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El teatro, ese lugar.

Mucho ha cambiado el teatro desde que debió nacer allá, en los mismos orígenes del tiempo. Y mucho ha cambiado también el público.

2014/08/31

Por Fernando Travesí

El teatro es ese lugar donde las cosas pasan. Donde las emociones flotan no sólo en el patio de butacas sino que además van y vienen dialogando con las que se crean encima del escenario. Donde un silencio puede invadir todo el ambiente, una tos convertirse en una blasfemia y el apagón, o la caída del telón, en el final más estético que pueda darse. Como quien cierra los ojos lentamente para retener en la memoria lo que acaba de vivir.
 
Y después, ese micro-segundo en el que el público inspira profundamente antes de expresarse en un aplauso. Largo y cálido, a veces. De compromiso, seco y frío, otras. El mismo lapso durante el cual, detrás del telón, actores y actrices aguantarán la respiración aunque sabiendo y anticipando, desde algún rincón del corazón, cómo será el aplauso. Porque el músico siempre sabe si tocó desafinado, en qué momento se desconcentró y si al terminar, en el escenario ha dejado su vida entera durante la función o si se le quedó mucho por dar. Desde detrás del telón, el aplauso, pocas veces sorprende.  

Mucho ha cambiado el teatro desde que debió nacer allá, en los mismos orígenes del tiempo. Y ha recorrido desde entonces culturas, idiomas y muchas páginas de historia. Quizá tantas como kilómetros de carretera de tanto comediante que va y viene cruzando el planeta de escenario en escenario. 

Y mucho ha cambiado también el público. Desde el que presenció los estrenos de las tragedias griegas y romanas que enseñaron al mundo a pensar, al primer espectador londinense que pisó el Teatro El Globo (en el que aún hoy se escucha a Shakespeare) pasando por los que aguzaban el oído para discernir los versos de los clásicos del Siglo de Oro; y por los que se desternillaban con los vodeviles o esperaban ver llegar y pasar La Barraca de Lorca. 

En parte, ese público de siempre  que disfruta, siente y se emociona viendo y leyendo teatro (sí, el teatro también puede leerse) es el que hoy se sienta en las butacas de la escena contemporánea. Sin embargo, las nuevas tendencias escénicas tienen la virtud no sólo de renovar el espectro teatral sino, además, de estar atrayendo y atrapando a un público nuevo y cada vez más joven que, paradójicamente, crece en un entorno cultural en el que la posición dominante de la tecnología audiovisual considera al teatro, en el mejor de los casos, un género casi menor cuando no lo desdeña directamente. 

Sin embargo, el teatro no para de innovar y hoy incluso ha pulverizado uno de sus dogmas, la cuarta pared. Ese cristal imaginario que permitía al espectador entrar anónima y discretamente en la vida privada de alguien para ser el testigo directo e invisible de su historia. Hoy, el teatro ha terminado con la platea de butacas y eliminado la distancia con el público. Junto a los escenarios convencionales, aparecen ahora funciones que se desarrollan en espacios impensables, y a veces, imposibles, en las que el espectador forma parte del espacio, presente en el mismo lugar en el que ocurre la trama e incorporando a la historia su propia respiración. Como quien está en un restaurante junto a una mesa en la que una pareja sostiene una discusión. Como quien alcanzar a escuchar un secreto de alguien que lo quiere ocultar. Como el invitado que percibe la tensión que existe entre sus anfitriones. 

Cerca.
Muy cerca. 

La proximidad e incluso la mezcla del público con actores y actrices que está haciendo tan popular la tendencia del micro-teatro aporta, por un lado, una nueva perspectiva a un arte milenario y, por otro, una prueba más de la admirable y maravillosa capacidad de resistencia de un género acostumbrado a vivir siempre en malas rachas y que declara hoy con orgullo que la cuarta pared queda reservada a tiempos sin crisis. 

La cartelera de muchas capitales incluye hoy funciones en las que el espectador recorre espacios diferentes para descubrir, escena a escena, el desenlace de la trama en la que está inmerso; obras en las que se cuestiona el despotismo del sentido de la vista para dejar entrar muchas sensaciones a través de otros sentidos. Obras compuestas por una sucesión de escenas cortas, instantáneas. Fotograma a fotograma en las que el espectador vive las emociones del personaje sintiendo su aliento y escuchando su respiración. teatro por capítulos que engancha como puede hacerlo cualquier serie de televisión; teatro en el que el final depende del camino que el espectador haya elegido o teatro improvisado con asombrosa genialidad y mucha técnica en el que la historia y el género depende de las elecciones del público o del mero azar. 

Dicen que las modas son circulares. Que, de alguna manera u otra, todo se ha inventado. Que los patrones, formas y estampados de la ropa que hizo furor en los ochenta llenando calles y escaparates y que se escondieron con vergüenza en los noventa en el fondo de los armarios pueden sacarse hoy, de nuevo con la frente bien alta, para volver a estar a la última moda.  

Quizá la tendencia actual y llena de ansiedad de la industria del entretenimiento de convertir el ocio en una experiencia única sea también una elipse. Y que todos los avances tridimensionales en video juegos y en el cine, e incluso los ensayos con la incorporación de olores, movimientos de butaca y cambios de temperatura para conseguir cada vez una experiencia más real sólo tengan un final posible: el teatro. Ese lugar donde las cosas pasan de verdad. 


                                      
                                      Renacer (detalle) -   Carolina Turriago
                                                                 www.cturriago.wix.com 

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