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El arte visto como un trabajo

El pasado mes de abril en las salas de exposición de la Cámara de Comercio de Bogotá, sede Chapinero, se presentó la muestra Nueva biografía productiva, curada por Guillermo Vanegas. Ésta mostraba los esfuerzos de diferentes agentes de las artes por insertarse en un circuito productivo y comercial. Al respecto, tengo cosas que decir.

2014/05/16

Por Daniel Salamanca


Fotografía de Ana María Ruiz 


Hay familias que logran “vivir”, mes a mes, con tan solo 300 dólares. Mientras tanto existen otros individuos, con más, o menos fortuna, dependiendo de cómo se piense, que “requieren", para ser felices, ingresos al año que superan los 4000 millones de dólares. Por esta sencilla comparación es que tengo fuertes sentimientos encontrados ante la reiterativa pregunta: ¿Se puede vivir del arte? Y la respuesta es más simple, corta y sonora de lo que se piensa: sí. Lo que pasa es que cada cual decide cómo quiere que transcurra su vida y qué tan distante o cercana es de la de un técnico, un empleado, un obrero, un ingeniero, un economista, un abogado o un empresario multimillonario. Y no lo digo únicamente en términos financieros sino también emocionales e intelectuales. Al final son decisiones que, para quienes tenemos la fortuna de elegir, responden a la personalidad y disposición de cada cual. 


Por otra parte hay otro malentendido del que quiero escribir antes de explicar porqué les hablo de esto, y es pensar que el oficio artístico se resume a pintar en un taller, exponer en una galería, vender todos los cuadros a precios elevados y volver a arrancar el ciclo. Una visión de esta profesión que es tan ingenua como pensar que cuando se estudia arte se va a aprender, única y exclusivamente, técnicas de creación de imágenes. Por eso, aún si para algunos es más que obvio, vale la pena enumerar las actividades reales que se desempeñan en esta carrera. Les hablo de escribir, estudiar, debatir, investigar, reflexionar, comparar, escuchar, experimentar, y sí, dibujar y ejecutar obras hasta entender toda la lógica de la gramática visual. Y en ese sentido las actividades de la vida real son bastante similares, además de que, como cualquier otra profesión, hay innumerables campos de acción. Es decir, una carrera artística es también un inicio de formación para posibles curadores, profesores, investigadores, marqueteros, montajistas, productores, directores de arte, periodistas culturales, museógrafos, gestores, burócratas, etcétera, etcétera... Y así sucesivamente hasta ir llenando de manera profesional todos esos vacíos que existen en un circuito naciente como el nuestro. 


Y bien, hablo de esto después de haber visitado, el mes pasado, la exposición Nueva biografía productiva, curada por Guillermo Vanegas en la sala de exposiciones de la Cámara de Comercio de Chapinero y la cual reunió a una serie de artistas que, naturalmente y siguiendo la lógica de lo que acabo de decir, emprendieron, además de la práctica artística más convencional, una serie de labores y oficios que se acoplan a un sistema de trabajo tradicional. Entre ellos estaban el colectivo que conforma La Agencia, los estudios de diseño y animación El Monocromo y Timbo estudio respectivamente, un híbrido entre escritor, artista, curador y gestor como Alejandro Martín, la fotógrafa Ana María Ruiz, el artista Elkin Calderón y Susana Eslava en representación de la Escuela Taller de Bogotá, entre otros. Una muestra que podría entrar dentro de la categoría de crítica institucional y la cual centra la discusión precisamente en esa pregunta que citaba anterioremente: ¿De qué viven los artistas? Un planteamiento o debate necesario y útil pero que, a mi modo de ver, debería cerrarse pronto. Lo pienso en la medida que encuentro natural, honesto y gratificante, el hecho de que los artistas, intuitiva y creativamente, se involucren en el mundo laboral realizando tareas derivadas de todos los saberes aprendidos sin que ello sea visto como algo perverso o ajeno a su profesión. Tampoco creo que para vivir del arte sea necesario tener el sueldo de un CEO de una multinacional o responder ciegamente a las lógicas del mercado. Al contario, vivir del arte tiene más que ver con poner en práctica una serie de destrezas en el ámbito de las humanidades, por cierto, muy útiles en países tan violentos como el nuestro. 


Quiero sin embargo dejar constancia, a manera de cierre, que, aunque a muchos nos gusta trabajar, es evidente que sería mejor no hacerlo. Y es ese el gran dilema moral que aqueja al artista. La posibilidad de sólo dibujar por dibujar, escribir por escribir, viajar por viajar, investigar por investigar, o mejor aún, dedicar la vida a los amigos, a la lectura, al cine y a una serie de actividades que por ningún motivo impliquen remuneración alguna. 


No siendo más los dejo con un breve video que hicieron de la exposición y una mirada a la última exposición de Oscar Murillo y Kara Walker, que mucho tiene que ver con pensar el trabajo, ese que linda con la explotación, desde un lugar seguro como el arte.




Proyecto de la Escuela Taller de Bogotá.

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