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Fischer contra Spassky: el asedio de Reikiavik I

La historia del duelo entre Bobby Fischer y Boris Spassky en el campeonato mundial de ajedrez de 1972 es tan buena que parece una película trillada de Hollywood. Al igual que Searching for Sugarman, el cuento resulta tan perfecto, tan improbable, que bien pudo haber salido del estudio de Universal Pictures. Pero se parece, incluso más, a una tragedia griega: Fischer era un héroe gris y, como en las buenas obras de teatro, provocaba compasión y temor al mismo tiempo, una mezcla que lo vería pasar de ídolo a verdugo en más de una ocasión.

2014/04/11

Por Christopher Tibble

La historia del duelo entre Bobby Fischer y Boris Spassky en el campeonato mundial de ajedrez de 1972 es tan buena que parece una película trillada de Hollywood. Al igual que Searching for Sugarman, el cuento resulta tan perfecto, tan improbable, que bien pudo haber salido del estudio de Universal Pictures. Pero se parece, incluso más, a una tragedia griega: Fischer era un héroe gris y, como en las buenas obras de teatro, provocaba compasión y temor al mismo tiempo, una mezcla que lo vería pasar de ídolo a verdugo en más de una ocasión.

El panorama

Un par de años antes del arranque del torneo, el diminuto país de Islandia ofreció ser la sede del campeonato mundial. A nadie le sonaba la idea, pero al ser el mejor postor, la FIDE (la Federación Internacional de Ajedrez) le dio luz verde.

Boris Spassky hacía parte de la máquina de ajedrez soviética. Era el quinto campeón que producía el régimen ruso de forma consecutiva. Para ellos, el ajedrez era una forma de mostrar su superioridad intelectual sobre Occidente. Cuajaba a la perfección con los ideales de la Unión Soviética: era una actividad gratuita, que demostraba capacidad de análisis y era accesible para todos. Spassky, quien más tarde desertaría y se iría a Francia, recibía en ese entonces todo el afecto de sus compatriotas. Su país, además, lo mimaba por sus resultados: tenía carros, una casa grande y choferes. Nunca había perdido una partida contra Fischer.

Al estadounidense, mientras tanto, nadie lo consentía. Vivía como un ermitaño, dedicado a estudiar el juego. A pesar de eso ya era considerado el mejor jugador de su época: entre 1962 y 1972 solo había perdido dos torneos, uno de ellos a Spassky. Tenía poco contacto con otra gente y a finales de los sesenta, sin previo aviso, desapareció del todo. Como Lucas Caballero Calderón ‘Klim’, cerró la puerta de su apartamento y empezó a comunicarse con el mundo a través de la televisión. Rápidamente se convirtió en un mito para el público. Pero en 1971, de la nada y para sorpresa de todos, reapareció con un ímpetu monstruoso. Decidió que quiería ir a Islandia y aniquiló de forma vulgar a sus rivales. Ganó 20 partidas seguidas, una hazaña inédita en el ajedrez. Tenía 29 años.

Afuera, transcurría la Guerra Fría. Poco antes del campeonato había salido a la luz el escándalo de Watergate. El público americano estaba en busca de un referente positivo. Y lo encontraron en Fischer, quien todavía no se había dejado dominar por la paranoia. La fiebre del ajedrez contagió a los 50 estados. Todo el mundo quería saber del “prodigio de Brooklyn”. En los noticieros lo mencionaban en primera plana y la gente iba a los parques a jugar ajedrez. Así, Fischer se convirtió sin quererlo en el símbolo de Estados Unidos contra la Unión Soviética. De esa forma, su duelo con Spassky, a punto de arrancar, dejó de ser una partida de ajedrez. Se transformó en un combate intelectual entre las dos potencias del mundo.

¿Ir o no ir?

Justo cuando iba a arrancar el torneo, Fischer decidió no ir. Desde California, donde vivía, empezó a hacer una serie de demandas extravagantes. Quería más plata. Quería cierto tablero. No estaba de acuerdo con nada. Un amigo finalmente lo convenció de por lo menos ir al aeropuerto. Allí, el inestable Fischer se percató de que un fotógrafo le acababa de tomar una foto. Enfurecido, salió a correr y se fue a la casa de su amigo, donde el padre de este agonizaba por un cáncer. Cuando le mencionaron eso, para motivarlo a irse a Islandia, Fischer se limitó a decir: “a mí eso no me molesta”.

La FIDE entonces pospuso la partida 48 horas. El ambiente se volvió tenso. Los estadounidenses no sabían qué hacer y los rusos se empezaban a impacientar. Un millonario inglés, amante del juego, decidió duplicar el premio para el ganador (250.000 dólares). Pero el estadounidense todavía no cedía. Finalmente Kissinger lo llamó y le dijo: “hazlo por tu país”. La llamada funcionó. Fischer se montó en el avión y, gracias a su fregadera, lo recibieron cientos de reporteros cuando aterrizó en Reikiavik. El mundo quería saber que le iba a pasar al errático genio.  

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