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Fischer contra Spassky: el asedio de Reikiakiv II

Bobby Fischer, el solitario enigma del ajedrez, se bajó a solas del avión. Su mente estaba en otro lugar: era consciente, quizá demasiado, de que iba a comenzar la prueba más difícil de su vida. El campeonato sería de 24 partidas y podría llegar a durar hasta cuatro meses.

2014/04/13

Por Christopher Tibble

Bobby Fischer se bajó a solas del avión. Ni su madre Regina, ni una novia o un amigo estaba a su lado. A pesar de que había entrenado físicamente durante meses, se veía demacrado. Un grupo de periodistas y una delegación lo esperaban con ansias en la pista para darle la bienvenida. Sin siquiera mirarlos, siguió derecho y se montó en el carro. Su mente estaba en otro lugar: era consciente, quizá demasiado, de que iba a comenzar la prueba más difícil de su vida. El campeonato sería de 24 partidas y podría llegar a durar hasta cuatro meses.



Su oponente, Boris Spassky, había llegado hace días con un sequito de entrenadores, embajadores y hasta masajistas. La delegación rusa estaba desesperada con la demora de Fischer, pues la veían como una estrategia para desequilibrar a su jugador. Muchos querían amenazar la continuidad del encuentro para ponerle un ultimátum a los caprichos del estadounidense. Spassky, mientras tanto, solo quería jugar. Temía que cancelar la partida lo haría ver débil.

La polémica finalmente no pasó a mayores y llegó el día de la primera partida. Ya habían llegado diplomáticos y celebridades a Reikiavik. En Estados Unidos la gente entró en sus casas para ver la transmisión en vivo. Times Square dejó de pasar comerciales. En sus inmensas pantallas apareció el recinto del encuentro. El público, amasado, aguardaba. Miraban en silencio, como estupefactos, el lugar del espectáculo: los jueces, las sillas de cuero negro, la imponente mesa de ajedrez.



Spassky surgió primero en el televisor. El ruso se sentó, esperó, y al cabo de unos minutos, avanzó su peón dama dos casillas. Apretó el botón del tiempo. Nadie sabía dónde estaba Fischer. El ruso se puso a caminar por el escenario, nervioso. El silencio enmudecía. De la nada, ocurrió uno de los momentos más emblemáticos del ajedrez: apareció la larga silueta del americano, en traje y con paso resuelto. Spassky, de espaldas, lo atisbó y ambos se dirigieron al tablero.

A poco tiempo de comenzada la partida, Fischer amonestó al juez por “el ruido las cámaras”. Después de 28 movidas, todo parecía indicar que iba a haber un empate. Se encontraban en una posición simétrica sin damas en el tablero. Pero Fischer la pifió. Se comió un peón envenenado con su alfil y su pieza quedó atrapada. Nadie entendía: era un error de amateur. Para Spassky, el americano cometió el error “porque no estaba acostumbrado a jugar defensivamente y no se aguantó”. Para Kasparov, Fischer simplemente no analizó la jugada lo suficiente. La partida acabó poco después. Spassky 1, Fischer 0.

El estadounidense de inmediato culpó a las cámaras. Dijo que el ruido que hacían no lo dejó concentrarse. Nervioso, y un tanto paranoico, les exigió a los responsables que las quitaran. Pero el comité, por primera vez, no cedió a las demandas de Fischer. Le explicaron que esa era la única forma de ganar plata. Por esas fechas, el americano, histérico y a solas, golpeaba la puerta de un compañero a la 1 de la mañana y lo invitaba a deambular por las frías calles de Reikiavik. Se quería devolver a los Estados Unidos.

El día de la segunda partida Fischer no apareció. El árbitro de la partida más tarde confesó que sintió “que había destruido a un genio” cuando dio inicio al encuentro sin la presencia del americano. Lo que no sabía era que apenas comenzaba la batalla, una tan intensa y dramática que pasarían veinte años antes de que Fischer se volviera a sentar frente a un tablero de ajedrez. Por el momento: Spassky 2, Fischer 0.

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