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Historia de una obsesión

Una crónica sobre mi encuentro, desencuentro y eventual reencuentro con el ajedrez.

2014/08/22

Por Christopher Tibble


Yo conocí el ajedrez a los siete años. Estaba de vacaciones con mi papá, mi tía y mi hermana en Jamaica. Nos hospedamos en un hotel playero, uno de esos all-you-can-eat con manilla naranja fosforescente. El día después de llegar vi a dos niños moviendo unas piezas gigantes al lado de la piscina. Su silencio me atrajo y fui a ver qué hacían. Ambos contemplaban, izados sobre pequeños pedestales, un reguero de muñecos de plástico sobre una cuadricula negra y blanca. Parecían generales en un campo de batalla. 

Se turnaban para bajar, se zigzagueaban entre las piezas ahuecadas, levantaban una con ambas manos, como si les pesara, y la colocaban en otra casilla. Eventualmente me explicaron el juego, que confieso tardé en entender. Me enseñaron cómo se movían las piezas, el valor de cada una, la diferencia entre jaque y mate, el objetivo del juego. Quedé pasmado. Decidimos encontrarnos esa tarde para jugar. Jamaica, entonces, se volvió ajedrez y sus playas, cocos y toboganes fueron reemplazados por un rígido entrenamiento ajedrecístico. 

Al regresar a Bogotá me inscribí en el equipo de ajedrez de mi colegio. Las clases se llevaban a cabo una vez por semana en un salón oscurísimo. Éramos cinco o cuatro estudiantes y nuestra profesora Constanza, mi maestra y amiga hasta el día de mi graduación, me infundió un amor profundo por el juego. Convencí a mi mejor amigo Miguel de que se metiera en el cuento y juntos ingresamos con ansias al mundo competitivo. Aparte de jugar en clase, Miguel y yo pasábamos tardes enteras en su casa practicando con un ajedrez de La guerra de las galaxias. El poder hacer jaque con Luke Skywalker o pilotear los TIE Fighters del Imperio le agregó una dimensión fantástica a nuestro creciente amor. Pasábamos horas encerrados frente al tablero decidiendo el futuro de la Galaxia.

En unos meses surgió la palabra torneo. Era hora de dejar a Han Solo y a Darth Vader. Competiríamos contra cientos de niños y nuestra habilidad sería puesta a prueba por primera vez. Duplicamos nuestras horas de estudio.

La noche antes del torneó no dormí. Espere con ansias el final de clases y me dirigí a la cafetería de mi colegio, el Nueva Granada, que se había convertido en un coliseo: había decenas de tableros de plástico, relojes de doble esfera, uniformes de colegio diferentes, dispensadores de tinto para los profesores, hojas para anotar las movidas. Todo emanaba ajedrez. Recuerdo el chasquido que producía el reloj al ser golpeado para indicar el final de una movida. Durante los encuentros se escuchaba continuamente, como los latidos de un corazón acelerado. Me increpaba al punto de tensionar cada uno de mis músculos.

La primera partida archivada en mi memoria fue durante ese torneo. Tenía ocho años, era la semifinal y, al estar jugando contra un niño desconocido, me confié. Luego de haber destruido a mis primeros contrincantes, casi con los ojos cerrados, arranqué jugando con zozobra. Moví el peón rey dos espacios, desarrollé un par de piezas y tres movidas después mi oponente me miró y dijo: “jaque mate”. ¡Me había hecho el mate pastor! Lloré desconsolado.
 
...

En el último año de mi pregrado me mudé a St. Kilda, un barrio junto a la playa en el sur de Melbourne, Australia. Para ese entonces el ajedrez solo ocupaba un lugar privilegiado en el jardín de mis memorias. Una tarde, mientras me devolvía de la universidad, pasé por un parque donde jugaban unos señores. Solo se encontraba uno de ellos. Me quedé mirando los tableros y el señor propuso que jugáramos en uno gigante, parecido al de Jamaica. A los diez minutos lo había vencido. La satisfacción de ganar reabrió puertas que yo pensaba cerradas. En ese momento me propuse volver a diario, así fuera a costa de mis estudios y de mis improbables proyectos amorosos.

El parque donde jugábamos se llamaba St. Kilda Botancial Gardens. Era un parque conciso, organizado, con árboles podados y una laguna artificial. En el verano lo poblaban mujeres con bikini y hombres con balones de rugby. En invierno era el recinto de caminantes solitarios, trotadores y ajedrecistas. Cada vez que entraba ahí el mundo externo desaparecía. La ciudad y la playa desistían; no se escuchaban los pitos de los carros ni el rumor de la marea. Los tableros quedaban junto a la laguna, donde las mujeres más bonitas se asoleaban. A veces al jugar me sentía víctima de un envejecimiento precoz.

Luego de un mes ya conocía a todos los miembros de la tropa ajedrecista y me consideraba uno de ellos. Había un abogado genial, de unos cincuenta años, que aunque decía que trabajaba mucho siempre me lo encontraba en los tableros. Se llamaba Robert y no dejaba de sonreír. Al jugar, le daba a su rival cátedras de historia. Hablaba de tribus galesas, de militares australianos y de rebeliones escocesas. Y si no, describía hasta el más nimio detalle de lo que iba a comer esa noche. Parecía como si para él jugar solo fuera un pretexto para repartir conocimiento innecesario. 

Otro gran amigo de los tableros fue Louis, un negro adoptado de veinte años que se vestía como Michael Jackson. Afligido por una especie de inflamada monomanía, cargaba una maleta llena de chécheres ochenteros, con los guantes del rey del pop, la chaqueta de Thriller y parlantes. A menudo los sacaba y bailaba las canciones de Jackson. Hoy en día todavía hablo con él y sigo con genuina satisfacción su camino hacia la fama por Facebook.

Mi otro buen amigo del parque fue John, el señor del primer encuentro. Tenía alrededor de 70 años. Un griego reacio, de pocas palabras, era el encargado de sacar y guardar las piezas. En otras palabras, era el primero en llegar y el ultimo en irse. A decir verdad todos los jugadores lo odiaban. Era arrogante y peleón, aunque conmigo siempre fue dulce y amable. Creo que se consideraba mi profesor. A veces caminábamos juntos al final del día hacia el tranvía. Me contaba que tenía tres maestrías y un PhD en historia religiosa. Luego me enteré de que sus maestrías y PhD consistían en un curso de verano en la Universidad de Camberra. 

John –como muchos jugadores viejos que conocí- vivía pendiente del próximo Bobby Fischer. Cuando perdía contra un niño o un adolescente, su enojo se revertía y se transformaba en admiración. Le aseguraba al niño que era un prodigio y no tardaba en comentarle a sus compañeros su descubrimiento. Prometía entrenarlo y archivaba el nombre del niño en su memoria. Le aseguraba que de joven él también jugaba muy bien y que su colección de libros de ajedrez, que desafortunadamente tuvo que vender, llegó a superar los 2.000 volúmenes. Le enseñaba aperturas, le mostraba trucos, hasta le perdonaba errores. John me trató así, aunque yo tenía 22 años. En esas muestras de afecto se notaba que John buscaba ser admirado. También delataba su terrible soledad, algo de esperar en alguien que planeaba todo su día –por no decir su año- en torno al ajedrez. Si mal no recuerdo John se levantaba, desayunaba y llegaba al parque por lo menos dos horas antes que los otros. Alimentaba las palomas, se comía una manzana, miraba su reloj y se sentaba, a la espera de un contrincante. Cuando sus compañeros llegaban los saludaba alegremente, así odiara a la mitad de ellos. Con ganarles, quedaba satisfecho. 

Dentro del círculo de ajedrecistas también se encontraba el proxeneta del barrio. Un alemán fornido, de unos 70 años, solía hacer lagartijas sobre el borde de la mesa para intimidar a su contrincante. Aporreaba las piezas contra el mármol del tablero y maldecía en alemán cuando perdía. Tenía la costumbre de preguntarle a uno el precio de todo lo que uno tenía puesto y solía llegar a los tableros acompañado de un drogadicto o de una prostituta somnolienta. También estaba Ari, un afable judío que murió repentinamente de un ataque al corazón a solas en su casa. Su padecimiento solo logró suscitar las siguientes palabras de sus compañeros: “gracias a dios murió él y no nosotros”. También había un capitán ruso, el mejor jugador del parque. De acento tosco y vestimenta de marinero –siempre tenía una gorra con un ancla dorada- recorría los tableros mirando las partidas con aires de indolente arrogancia. Cuando alguien cometía un error, bufaba como un caballo. A veces lo veía lejos de los tableros, en una banca a solas entonando canciones rusas con un harpa.

De vez en cuando, en medio de una partida, yo alzaba la mirada y ojeaba a esta serie de personajes. Éramos un circo de entusiastas, un puñado de hombres extraños confluidos por un juego que cuando atrapa no suelta. Durante ese año nacieron relaciones improbables y, quizá más importante, hubo un reencuentro que sin avisar se convirtió en una pasión. 

Unas semanas después de arrancar a jugar me compré Fundamentos del ajedrez de José Raúl Capablanca, Un juego mágico de Mijaíl Tal y Mis 60 mejores partidas de Bobby Fischer. Poco a poco me alejé de mis amigos y de mis estudios. A la una y media en punto llegaba al parque y me quedaba hasta que anochecía, empeñado en aprovechar los últimos rayos de sol frente al tablero. Si había rival, jugaba; si no, leía sobre ajedrez. De noche continuaba con mi lectura o jugaba en internet. Empecé a sufrir de insomnio.  Mi horario, y quizá mi sanidad, colapsaron: en la tarde jugaba, en la noche estudiaba y en la mañana dormía. Lo que comenzó como un inocente reencuentro se transformó en una forma de vida. Mis pensamientos, sin avisar, empezaron a ser acompañados por movimientos de piezas. Si pensaba, “cuando Isidoro me acompañó a la tienda…”, un alfil se deslizaba por mi mente. Si recordaba, “ah, la tarea no es para mañana sino para dentro de una semana”, una reina se asomaba.

A menudo faltaba a clase y si iba, llevaba mi laptop para poder ojear las páginas de ajedrez. Estar al tanto de las últimas novedades me tranquilizaba. Empecé a leer sobre campeones mundiales y a ver documentales sobre ellos. Me emocionaba aprender de la importancia del ajedrez en Rusia, del duelo Karpov-Kasparov, del enfrentamiento entre Fischer y Spassky en plena guerra fría. La cantidad de información disponible en Internet me abrumó. Había al alcance de un clic un mundo de genios, enfrentamientos y sobre todo, posibilidades infinitas. Hubo días en los que, presa de una inadvertida ansiedad, me dirigía al parque a las once de la mañana con mis propias piezas a jugar solo.

A la cuarta o quinta vez que hice eso me empecé a preocupar. Me di cuenta, asistido por los gestos de asombro de algunos transeúntes, de mi total inmersión y me asusté. Por fortuna en ese entonces empecé a jugar en un equipo de fútbol y conocí una mujer, quien tuvo que aguantarse mis apasionados discursos sobre el ajedrez. Un hábito que la terminó alejando. De todas formas, me aferré a esos nuevos acontecimientos y empecé a disminuir mis idas al parque. Fue como despertar de un largo trance.

...

Hoy todavía juego. Practico con amigos o en el anacrónico club Lasker, un pequeño santuario ajedrecístico escondido sobre una tienda de ropa en la séptima con 22. En Lasker la mayoría de las sillas son diferentes, por lo menos en grado de desgaste. Algunos tableros, que están pegados a las mesas, se encuentran carcomidos. Sobre una pared cuelga un horripilante cuadro de Emanuel Lasker (segundo campeón del mundo) y el piso está recubierto con un tapete de plástico azul. Las piezas parecen sacadas de una excavación arqueológica y las ventanas, amplias y continuas, riegan luz sobre las polvorientas mesas.

Estoy seguro de que el que no lo conozca nunca lo encontrará. Es como si se requiriera de un guía, de un antiguo miembro, para llegar. Cada vez que voy recorro la misma calle tres o cuatro veces hasta que finalmente logro encontrar la entrada. Un letrero de plástico desportillado es lo único que lo separa del anonimato total. Su existencia borda con la clandestinidad.

La mayoría de su clientela supera los 60 años. Visten prendas extraordinarias: trajes color mostaza, sudaderas noventeras, tenis nike viejísimos o hasta sandalias con medias. Cargan bigotes polvorientos y facciones austeras. Sorben café y echan chistes malísimos, incluidos juegos de palabras con el apellido del presidente de Venezuela. Pero algunos portan una elegancia perdida, un tipo de bohemia desconcertada, de apacible intelectualidad y se mueven como bestias prehistóricas resignadas a los anales del tablero, constantemente planeando su próxima movida, contemplando alguna posible combinación.

Basta con acercarse a uno de los tableros para descubrir que la mayoría de los señores no tienen nada en común con la idea del ajedrecista como sabio estoico. Son patanes y se burlan constantemente de su contrincante. Como el capitán ruso, les gusta humillar a su oponente. Algunos, además, son sub-campeones juveniles de Colombia y maestros. A estos les gusta apostar desde dos mil pesos hasta una taza de café y se niegan a jugar contra un contrincante débil si de por medio no hay plata o tinto. Sobra decir que he perdido una buena cantidad de billetes y tazas en mis enfrentamientos con la élite de Lasker.

Debo confesar que, a pesar de la importancia que ha tenido el ajedrez en mi vida, no soy muy bueno. Mi rating no es muy alto y a menudo cometo errores que uno encontraría en las partidas de un niño. El último torneo que gané fue a los nueve años. Con lograr tablas en Lasker me siento como un héroe homérico. Pienso entonces que lo que me atrae no es la victoria ni la posibilidad de atropellar a mi oponente con una genialidad. Es, en cambio, la tranquilidad que el juego ejerce sobre mí: la miríada de posibilidades en cada jugada, la belleza estética de sus piezas, el uniforme pero singular movimientos de estas. El ajedrez me relaja. Frente al tablero, me siento como un idiota. Dejo de pensar. Algo que puede llegar a ser tan gratificante como la más dulce epifanía.
 


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