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El poder de los colores

¿De qué color serías si mezclaras todos con los que te identificas o representan?

2013/12/12

Por Fernando Travesí

En estos días es difícil no pensar sobre el significado de los colores. En su poder y en su dimensión más allá de sus características cromáticas. Más allá de las sensaciones que inspiran cuando nos rodean en forma de objetos, ropas o paredes; y más allá, incluso, de las emociones que provocan cuando se presentan combinados y trazados (magistralmente, a veces) en una pintura.


En estos días es difícil no pensar en cómo se puede llegar a construir alrededor de un color una categoría social, una identidad, un sentimiento colectivo, un símbolo, un emblema... En cómo un color se puede cargar de tanto significado hasta el punto de determinar y modificar relaciones humanas y modelos sociales. 

El mismo y simple color negro de esa chaqueta que cuelga en el armario. 
El mismo y simple color rojo de esa pared del comedor. 



Y son muchos los casos: Rojo, si ideológicamente se transita por los caminos situados a la izquierda. Verde, cuando como prioridad se defiende a la naturaleza para así defender a todos y para así defenderse a uno mismo. Hay, por ejemplo, un país europeo que considera el naranja su color nacional (curiosamente, ausente en su bandera) y la lista podría extenderse con  todos aquellos Estados que han conseguido que la combinación de colores de su enseña nacional (a veces apoyada en su propia historia y a veces, casi aleatoria) haya sido apropiada por sus habitantes como símbolo de identidad. Que se reconozcan como "los colores de la patria". 

El mismo efecto se repite con los colores deportivos. Aquellos que imprimen carácter, que identifican equipos y aficiones y que, en base al color de sus camisetas, permiten saber con quién unirse en las celebraciones, dividirse en las confrontaciones y distribuir y otorgar amores y odios. 

El color como símbolo de las más diversas causas (un lazo rojo, un emblema rosa, las manos blancas...) y también con todo el peso y significado que pueden darle algunas convenciones sociales como estandarte preciso de emociones y de momentos claves en nuestras vidas: el luto, el matrimonio, la pasión... 

En estos días en los que tanto se habla y se recuerda el esfuerzo de muchas mujeres y hombres, pero en especial de uno, para lograr la igualdad de derechos sin importar el color de la piel; en estos días que se rememora la lucha, el recorrido y las tareas pendientes para superar la segregación y la discriminación (conceptos que no significan lo mismo y que no se superan ni desaparecen necesariamente a la vez) cabría hacerse la pregunta de qué color es cada uno...

Preguntarse a uno mismo, de qué color soy. 

Qué combinación surgiría, cuál sería el resultado, al mezclar el color de mi piel con el que se otorga a mis ideologías; añadir después los de las banderas que siento que me representan o a las que sigo y aliento; y revolver entonces con los de las causas que defiendo y con los que identifican mis pasiones. 

¿De qué color serías? 




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