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FIscher contra Spassky: el asedio de Reikiavik III

El panorama era aterrador. Fischer había desistido a la segunda partida y su mente había empezado a ceder ante sus delirios. Propuso entonces que jugaran en un cuartico que quedaba detrás de la sala principal. Spassky, el campeón ruso, accedió. Esa partida, para sorpresa de todos, reescribió la historia del ajedrez.

2014/04/23

Por Christopher Tibble


El panorama era aterrador. Fischer había desistido a la segunda partida y su mente había empezado a ceder ante sus delirios. Su desconfianza, un componente natural de su personalidad, se había acentuado. Insistía en que no iba a jugar porque las cámaras hacían demasiado ruido y no lo dejaban concentrarse. Propuso entonces que jugaran en un cuartico que quedaba detrás de la sala principal. Spassky, el campeón ruso, accedió, a pesar de que hubiera ganado el campeonato si se hubiera negado, pues no tenía por qué acceder a las demandas de Fischer. Esa partida, para sorpresa de todos, reescribió la historia del ajedrez. 

El estadounidense, famoso por jugar casi siempre las mismas aperturas, empleó una que casi nunca había usado: la defensa Benoni (palabra hebrea que significa ‘el hijo de mis desvelos’), una opción arriesgada y peligrosa donde las negras ceden el centro para concentrar su ataque en el flanco de la dama. Fischer no solo sorprendió a Spassky con esa elección, sino también con la forma en que jugó. El estadounidense llevo a cabo una combinación inusual, antiestética, que incluyó poner el caballo en el borde del tablero (una jugada denigrada por los profesionales, resumida en inglés con el aforismo ‘A knight on the rim is dim’). Spassky no entendía nada y antes de entenderlo su posición era inferior: estaba perdido.  No supo como continuar y así, de repente, perdió contra Fischer por primera vez en su vida. 


La victoria del estadounidense no demoró en convertirse en noticia y la popularidad del ajedrez estalló en un frenesí sin precedentes. Fischer aprovechó el impulso de confianza y, ya de vuelta en la sala principal, empató el cuarto partido y ganó el quinto, igualando el resultado. Las tablas se voltearon: los rusos capitularon ante la inmensa presión y le dieron rienda suelta a sus imaginaciones. Acusaron a Fischer de manipular las luces y el tablero para su beneficio y hasta pidieron que se examinaran los asientos. El comité apenas encontró dos moscas muertas. Incluso Spassky, hombre tranquilo y sensato, se dejó afectar: sentía que lo debilitaba una radiación extraña. 

 Luego vino la partida más famosa del encuentro, en la que Fischer jugó de forma tan espectacular que, cuando concluyó, Spassky, derrotado, se puso de pie y aplaudió con el resto del público.  Fischer siempre movía el peón rey dos espacios, la jugada más común del ajedrez. Pero en ese juego dejó atónito al público. Por primera vez en su vida arrancó con el peón del alfil rey, la apertura inglesa. En ajedrez, un deporte que requiere cientos de horas de práctica, comenzar con una apertura que uno no conoce muy bien es jugar a ciegas, en especial contra alguien tan brillante como Spassky. Fischer lo hizo descaradamente y jugó con la precisión de un reloj suizo. Cuando los reporteros lo entrevistaron, les dijo muy emocionado: “¿Vieron lo que hizo Spassky? Que gran hombre”, en referencia al aplauso del ruso. 

De ahí en adelante el ímpetu de Fischer fue imparable. En la partida 21 llegaron a la movida cuarenta y ambos se fueron a sus casas a estudiar la posición. Al siguiente día Spassky salió de su hotel y le comentó a un periodista: “Ya hay un nuevo campeón mundial. Se llama Bobby Fischer”.  




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