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Donde la razón termina

Donde la razón termina hay un lugar en el que se puede asumir que la vida no tiene argumento y donde se descubre que cuando se piensa que las cosas no tienen sentido, en realidad hay que revisar el sentido que se da a las cosas.

2014/11/09

Por Fernando Travesí

Donde la razón termina hay un lugar en el que se camina sin un rumbo claro. En el que se puede cambiar la trayectoria a cada momento a golpe de timón de las emociones, y donde se escucha con atención y se da crédito a los cantos de sirena. 

Ese lugar en el que habitan las creencias que afirmamos y defendemos y que a menudo, no sabemos ni podemos argumentar con la razón. Donde están los miedos íntimos que nadie conoce y, en realidad, a nadie importan. Donde se atesoran los recuerdos más reales de todo lo vivido en soledad y donde reside la decisión y la fuerza para nadar contracorriente. El territorio íntimo desde el que nos enamoramos como no podemos explicar y, a veces, de quien no debemos; y desde el que se puede odiar más allá de lo moralmente permitido.
 
Donde construimos un andamio invisible hilvanando pensamientos, intuiciones y emociones que van y vienen sin orden ni concierto (sin importar si las trajo el azar o el destino) y que nos sostiene, a veces firmemente u otras muchas con temblores en el día a día.

Esa zona en la que puede soplar un viento frío o en las que llega a reinar el calor más envolvente que se pueda imaginar y donde el clima cambia más rápido y con más brusquedad que en la realidad. Donde de los errores no siempre se aprende y donde tropezar varias veces con la misma piedra, puede llegar a ser costumbre y tradición. Donde habita, desnudo de educación y obligaciones, lo que realmente nos hace felices y donde también germinan las semillas de nuestra perdición. 

Un parque vacío donde se suelta al pensamiento a dar un paseo sin correa ni bozal y donde cada día puede encontrarse un banco nuevo en el que sentarse y conectar con todo lo que hay, con el pasado y con lo que queda por venir. Donde hay rincones en los que reflexionar sin el recurso automático de la comparación, liberado del lastre de la mirada del otro y donde no existen los espejos. Donde se puede asumir con tranquilidad que la vida no tiene argumento y se descubre que cuando se piensa que las cosas no tienen sentido, en realidad hay que revisar el sentido que se da a las cosas. 

Más allá, donde la razón acaba, hay un mundo íntimo e infinito con caminos que llevan a poder entender un poco mejor (o simplemente un poco) el mundo y la existencia. 

«Dentro de cada uno de nosotros hay algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos» dijo José Saramago. Y para adentrarse y explorarlo, no hay mejor brújula que las páginas infinitas y sin pausa de cualquiera de sus libros.
 
«Y aquel día, no murió nadie» 


     

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