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El placer de destruir las cosas

Dos obras de arte, una de David Vélez y la otra de Luis Urculo, que nos recuerdan el fetiche que siente el ser humano por las imágenes de destrucción.

2013/08/20

Por Daniel Salamanca

El artista David Vélez bien lo dijo en su presentación el pasado 1 de agosto en la décima versión de Pecha Kucha, realizada acá en Bogotá. La destrucción, a pesar de ser aterradora, y muchas veces trágica, produce un placer extraño. Algo así como una risa nerviosa, una breve expectativa o un vacío en el estómago. En nuestra cabeza pensamos: no quiero ver. Pero en el fondo siempre queremos ver. Sean aviones que destrozan rascacielos, olas inmensas que arrasan con kilómetros de tierra, un edificio que se viene abajo luego de una detonación controlada, carros que chocan a toda velocidad en una autopista, un skater que se capa contra un tubo, o una niña que resbala por culpa de su pelota, son imágenes que emboban al ser humano. Porque sin importar que sean bloopers, tomas cinematográficas o la cruda realidad, irónicamente, generan cierta fascinación. De ahí que cualquier película de acción de Hollywood, junto con sus millonarias producciones, se den a la desmesurada tarea de destruir, como mínimo, una ciudad entera. Ya uno ni entiende muy bien que está pasando, ni cual es el argumento de la película pero, aún así, los vidrios siguen volando de forma teatral hacia el espectador (que además ahora lo presencia todo en 3D). Esa es la versión McDonalds de este fetiche. 


La otra versión es la que logra precisamente Vélez en su proyecto Deriva y Catástrofe. Una desconcertante instalación accionada manualmente por un par de personas y en la que se presencia la estresante tensión del desastre así como el gusto inherente que tiene el espectador por la tragedia.    




Similar es el trabajo del artista español Luis UrculoEnsayo sobre la ruina’ en el que unas fotogénicas composiciones de objetos (casi como pinturas o piezas de abstracción geométrica) son víctimas de ese segundo de tensión que precede a la calamidad.  



Dos buenas alternativas para quienes, como yo, extrañan la buena acción y creen que en las mínimas acciones y en los gestos minúsculos se esconde el gran poder de la comunicación. 


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