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La novela en clave de Reichel-Dolmatoff

El pasado Nazi del antropólogo Reichel-Dolmatoff es visitado desde una novela que bien puede haber sido escrita por Banville.

2015/03/06

Por Camilo Velásquez

No había terminado de leer Shroud cuando supuse que esa novela escrita por Banville, segunda en la trilogía de Alexander y Cass Cleave, había tenido entre sus referencias el pasado Nazi de Reichel-Dolmatoff.

Pero estaba mal con las fechas. Apenas había oído del asunto Dolmatoff, ignoraba que su paso por las SS había sido expuesto apenas en el 2012 y que Shroud ya había sido publicada desde el 2002. Tampoco sabía que Axel Vander, narrador de Shroud, borracho intelectual, corrompido, cojo y tuerto, es más bien una mezcla de Louis Althusser (que al igual que Vander cargó a cuestas una esposa estrangulada); y Paul de Mann, acechado como Dolmatoff y Vander por el estigma Nazi.

Quien haya leído a Banville sabe que, además de su escritura musical, cuidadosamente aliterada, una de sus recurrentes obsesiones es la artificialidad del yo: lo acomodado, falseado, voluble y precario de la identidad que nos arrogamos. De ahí su predisposición por narradores que son actores (Alexander Cleave, The Ancient Light), esquizofrénicos (Cass Cleave, Eclipse), espías dobles (Victor Maskell-Antony Blunt en The Untouchable, entre el Kremlin , el círculo de Cambridge y su prima, la reina Elizabeth) o criminales frente a un jurado dando una larguísima declaración tan hábil y fluida como poco confiable (Fredie Montgomery, The Book of Evidence).

El extremo en el que suelen situarse los narradores de Banville raya lo pedagógico, lo caricaturezco; pero sus posiciones detentadas, aparentes; sus frases aprendidas; la facilidad con que cambian de posición o la obstinación con que se aferran a lo que alguna vez consiguieron, en fin, las coartadas que disimulan su esencial vaguedad, nos pertenecen.

No sorprendería encontrar en el catálogo de Banville una novela escrita desde alguien que alguna vez perteneció a la guardia personal de Hitler, cumplió con el oficio debido y huyó a tiempo para muchos años después llegar a ser recordado como el padre de la antropología en Colombia.


Y tal novela sería escrita en primera personasi seguimos en Banville, que muy probablemente la pondría a rodar si no al final de la vida de Reichel-Dolmatoff, sí días o momentos antes de recibir alguna importante distinción: un Honoris Causa (Universidad del Atlántico, Barranquilla (1958), Universidad Nacional de Colombia, Bogotá (1987), Universidad de los Andes (1990), o algo más al estilo "la legión de honor", concedida por Charles de Gaulle.

No sería un diario, porque han pasado muchos años desde que ocurrió lo que trata de contar; apenas se toma un par de semanas escribiendo. Empieza hablando de su familia, de los orígenes de su familia, de un bosque en el que de niño nunca consiguió ubicarse del todo y de las conversaciones con su tío Heinrich, que le hablaba de los rasgos que debían perdurar en la raza usando como ejemplo una jauría de perros pastores.

Luego viene el descubrimiento artístico, sus ilustraciones y la animadversión hacia su padre, su afición secreta por Egon Schiele, de quien escribirá algo que a la luz de su biografía resulta revelador: Nadie podría decir (suponiendo que alguien quisiera hablar del particular) que he imitado a Schiele, que tenga sus tics, sus trazos, sus temas, pues los hijos cuyo padre es excesivamente grande hacen lo posible por no parecérsele, por no ser epígonos. Sí lo que me dio Schiele fue permiso para entrar en el arte como a punta de hachazos, el atrevimiento del trazo, la poderosa línea invencible que echa a andar en la mano de un hombrecillo inseguro; la violenta libertad.

egon schiele

Después de este capítulo hay un silencio, una omisión significativa; probablemente (nunca nos lo dice, aunque a lo largo del libro hay otros indicios) Reichel-Dolmatof ha estado leyendo A la sombra de las muchachas en flor. No nos dice qué es eso que lo arranca de su fervor artístico y lo pone ya después de unos años en la guardia personal del Führer. Le dedica unas enigmáticas páginas al Führer. Y es en este mismo capítulo donde vuelve a escribir, esta vez con una cierta distancia que más bien parece desasimiento, algo similar a lo que escribió tantos años atrás en “Confesiones de un Asesino de la Gestapo”, ese escabroso relato que le quebró la voz a su discípulo, Oyuela-Caicedo, cuando le revela por primera vez al mundo la otra persona que fue Reichel-Dolmatoff.


Luego viene la huida, los días de París; y más que Paul Rivet o la antropología o las ciencias sociales el tema es una mujer, una mujer que nunca nombra pero que parece servirle para resolver el misterio: su conversión, su ingreso a la abnegación académica. No obstante, a veces da la impresión de que esta mujer que se suicida (y que según el narrador hiere a profundidad las ilusiones de un joven Dolmatoff que juega a ser otro con un extrañamiento que a veces le aterra) es una coartada no muy confiable para explicarse a sí mismo (o más bien a un lector futuro) eso que promediando la novela escribe así: "No fue con exactitud la búsqueda de un conocimiento del hombre lo que me llevó a tomar distancia de ciertos aspectos de mi pasado; tampoco el hecho de haber sido víctima de un menosprecio injustificado proveniente de aquellos por quienes me expuse; fue más bien una necesidad de ocuparme, de consagrarme a algo específico que pareciera valer o contener en sí el principio del olvido que yo por esos días tanto buscaba..."

La última parte del libro no menciona lo que bien se conoce gracias a la biografía escrita por su esposa Alicia Dussan para el Banco de la República: no vemos al antropólogo del gobierno colombiano recibiendo honores como tampoco vemos al conferencista en sus giras por tantas prestigiosas universidades extranjeras. Aquí el narrador muestra un lado naturalista, desordenado. Hace digresiones que empiezan en botánica y que pasan por la climatología, la hidrología y la etnobotánica para acabar en una serie de mitologías que nunca se atrevió a oficializar.

 No quiere decir esto que dude o desmerite el trabajo que lo ha encumbrado; todo lo contrario, Reichel-Dolmatoff nos da a entender que su posición y sus títulos son oropeles que apenas confirman algo que insinuará con más claridad al dedicar varias páginas al Lohengrin y a otras obras de Wagner.

Nos dice que por obvias razones desde muy temprano optó por omitir en sus trabajos cualquier mención al compositor alemán. Nos dice también, apelando a una teoría de corte Junguiano, que la obertura del Lohengrin parece conocer mejor que los mismos kogui su “filosofía vertebrada en el consumo de la coca”.

 El narrador deja ver a un hombre ya ebrio o ya fatigado a fuerza de formalismos y sistematicidad. A la larga el lector notará que las frases parecen escritas más para alcanzar una especie de magia parcial que para construir un plan, un libro; y estas mismas frases, después de ser lanzadas, vienen seguidas de otras que cuestionan o desvirtúan lo que se acaba de decir. Su voz se adhiere a los temas hasta que encuentra una palabra o un suceso más vistoso, más urgente para su pluma; domina la digresión.

El lector tal vez perciba cierta reciprocidad con el escritor alemán Benno Von Archimboldi, a quien su pasado en las filas Nazis también propulsa hacia la obra copiosa, descomunal; pero éste, aunque nominado al Nobel, a sus más de ochenta años sigue en la sombra; escribiendo desde alguna isla griega o desde una ciudad fronteriza mexicana.

Para terminar, el narrador cierra como si las 320 páginas escritas no hubieran sido mucho más que un viejo escarceo ensayado hasta la saciedad, algo que transcurre en silencio, junto a su esposa, en las noches en que no lo alcanza el sueño. Y acaba, como aspirando en secreto a una posteridad distinta a la que le ha concedido la antropología, con estos versos ajenos: El alma escribe sus libros... pero ninguno los lee.

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