea canciones mientras viaja a algún sitio que merece un ramo de flores de un azul tan intenso que parece falso. No le gusta llamar la atención pero hoy la llama. 

De repente, se le hiela la canción. Como se hiela un instante el vaho que sale de la boca cuando se respira en el frío extremo. A su izquierda, a menos de medio metro y en los asientos reservados para ancianos y embarazadas que nadie respeta, los cincuenta años de un hombre hacen lo que pueden para consolar a su mujer que aguanta a duras penas las lágrimas mientras le tiembla el labio. Él la rodea con el brazo y apoya la otra mano en su regazo. Como si quisiera así crear una muralla, cerrar un círculo que la protegiera del exterior. Cerco inútil, intento vano: el dolor ya está dentro. Ella pierde la mirada en la esquina del vagón ocupada por un grupo de gente a la que seguro no ve y en dos ocasiones, tras una respiración profunda rompe en un sollozo terrible y absolutamente silencioso. A muy poca gente le gusta llorar entre desconocidos. No quiere llamar la atención pero la llama. En la esquina del vagón nadie puede evitar sentir un escalofrío y una punzada de tristeza. 

Es injusto –piensa una camarera que viene de terminar su turno –que alguien tenga que coger el metro teniendo una razón para llorar así. 

El joven del ramo se siente ahora absurdo con sus flores y no sabe bien qué hacer con ellas: esconderlas, cambiarse de vagón en la estación de Bréguet-Sabin o dárselas a la mujer que llora para intentar poner un poco de dulzura en un día triste. Sin embargo, no hace nada. Se da cuenta que ella viste de negro. Él hombre también. Color poco apropiado para una mañana de verano. Y las flores también se ponen en las tumbas.                                                                                  
El tren empieza a frenar provocando un agudo chirrido de las ruedas y ella replica con otro sollozo silencioso mientras brotan más lágrimas y le tiembla la mandíbula. El marido ajusta su abrazo mientras le pone un nuevo kleenex en la mano, recogiendo a la vez los que ella va arrugando y van perdiendo su función. En un momento dado, le dice algo suavemente en francés. Una frase corta. Algo así como un consuelo, como un “no llores más” y ella responde con gesto de protesta y dolor profundo. 

Error, amigo, error –piensa el joven de las flores azules. Porque nada se puede decir a quien está roto por dentro. Abrazar es suficiente y es todo lo que hay que hacer. Ya vendrán las palabras cuando pase la fiebre. 

Otra estación. Una estudiante entra en el vagón y se enamora del hombre de la camisa blanca que lleva un ramo de flores azules. Sonríe y nada entre la gente buscando la corriente a favor que le lleve junto a él, lo más cerca posible. Observa el ramo, los pétalos y después recorre al hombre de arriba abajo mientras se le ilumina la mirada y comienza su propio juego de suposiciones. Pero a veces, todo cambia con sólo girar treinta grados y su sonrisa de enamorada precoz se torna en una mueca de tristeza cuando contempla la escena completa: Una mujer de negro que llora. Un hombre abrazándola. Y, a su lado, un joven los contempla conmovido sosteniendo un ramo de flores azules en las manos. Porque las flores también se ponen en las tumbas. 

Siguiente estación. El espacio se llena por completo con gente que entra por las demás puertas del vagón. En esta esquina del mundo, sin embargo, la puerta solo recibe a dos jóvenes desaliñados que viajan en un globo inmenso de droga y alcohol y desde el que flotan sin control invadiendo con sus palabras, sus miradas, sus olores y sus gestos. Tanto, que el mundo establecido se ha retirado para dejarles en exclusiva una puerta del vagón y un círculo de separación impensable cuando casi es hora punta. Uno lleva auriculares puestos, canta desafinando y ríe aleatoriamente mientras intenta hablar a gritos con su compañero entre estrofa y estrofa. El otro, con sonrisa permanente, descubre las flores azules y el comentario que empieza a hacer lo trunca en el último momento la sacudida del tren al arrancar, que lo desequilibra y arroja contra la puerta. Con la complicidad que dan las drogas y con la facultad que dan también para cerrar los ojos y reírse del cosmos ambos estallan en una carcajada, ajenos al mundo que les rodea e inmunes al rechazo que provocan.  

Se acera la siguiente estación, République.  El matrimonio de negro se levanta y un pasillo silencioso se abre para despejar su camino hasta la puerta. Más limpiamente de cómo debieron abrirse las aguas cuando lo pidió Moisés. La pareja espera junto a la puerta  y la mujer, como si el ver su propia imagen reflejada le entristeciera aún más se apoya en el hombro de su marido para ocultar otra de las grietas de su alma. Él la arropa con ternura. Y le da otro Kleenex.

Los dos colgados descubren la imagen frente a sus ojos. Y con esa facultad que dan las drogas para potenciar los estados de ánimo, su risa se pierde como si nunca hubiera existido y sus expresiones se llenan de tristeza. El de los auriculares les sigue con la mirada, haciendo un gesto y murmurando algo en francés que bien pudiera ser “que puta es la vida” mientras desde su esquina también inician el camino hacia la puerta de salida. Vuelven a separarse las aguas, limpiamente, para abrirles paso. Pero no tiene por qué haber siempre el mismo motivo para un milagro.  

Suspira el tren. Una masa espera en el andén para entrar en el vagón. Es inmensa, como esas de las estaciones en las que se cruzan todos los días muchos caminos. Quizá sea ya hora punta. Las puertas se abren. Antes de entrar dejen salir. Y justo en ese instante en el que movimiento colectivo se organiza como por arte de magia, el drogado de los auriculares da dos palmaditas de cariño y ánimo en la espalda del señor de negro. 

Ellos salen                                                                    
Muchos más entran. 

La esquina superpoblada del mundo está repleta de gente que va y viene con la cara sofocada, abanicándose con lo que pueden y evitando en la medida de lo posible que los cuerpos se expriman y choquen unos contra otros en este lunes de verano, el primero con calor asfixiante.

La joven estudiante se sorprende al seguir de frente al hombre de camisa blanca quien trata de proteger la integridad de su ramo de flores azules. Le mira confundida, como si tuviera que avisarle que se le ha pasado la estación. Se cruzan la mirada y ella sonríe comprendiendo que su camisa blanca y sus flores no pertenecen a ese día triste de verano, sino a otro lunes en el que quizá haya una celebración, una sorpresa, un amor, un recibimiento, un cumpleaños…Con la complicidad con la que se comparten los secretos en voz baja ella susurra:

- C'est triste, ne c'est pas?  
- Oui, très triste –dice él 

Y ella mirándole desde el otro lado del ramo de flores y mientras su cerebro busca nervioso la manera de continuar la conversación, sonríe dulcemente como si empezara a pensar que su historia de amor es aún una posibilidad, antes de llegar a la próxima estación.

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