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¿El genio nace o se hace? Parte 1

Todos opinan al respecto. Prodigios, estudiantes, incluso raperos. Beethoven advierte que “el genio es dos por ciento talento y 98 por ciento aplicación”, mientras que la estrella de hip-hop Macklemore intuye sagazmente que “los grandes no son grandes porque al nacer pueden pintar, los grandes son grandes porque pintan mucho”. Pero el mejor marco para explorar el debate es la historia de las hermanas Polgar, criadas por un padre que estaba obstinado en formar genios.

2014/06/24

Por Christopher Tibble

Todos opinan al respecto. Prodigios, estudiantes, incluso raperos. Beethoven advierte que “el genio es dos por ciento talento y 98 por ciento aplicación”, mientras que la estrella de hip-hop Macklemore intuye sagazmente que “los grandes no son grandes porque al nacer pueden pintar, los grandes son grandes porque pintan mucho”. Pero el mejor marco para explorar el debate es la historia de las hermanas Polgar, criadas por un padre que estaba obstinado con formar genios.

De izquierda a derecha: Susan, Sofía y Judit Polgar.


Corre la primavera de 1985 y tres niñas húngaras aterrizan en Nueva York. Con apenas 15 años, Susan, la mayor, va a competir en un torneo con más de 1.000 jugadores, entre ellos los mejores de Estados Unidos. Sus hermanitas, Sofía, de 11 y la diminuta Judit, de 9, la acompañan. Por primera vez, la Federación Húngara de Ajedrez ha dejado que Susan dispute una campeonato por fuera de la Cortina de Hierro. Ella no entiende por qué: “La federación me odia. Quiere que solo juegue contra mujeres y nunca le ha gustado que compita con hombres”, le cuenta al New York Times, en donde fue escogida para su portada. 

Los hombres siempre han dominado el ajedrez. De los  1.444 gran maestros que hay, solo 31 son mujeres. La abismal diferencia llevó a que por años existiera una cultura machista en el juego. Kasparov incluso comentó que “por naturaleza las mujeres no son ajedrecistas excepcionales”. Pero las tres niñas soviéticas cambiaron esa percepción cuando llegaron a Nueva York. 

Arranca el torneo. Susan pulveriza a varios de sus oponentes, incluido a Eugenio Torre, gran maestro ajedrez. Sofía, competidora en la categoría amateur, arrasa con varios de sus mayores. Pero la que más sorprende es la pequeña Judit, quien además de humillar a cinco jugadores al ganarles simultáneamente, lo hace a ciegas. Desde entonces el mundo del ajedrez se rinde a los pies las hermanas Polgar.

Kasparov enfrenta a la hermana menor, Judit

En 1991, Susan, con 21 años, se convierte en la primera gran maestra de la historia y más adelante, entre 1996 y 1999, en la campeona mundial. Judit le sigue los pasos y eventualmente la supera. A los 15 años es declarada gran maestra, superando por dos meses a Bobby Fischer. Luego decide competir solo contra hombres y en 2002 derrota a Kasparov en una partida memorable. Sofía, la del medio, se concentró demasiado en refinar el aspecto artístico del juego. “Lo entendía todo con más facilidad –explica Susan–. Pero se volvió perezosa”. 

Las hermanas estudian con su padre, el psicólogo Laszlo Polgar


El éxito de las Polgar no fue una coincidencia. Todo había sido planeado desde antes de su nacimiento. La conquista de las hermanas fue el resultado de un método estricto que se formuló su padre, el psicólogo Laszlo, meses antes de que nacieran. Convencido de que el genio se hacía y no nacía, dedicó su vida a ese estudió y, después de leer la biografía de cientos de prodigios, encontró un común denominador: todos habían tenido una especialización intensiva en un tema específico desde pequeños. De hecho, ya había publicado ¡Criando Genios!, un libro que hablaba sobre esa teoría. Cuando conoció a su esposa Klara, la enamoró con los planes de llevar a cabo el experimento pedagógico. La posibilidad surgió cuando la pequeña Susan, a los cuatro años, se les acercó con un tablero de ajedrez y les preguntó, “¿qué es esto?”.

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