RevistaArcadia.com

Imaginando un mundo sin cultura

Artículo de opinión en el que pongo de manifiesto cierto inconformismo en la financiación y manutención de los proyectos culturales en nuestro país.

2014/09/11

Por Daniel Salamanca


--
[Este texto no tiene una imagen. En el mundo que imagino no sabría hacerla ni mucho menos subirla a un blog. De hecho, este espacio virtual tampoco existiría]
--


Si no nos apropiamos de la cultura, lamentablemente las expresiones o manifestaciones artísticas de calidad van a desaparecer. Si seguimos pensando que la cultura es un bien común y gratuito que merecemos sólo por el hecho de existir también van a desaparecer. Si nos cuesta pagar más de 5.000 pesos por una boleta cualquiera, una suscripción, un libro o un disco, pero sí gastamos mcuho más en pendejadas varias, también van a desaparecer. Si aquellos empresarios, o trabajadores independientes con carreras liberales siguen prefiriendo pagar sumas exorbitantes por mercancías suntuarias y por el contrario, les duele aportarle a la cultura, también van a desaparecer. Si seguimos pensando que cualquier proyecto cultural, sea individual o colectivo, grande o pequeño, tiene una fórmula financiera para sostenerse como se sostiene la venta de un producto de consumo masivo, también van a desaparecer. Si los estados siguen invirtiendo y malgastando dinero en cosas intrascendentes, o en el peor de los casos, robando, también van a desaparecer. Si la gente se conforma con cualquier tipo de actividad recreativa como si se tratara de cultura, también van a desaparecer. Si no empezamos pronto a construir un sentido de pertenencia basado en hechos concretos y un compromiso real con la cultura, también van a desaparecer. 

Entonces imaginen un mundo donde no hay librerías ni mucho menos editoriales. Ciudades autómatas sin salas de cine, ni museos. Calles sin afiches invitando al teatro, paredes sin graffii y plazoletas sin arte urbano. Apartamentos sin cuadros o pinturas, sin objetos de culto, sin bibliotecas. Llegados los fines de semana no habrían conciertos ni tampoco la oportunidad de ver películas. Imaginen un mundo sin ilustraciones, ni textos literarios. En la radio no habría música ni programas de conversación cultural. En las universidades sólo enseñarían ingeniería, derecho y administración. Nadie bailaría sino que se moverían lento y como robots. Cada gesto debería ser directo y neutro, sin histrionismo, de lo contrario, sería estar actuando. En la tele solo habrían personajes leyendo el telepronter y noticias del horror que conlleva la guerra. Imaginen un mundo de paredes blancas y sonidos sin ritmo. Imaginen un mundo sin ficción para hacerle frente a la rutina. Imaginen teatros vacíos que no son teatros sino anfiteatros de medicina y otras ciencias exactas. Imaginen no poder reír porque no hay caricaturas ni mucho menos novelas gráficas. Que todo toca vivirlo a palo seco o a punta de sermón. Sólo imaginen. 

Eso y otras mil doscientas cuarenta y cuatro razones me hacen saber que el arte, y la cultura, necesitan unos mecenas comprometidos y estables, con convicciones, y sin intereses nefastos. Que esos mecenas pueden ser, en principio, nuestros padres, o familiares, pero que también pueden ser todos los que consideran que la versión apocalíptica que planteo sería una pesadilla. Y hablo de esto porque he sentido de cerca, y de muchas personas que me rodean, con proyectos culturales increíbles, ideas sólidas y rigurosidad en su labor, el temor que implica alcanzar la sostenibilidad económica, o por el contrario, abandonar aquello que los motiva. Revistas, festivales, exposiciones, espacios independientes, obras, no pueden sostenerse bajo la misma lógica de un empleado corporativo o un negocio comercial. Alguien debe pagar por ello, sin esperar nada a cambio, y con la única intención de tener la oportunidad de verlo y presenciarlo. Nada más. Y de eso se trata. Y el día en que lo entendamos así esto tomará mucho sentido y podré decirle a mis alumnos, sin miedo, que vivir de esto sí se puede.  

Aparte quería hacer especial mención al incomprensible hecho de que películas como Mateo sólo la dejen 5 días en cartelera, que el malpensante corra el riesgo de acabarse, que se hayan quebrado librerías tan acogedoras como la caja de herramientas o  Biblos, y que espacios tan ricos en contenido como Odeón, el festival Yavería o la revista Sablazo, sólo por citar algunos proyectos amigos, aún no tengan su sobrevivencia a largo plazo, garantizada. 

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.