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Exilios voluntarios / Parte 2

Entrevista a 2 artistas colombianas de mi generación que han hecho su carrera en Europa.

2012/12/14

Por Daniel Salamanca

Por Ana Judith Haugwitz >

Llegué a Europa el 8 de octubre de 2003. Tras 4 semestres de artes visuales en Bogotá, decidí que la Academia de Artes de Munich (Akademie der Bildenden Künste) era el lugar para mi. Ahí estudié escultura en la clase de Hermann Pitz. Aunque en teoría podría haberme graduado después de 8 semestres, me quede 13 que es el límite y si me lo hubieran permitido, me hubiera quedado más. Die Akademie, como se le conoce, es un espacio en el que se tiene la libertad absoluta para explorar y experimentar, sin notas ni cursos obligatorios. Talleres de plástico, metal, todos los grabados, carpintería, bronce sumado a exposiciones anuales y subastas; Munich es el centro del arte del sur de Alemania. Está a 585,4 km de Berlín, 90,7 Kg de dióxido de carbono, 30 euros en carro compartido y 5 horas de camino por autopistas sin límite. Y es justo ahí donde se percibe cómo la frustración de un país rico y desarrollado se canaliza para convertirse en velocidad.

Cuando finalmente llegó la hora de hacer la tesis y salir a la vida real, con el Diploma en la mano, el título de Meiterschülerin, y un montón de esculturas tan grandes como yo, me pregunté si esa ciudad con fama deesnob era el lugar en donde quería seguir viviendo, y también si, aplicar a un par de becas, participar en concursos, y por supuesto, ganar para convertirme en un nombrecito de ese centro artístico tan importante, era mi camino. ¡NO! Abrí el atlas, cerré los ojos y dejé caer mi dedo índice sobre el libro: Suiza, más exactamente Zurich.

En realidad en 2007 cuando estuve de intercambio en la academia de artes de Praga, había conocido a uno de esos seres de nacionalidad indefinible: mitad austriaco mitad checo, que creció en Suiza y había aprendido español en Valencia, hablaba rumano por la exnovia, checo por la mamá, alemán porque sí, francés porque le tocaba, alemán suizo por que es lo que se habla en Suiza e italiano porque uno va a Ticino de vacaciones. Estudiaba nuevos medios pero ese mismo año se aburrió de los artistas y volvió a Zurich para hacer un doctorado en la industria farmacéutica (había estudiado Bioquímica y Neurociencias). Lo visité ahí un par de veces, conocí esa ciudad limpia, vieja, cosmopolita, con sus 376,008 habitantes (2011). Entonces un miércoles me desperté por la mañana en Munich y decidí que Zurich era el lugar donde quería vivir. Obviamente la noticia fue bien recibida por los amigos que ya había hecho en mis múltiples visitas.

Por esos días (2009) me habían invitado a participar en Raumfahrt der Burokraten, una exposición curada por Heike Jobst y Angela Stiegler en la estación central de trenes de Múnich. Ahí expuse Panorama, mi primera escultura después de graduarme y que unos meses después reconstruí para ArtBo. Viajaba entre Munich y Zurich, producía en una ciudad y en la otra, buscaba organizar mi nueva vida. En menos de un mes tenía un taller en una mansión que compartía con artistas, diseñadoras/res de modas y accesorios. La mansión estaba en uno de los barrios bien de Zurich, cerca del lago y de la estación de trenes Stadelhofen -construida en 1894 y convertida en vientre de una ballena en 1990 por Santiago Calatrava-. Cuando finalmente tuvimos que salir de la mansión ya que iban a tumbarla y construir un edificio elegante acorde al resto del barrio, empezó la peregrinación de taller en taller, y de estudio en estudio. Todos esos edificios con arriendos pagables están bajo amenaza de desaparecer. Todos sabemos que la dicha termina. Algunos se revelan y se unen a la cultura ocupa, tan presente en el país. Ocupan las calles, hacen fiestas ilegales en plazas públicas a las que asistimos todos y terminamos con las piernas moradas por los dardos de plástico disparados por policía.

La ciudad de los bancos intenta convertirse en un centro del arte y compite con Basilea y sus distintas ferias. Las grandes galerías y casas de subastas buscan en Zurich West hangares y espacios de paredes blancas perfectas para recibir a los coleccionistas internacionales. La ZhdK (Escuela de Artes de Zurich) está adaptando la fábrica de lácteos Tony a fábrica de artistas y diseñadores -porque aunque se ve muy profesional es difícil asegurar que esas instalaciones harán de los estudiantes seres más creativos-. Así sucesivamente, la ciudad que en el 2009 me cautivó por ser tan alternativa (que ingenuidad!), con el tiempo me ha demostrado que lo alternativo no es una necesidad, sino un estilo de vida. Los pobres (y los no tan pobres) tienen otras necesidades: plasma, ropa de H&M por kilos, electrodomésticos de plástico que imitan metal, comida en empaques lo menos transparentes posibles (preferiblemente azul o fucsia), vacaciones en Túnez o Turquía todo incluido, etc.

Desde el 2010 me empecé a pelear con la producción de obras, naturalmente he seguido trabajando, pero cada vez menos. Tras 3 meses como artista en residencia en Monterrey, México, empecé a cuestionarme qué tan lejos puedo llegar con los objetos, que por la naturaleza del lenguaje que se me permitió desarrollar en la academia, pocos entienden. Son formas herméticas e impenetrables. El arte es una forma de comunicación y quien será el receptor está definido por el lenguaje plástico. En Monterrey trabajé en Tampiquito, un barrio de oficios: carpinteros, herreros, costureras, tapiceros, etc., con quienes debía tener lugar un diálogo cuyo resultado sería un conjunto de esculturas que retrataban el trabajo local. Tratando de entablar esos diálogos me di cuenta de que yo era la única que entendía el idioma que hablaba, era la única que vivía en esa realidad. Por eso tuve que cambiar mis estrategias de comunicación, que transformaron mi trabajo de manera radical.

De repente fui consciente de que el arte de la academia es para unos pocos. Que el acto de contemplación de la obra de arte es un acto íntimo, que el ego del artista lo único que logra es alimentar las brechas y ampliar la imposibilidad de comunicación, y que finalmente (como ya desde hacia mucho lo sospechaba), no solo el arte que se vende tiene derecho a existir. Y aunque se siente bien que alguien compre la obra y le dé un valor, por lo menos al trabajo manual, se siente aún mejor cuando alguien se toma el trabajo de hacer una pregunta inteligente y reflexiva. Por eso, ya desde hace un rato el Performance y la cocina se han convertido en una parte esencial de mi trabajo. Tortas que se exponen y se reparten para celebrar la no-soledad, o interpretaciones de la comida de ciencia ficción se convierten en el centro del diálogo: cualquiera entiende como se siente en la boca una torta de tres pisos de amapola con limón, servida en platos de porcelana con tenedores de plata, en una retrospectiva que muestra el trabajo de 10 (9) años de esculturas en Europa y bajo la sensación de abandono que algunas veces le significa a alguien ser un ciudadano del mundo.

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